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No en nombre de la libertad

El bulo, la intromisión en la intimidad personal, la calumnia... están convirtiendo algunas franjas horarias en un auténtico basurero. El asesinato de una mujer a manos de su ex pareja, con quién había coincidido por invitación de un programa de televisión, emitido unos días antes de su muerte, ha desatado todas las alarmas sobre las peligrosas...

el 14 sep 2009 / 20:54 h.

El asesinato de una mujer a manos de su ex pareja, con quién había coincidido por invitación de un programa de televisión, emitido unos días antes de su muerte, ha desatado todas las alarmas sobre las peligrosas consecuencias que pueden derivarse de la utilización irresponsable de los medios de comunicación. Enfocándolo exclusivamente sobre el terreno de la violencia de género, la misma vicepresidenta del Gobierno se ha reunido con los principales responsables de las cadenas de televisión, públicas y privadas, para tratar de que los medios colaboren en la configuración de una mayor conciencia sobre este problema. Pero este asunto, con ser importante, sólo es una parte del problema, mucho más amplio, que estamos viviendo día a día, con algunos de los contenidos televisivos, que en una vertiginosa progresión, están alcanzando niveles difícilmente tolerables. El bulo, la intromisión en la intimidad personal, las acusaciones sin fundamento, la calumnia, las descalificaciones más zafias, la proliferación de mercenarios de la injuria y la absoluta falta de respeto a los derechos de los demás, están convirtiendo algunas franjas horarias de varias televisiones en un auténtico basurero. Tal es así que si por las pantallas además de emitir el color, se emitiese el olor, tendríamos que abrir las ventanas, o ahogarnos del asco.

Lo malo es que todo esto se envuelve, para justificarlo, en la gran bandera de la libertad de expresión y en el derecho a la información, que son dos conceptos distintos, aunque complementarios. Bueno, pues yo no sé si será políticamente correcto el decirlo pero pienso que el insulto, la mentira, la difamación y el bulo, utilizados por un medio de comunicación, con el único objetivo de conseguir audiencias, y por tanto publicidad y consecuentemente, dinero, al precio que sea; no son, ni de lejos, un ejemplo aceptable de libertad de expresión. Quienes en los años duros, con censura oficial y oficiosa incluidas, tuvimos que aprender a escribir entre líneas, sabemos lo que en ocasiones cuesta la libertad de expresión. Esto es otra cosa, es la farándula periodística, o sea, la vergüenza de la profesión, cuyo sentido de la ética se circunscribe a la cuantía de la remuneración del escándalo.

En España y en Andalucía hay muchos y buenos profesionales de la información, que de verdad son una parte, activa e imprescindible, en el proceso que, desde la libertad de expresión, hace efectivo el derecho a la información que tienen todos y cada uno de los ciudadanos. Periodistas de verdad, que con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y sus errores, y con sus valentías y sus miedos, son actores principales en la consolidación de nuestros derechos y libertades.

Me parece que a estos periodistas, los de verdad, les debe repugnar que, bajo la falsa bandera de la libertad de expresión se perpetren esos atentados mercantilistas contra la verdad, el honor y la dignidad. La solución no es fácil pero, desde luego, no está en la represión, sino en el convencimiento general de que esto hay que cortarlo. De todas formas, lo van a seguir haciendo, pero que no digan que es en nombre de la libertad.

Juan Ojeda Sanz es periodista

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