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¿No éramos ricos?

Los frugalistas no son los seguidores de una nueva religión. No pertenecen a ninguna secta extraña y tampoco son una especie posmoderna de vegetarianos. Natalie McNeal, una periodista del Miami Herald, es la responsable de ese fenómeno social.

el 15 sep 2009 / 04:00 h.

Los frugalistas no son los seguidores de una nueva religión. No pertenecen a ninguna secta extraña y tampoco son una especie posmoderna de vegetarianos. Natalie McNeal, una periodista del Miami Herald, es la responsable de ese fenómeno social. En plena crisis económica norteamericana, McNeal se ha propuesto compartir sus habituales excesos de consumista compulsiva, preguntando periódicamente en su blog, con un escaso sentido de la intimidad, por la sensatez de sus gastos personales. De hecho, esta imaginativa periodista está provocando unos intensos debates cibernéticos sobre el mejor precio de una simple camiseta o una vela de cera aromática. Con un ejército de anónimos internautas, ya etiquetados como frugalistas, que comparten, a lo largo y ancho de todo el país, apasionados debates sobre el precio justo de las cosas. Ocupando su tiempo en curiosas discusiones sobre los gastos mensuales de Natalie. Dominados por una febril exaltación de los valores de la frugalidad.

La brillante columnista Chrystia Freeland ha comentado este curioso movimiento social, citando a Paul Volcker, el ex presidente de la Reserva Federal. El prestigioso economista ha declarado que los "Estados Unidos se han convertido colectivamente en adictos a un gasto y a un consumo mayor de su capacidad de producir". Freeland también ha descrito las actuales cestas de la compra de los americanos normales. Más austeras, menos caprichosas. Con envases más voluminosos. Esos pequeños ahorros arañados gracias al "lleve tres y pagará dos". "Si compra el paquete más grande se ahorrará un 20 %".

Pero, como ella ha señalado, el debate ya no se puede limitar a los inevitables efectos de la crisis. Debe centrarse, sobre todo, en adivinar el daño ya provocado en esa mayoría de ciudadanos que se han sentido como unos pequeños y efímeros plutócratas a crédito. En preguntarse por la dimensión real del instinto cultural al consumo. Interrogarse por la irreversibilidad de esos valores que asocian riqueza con superhéroes y pobreza con villanos. A finales del siglo XX, en Estados Unidos, un 53 por ciento de la población adulta poseía acciones de empresas que cotizaban en bolsa. Acciones compradas en su inmensa mayoría a crédito, gracias a unos tipos de interés muy bajos y a una inflación casi simbólica.

Una cultura del consumo excesivo que también ha dominado nuestro país. Una avidez que, a menudo, tomaba la forma de chispeantes burbujas especulativas. Como Chrystia, deberíamos preguntarnos, también aquí, en nuestro país, por el efecto de esos valores emocionales intangibles que se han transmitido a la familia, a los amigos. Esa inteligencia comercial confirmada a la sombra de inversiones inmobiliarias, absolutamente ajenas a la realidad del salario. Esa que ahora convierte en pesadilla el clásico fin de mes o la cuota mensual de la hipoteca. Con las mismas personas anónimas que ahora, con la mirada perdida, se están entregando a la frugalidad inevitable. Las mismas que ahora se preguntan, atónitas, ¿no éramos ricos?

Abogado

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