viernes, 18 enero 2019
11:45
, última actualización
Cultura

Ni un solo libro en la Plaza de España

Desaparecen los 1.900 volúmenes colocados hace diez días en los anaqueles de cerámica de Aníbal González para disfrute público.

el 01 sep 2014 / 12:00 h.

TAGS:

LIBROS PLAZA ESPAÑASe veía venir. Han desaparecido los 1.900 libros que la editorial Punto Rojo colocó hace diez días en las estanterías de cerámica de la Plaza de España para disfrute de todos. Tampoco ha importado que otros espontáneos hayan propuesto, más tarde, formar una especie de cadena de voluntarios para reponer ejemplares, de forma que quede un bonito fenómeno viral en las redes y se mantenga vivo el asunto. Ayer, a las once de la mañana, no había allí ni libro de reclamaciones para apuntar que una de las vendedoras de mantones mostraba su mercancía en un tendedero portátil de alas, en pleno monumento de la Sevilla del 29. Si se puede considerar como fomento de la lectura el que los paisanos se enfunden una novela bajo la axila y salgan pitando con ella rumbo a su casa silbando una jiga irlandesa, propia tal vez de algún texto de Joyce o del mismísimo Tolkien, el resultado de la operación no admite otro calificativo que el de éxito rotundo. Pero si lo que se pretendía era dejar una biblioteca al aire libre para el solaz de los visitantes y las generaciones venideras, el diagnóstico se hace algo más difícil de comunicar al paciente, que es, precisamente, la Sevilla interesada por la cultura. Aunque hay una forma optimista de decirlo: bastante que han durado. En qué clandestino mueble bar de Sevilla se hallará ahora la Vida consagrada en la comunidad eclesial, de Fray Luis Quintano; bajo qué mando a distancia dormirá su siesta El lustro inolvidable, de Francisco del Pozo; en qué revistero aguardarán la prometida lectura las Mentiras del fútbol sevillano, de Carlos Romero. Si alguien estaba soñando con que la historia de Sevilla acabase como la de Notting Hill, con la parejita en un banco del parque leyendo un libro mientras los nenes corretean por allí en bicicleta, que se despierte y acuda raudo a reponer existencias, porque ayer –escena vista al pie de la Torre Norte, no se exagera ni una coma– lo único que alguien leía eran las líneas de la mano de un turista, a cargo de una vendedora de romero particularmente avezada en la materia que, esta vez sí, le estaba contando al interfecto una película al estilo de Notting Hill. Es lo bueno de Sevilla: que sabe mantener vivos sus sueños, llegado el momento. Se barruntaba algo así, ya quedó dicho aquel luminoso jueves en que a la editorial Punto Rojo, en una expedición comandada por su editor Iván Parrilla, se le ocurrió hacer historia rellenando de libros las estanterías de ese hemiciclo de cerámica trianera. Mientras los periodistas, por lo bajini, se retaban a ver si los libros durarían hasta esa misma noche o hasta el día siguiente, Parrilla expresaba su «confianza en la honradez» de los sevillanos y hacía un llamamiento no solo a respetar aquella remesa de lecturas, sino a que tanto particulares como autores e instituciones se sumasen a añadir más obras por su cuenta, para ir reponiendo las que se fuese llevando la gente y para ir poco a poco convirtiendo aquello en un remake regionalista de El nombre de la rosa. Y hablaba de su abuelo, un veterano de la Guerra Civil, «que se paseaba por aquí y no recordaba haber visto nunca libros». Una emoción que parece que seguirán compartiendo sus descendientes. Porque efectivamente, como recordaba entonces el editor, el arquitecto que levantó la plaza y casi toda la Sevilla de la Exposición Iberoamericana, Aníbal González, soñaba con ver esas baldas rebosantes de obras literarias, en el contexto de una sociedad civilizada capaz de tomar un libro, leerlo y volver a dejarlo donde estaba. Pero si eso no lo hace la gente en su casa, ¿cabía alguna posibilidad de que lo hiciera en la calle, por muy Parque de María Luisa que sea? «Queremos que esto sea una biblioteca al aire libre», exclamaba Ivan Parrilla. De momento, se ha conseguido el aire libre. Ahora solo falta que devuelvan los libros quienes se los llevaron. Añadió el responsable de la editorial que aquella iniciativa también tenía otro porqué: Punto Rojo «es líder en autoedición en lengua hispana, y en diez años ha publicado miles de títulos, unos 3.000, y por eso, para agradecer este respaldo, queríamos devolver a la gente el habernos llevado adonde nos han llevado». Pues ya está devuelto: ni las raspas han dejado. «Esperamos que los agentes culturales se den por aludidos y mantengan esta biblioteca viva». Mientras se dan por aludidos y no, está claro adónde tiene que todo el que desee fomentar la lectura. O darse un paseo en barca.

  • 1