Economía

«Ni transgénicos ni mutaciones, lo que hacemos es estimular y proteger cultivos»

La biotecnología aplicada al agro –a los suelos y los cultivos–, es la parte central a la que se dedica Trichodex, laboratorio que lleva el nombre de un hongo beneficioso que permite controlar preventivamente la aparición de enfermedades en las plantas. Es I+D+I puro, que sin embargo, no cuenta con el suficiente respaldo de las administraciones, a juicio de Francisco Pérez, por las presiones de las multinacionales de fitosanitarios. La segunda pata del negocio, que fabrica los productos estándares de materias orgánicas como correctores se llama AMC Chemical.

el 07 jun 2014 / 23:54 h.

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El trabajo de su padre como auxiliar de investigación en el CSICen el Cortijo del Cuarto le inoculó desde que era un adolescente el interés por la química, materia en la que se licenció. «Allí, donde de pequeño ayudaba a hacer cosillas, había y hay verdaderos profesionales y científicos punteros en su materia», defiende. Francisco Pérez Barrera (Sevilla, 1954) es uno de los socios fundadores de AMC Chemical y Trichodex, fabricantes de productos de protección, bioestimulantes, correctores de carencias, correctores de suelo, de nutrición vegetal y ecológicos. Francisco Pérez Barrera es el presidente de AMC Chemical y Trichodex, en las instalaciones de la compañía radicada en el polígono industrial La Isla. / CARLOS HANÁNDEZ Francisco Pérez Barrera es el presidente de AMC Chemical y Trichodex, en las instalaciones de la compañía radicada en el polígono industrial La Isla. / CARLOS HANÁNDEZ Remontémonos a los orígenes. AMC Chemical se fundó en 1991, cuando empezamos a desarrollar productos nutricionales y bioestimulantes y corrección de carencias de plantas y suelos con una filosofía distinta a la que había en el mercado: no se podía seguir vendiendo lo mismo, sino con más tecnología. Sobre 1994 iniciamos la andadura de la biología y los microorganismos con Trichodex, que como su raíz indica, alude a la trichoderma, un hongo beneficioso que parasita a otros hongos para la protección de suelos y plantas y también trabaja con fitofortificantes, que hacen que la planta se proteja frente a otros patógenos y parásitos. Hace unos días salió un científico de Salamanca que diseñaba bacterias para hacer simbiosis con abono y mejorar su eficiencia. Pues hace dos o tres años que nosotros lo estamos haciendo con una multinacional. ¿Entonces Trichodex es donde está el valor añadido? AMC Chemical fabrica la parte de nutricional (correctores, aminoácidos...), los productos de siempre bajo marcas blancas. En Trichodex, donde tenemos el valor añadido, contamos un equipo de ocho personas en el laboratorio que hace I+D+I y control de calidad. Son especialistas científicos muy bien formados. Estamos colaborando como empresa con la Universidad CEU San Pablo, con la que trabajamos para tener una patente a nivel mundial. Ya estamos en el segundo año, con lo que a finales de 2014 patentaremos unos sistemas de bioestimulación de microorganismos a niveles nanomolares, esto es, que con muy pequeña cantidad se produce un efecto de bioestimulación que se puede traducir en un incremento de la raíz, las frutas, las flores... que puede llegar al 15 o 20 por ciento. ¿Cuándo se comercializará? Ya hemos registrado el nombre y el producto tendrá su patente en 2015. La comercialización dependerá de los países y su registro como bioestimulante. Los mercados fundamentales pueden ser la soja, el maíz, la arveja... ¿Por dónde pasa su plan de desarrollo? Tenemos un programa a cinco años vista en capacidad de producción de fitosanitarios biológicos para el control de plagas específicas de cultivos como el banano, el café y el arroz, entre otros. Todos son biológicos, o microorganismos o derivados de estos que distribuimos a través de distintas filiales que tenemos en países como Colombia, Perú y Ecuador, que tienen la propiedad de los registros. Y ahora la estamos montando Venezuela. ¿En qué otros países tienen presencia aunque no sea con filiales? En Guatemala, República Dominicana, Costa Rica, El Salvador, Belice, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú... en Sudamérica y Centroamérica. En Europa, donde trabajamos con otros fabricantes a los que suministramos materia prima (bioorganismos), tenemos distribución en Portugal, Grecia, Italia, y contactos con Francia y algo en Alemania. ¿Y el mercado nacional? Las empresas españolas de nuestro sector necesitan de una mayor ayuda por parte de los organismos oficiales. El Ministerio nos está constantemente cambiando las normas, por ejemplo prohibiendo ciertos productos de fitofortificantes que se venían vendiendo por la presión de las multinacionales, lo que hace mucho daño al pequeño y mediano empresario. Si hay un fitofortificante, la planta está más fuerte y protegida, lo que no le interesa al que vende fitosanitarios, que quiere que cuando haya un problema se solucione con su producto. Así, los que le damos vitaminas somos el enemigo del médico. ¿Cómo se traduce ese desincentivo? Porque al final hablamos de biotecnología, en este caso aplicada a la agricultura. En Sudamérica y Centroamérica el registro tiene un coste de 17.000 dólares, mientras que aquí cuesta por encima del millón de euros. ¿Quién se puede permitir el lujo de hacer cinco o seis registros? El Ministerio tiene una presión muy fuerte por parte de las multinacionales, y las empresas españolas que no lo son necesitan ayuda de la administración. Estamos siempre pleiteando para que no tome decisiones drásticas y nos obliga a salir fuera a vender a países que están más abiertos para casi sobrevivir. Se suponía que era una de las actividades a potenciar en el nuevo modelo productivo... Hay una parte que sí se está apoyando. El CDTI y la Agencia IDEA tienen dinero para apoyar proyectos de investigación, nosotros lo hemos recibido para algunos. Lo que pedimos es que las investigaciones que se llevan a cabo aquí se conviertan en productos registrables en nuestro país y en la UE. Para eso necesitamos ayudas para que bajen los costes de los registros y que no nos tengamos que ir fuera a desarrollar la tecnología porque el coste lo hace inviable. Es que no es posible que te apoyen para que investigues aquí y cuando consigues unos resultados maravillosos, no puedas desarrollar el producto. ¿Por dónde pasa el futuro? Por un lado, el producto de bioestimulación será bandera dentro de dos años. También estamos iniciando un proyecto de una planta de formulación de microorganismos en sólido (microencapsulados) para protección de plantas y cultivos en lugar de en líquido, que tiene mayor persistencia, no le afectan tanto los cambios climáticos, la caducidad es más larga (de un año pasa a dos) y, al ser sólido, es cien veces más concentrado que en líquido. Además, estamos trabajando en ensayos en fitotrones, una especie de invernadero en una cámara con unas condiciones de luz, humedad y temperatura para ver si un producto funciona sobre un patógeno. ¿Plantilla y facturación? En plantilla somos 32 personas y el año pasado, que tuvimos un pequeño problema en un país, bajamos la facturación a unos 7,5 millones de euros, aunque este año esperamos volver a los niveles anteriores e incluso rebasarlos. ¿Cuál es su posición ante los transgénicos? Nosotros tenemos un concepto bastante limpio de la agricultura. No critico a quien lo haga porque no tengo suficientes datos científicos, pero nuestra empresa no hace transgénicos ni mutaciones; trabajamos con un control biológico puro, esto es, con microorganismos naturales y con cócteles de microorganismos. No hacemos modificaciones de ADN. En el caso de los transgénicos, pueden mutar y pasar de ser un agente de control biológico a uno de descontrol.

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