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Ni que se hubiera muerto

El periodista Antonio Lorca presentó anoche en Sevilla su libro 'José María Javierre. La sonrisa seductora de la Iglesia', en un acto vibrante al que probablemente no habría asistido el cura si viviera.

el 29 abr 2010 / 21:53 h.

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Hay quienes van a las presentaciones y a las conferencias a dar el pésame y la palmada, como si fuesen velatorios. Es un fenómeno corriente, pero no deja de provocar estupor: se quedan fuera, generalmente con una cervecita o un cigarro, criticando a alguien y conscientes, quizá de forma un tanto irreflexiva, de que todo acto social que se precie es en el fondo el homenaje a un muerto. Ayer, quienes así actuaron en la Fundación Cruzcampo con motivo de la presentación del libro de Antonio Lorca sobre Javierre (titulado La sonrisa seductora de la Iglesia) contaron con tres atenuantes: una, el inmenso calor del salón; otra, el que éste, con alrededor de 300 personas, se hallase repleto hasta el portalillo, como en las antiguas misas de doce; y la tercera, que efectivamente aquello era un funeral encubierto. Pero claro, en su molicie se perdieron la maravilla de comprobar (más con sus propios oídos que con sus propios ojos) que este muerto no lo está aún del todo. Hubo allí quien sostenía que sí, que pasó a mejor vida (no más interesante, pero sí mejor) e incluso refirió anécdotas entrañables de sus últimos días y otras pistas. Puede, pero allí dentro hubo más carcajadas que llanto. Y tratándose de José María Javierre, toda precaución es poca.

Todo el mundo habló de lo buen periodista que era el cura. Así también el cardenal Amigo, con cuyo vozarrón de locutor bordó un relato teatral y hondo que fue lo mejor de la noche y que rebosaba, además, espíritu periodístico. A lo que se ve, tal vez sería buena idea quitar la Facultad y ampliar el Seminario. Y eso que los preliminares del acto no auguraban nada emocionante, viendo el montón de curitas ancianos en clergyman, con sus barbillas brillantes y sus eses bien pronunciadas, que subían las escalerillas de la antigua fábrica de cerveza. Tampoco pegaba la presencia de un muñeco gigante de Gambrinus, brindando con una jarra en la misma puerta del salón. Pero este engaño se diluyó tan pronto como se desplegaron los abanicos y comenzaron las intervenciones.  

El presidente de la Fundación Cruzcampo, anfitriona de tan literarias exequias, estuvo muy a la altura. Julio Cuesta, que así se llama, dijo que "Javierre forma parte del paisaje emocional de Sevilla" y destacó su dignidad y su capacidad para comunicar la fe. El autor del libro, Antonio Lorca, definió a su mentor como un "vitalista enfermizo", hiperactivo, agitador "dentro y fuera de la Iglesia" y de una cultura vastísima. Entonces soltó la frase que a muchos no pareció quizá lo más interesante de la noche (habiendo otras más de llorar y de reír) pero donde radicaba la esencia del personaje, la razón de que el libro le costase a su autor dos años de denuedo no siempre recompensado y uno de los principales elementos definitorios del sacerdote: "José María sabía mucho más de lo que me ha contado." Resaltó, por fin, la gran capacidad de su amigo y ex jefe para el apasionamiento, poniendo como ejemplo que "Javierre se enamoró no una, sino dos veces".  

Se mostró entonces un vídeo en plan catarsis, para que la gente llorase viendo y oyendo a tan singular personaje como si estuviese ahí mismo, diciendo unas cosas preciosas y con una música capaz de saltarle las lágrimas a un cargador del muelle de Nueva York de apellido italiano. Siguió la alocución de Jesús Rico, director general de la hermandad de curas operarios diocesanos a la que Javierre pertenecía ("él no se habría prestado", dijo, refiriéndose a tan populoso acto, dando a entender que ni siquiera habría ido de estar vivo, conjetura que parecían compartir algunos de los presentes). Pero la emoción real vino con la intervención repleta de anécdotas, de humor y de verdad a saco que hizo del nieto del cura, Pablo Sánchez Fernández-Palacios, de la familia que hospedó al sacerdote casi toda su vida en su casa del Paseo de Colón. Subió aún más el listón el cardenal Amigo Vallejo, que habló del viejo geniecillo de cejas arqueadas, sonrisa de escualo, pronto de basilisco y corazón de santo como se habla de un amigo del alma. Manuel Chaves, inspirado por el ambiente, tampoco hizo un discurso aburrido. Soltó cosas de político, claro, pero aseguró que echaba de menos, en este mundo, a más personas como Javierre. Si no lo dijo así, lo pensó.

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