Cultura

Ni teatro ni cine sino todo lo contrario

La puesta en escena se define como una especie de montaje audiovisual que envuelve literalmente al personaje en un intento de destacar su angustia vital, incidiendo así en reflejar la imagen esperpéntica de la España decimonónica.

el 15 oct 2011 / 07:51 h.

Carlos Álvarez muestra desafiante la ceguera de su personaje en un momento de la representació.
Luces de Bohemia es una de las pocas obras del teatro contemporáneo español que ha llegado a considerarse como un texto clásico. Tal vez por eso, en estos tiempos de crisis, el Centro Andaluz de Teatro (CAT) se ha decantado por un monólogo que se centra en la figura de Max Estrella. Pero se trata de un falso monólogo ya que el montaje alberga, en forma de voz en off, toda una gama de personajes secundarios que, al igual que en la obra original, interactúan con el protagonista.

La puesta en escena se define como una especie de montaje audiovisual que envuelve literalmente al personaje en un intento de destacar su angustia vital, incidiendo así en reflejar la imagen esperpéntica de la España decimonónica, un país decadente y en bancarrota que se permitía el lujo de despreciar a sus poetas e intelectuales. Algo que, por cierto, no parece haber cambiado.

Desde luego ahora podemos contar con instituciones, como la que produce esta propuesta, que invierten una parte del dinero público en cultura. Una parte ínfima, pero tan necesaria como imprescindible. Hoy en día sólo una institución como el CAT puede producir un montaje de gran formato que garantice una auténtica proyección de los teatreros andaluces. En ese sentido no se entiende muy bien que la dramaturgia y la dirección recaigan en el director de la institución y que se haya decantado por un monólogo que da trabajo en gira a un solo actor. Sobre todo, teniendo en cuenta que la producción no ha escatimado en medios audiovisuales y en proporcionar a la obra un revestimiento formal espectacular.

Por otra parte, aunque el magisterio y la dedicación a la escena andaluza de Carlos Álvarez le hacen merecedor de un sitio de honor en el teatro andaluz, este montaje no hace en absoluto justicia a su talento. Y es que, en su empeño por delimitar un espacio escénico que remite al cine por su cobertura audiovisual y el uso de la música incidental y las voces en off, el actor se ve obligado a actuar, durante la mayor parte del tiempo, tras una gran tela sobre la que se proyectan imágenes conceptuales que, aunque sugerentes, no dejan de imponer su carácter mediático, y obligan al Carlos Álvarez a ajustar su interpretación a un ritmo artificial y nos priva de su carnalidad.

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