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Cultura

«No es verdad que seamos quijotes, pero todos alguna vez lo hemos querido ser»

Andrés Trapiello presenta la segunda entrega en la que fantasea con los personajes que estuvieron con Alonso Quijano. «Don Quijote y Sancho Panza tienen más entidad que el propio Cervantes».

el 13 nov 2014 / 12:00 h.

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Andrés Trapiello ayer en la Torre del Oro, el escenario elegido de manera muy apropiada para presentar su última novela. / Imma Flores Andrés Trapiello ayer en la Torre del Oro, el escenario elegido de manera muy apropiada para presentar su última novela. / Imma Flores La cuestión es la siguiente: Cervantes terminó la segunda parte de su gran obra matando a Don Quijote, «porque no quiere que vuelvan a sacarlo en procesión». Pero el final de Alonso Quijano no significaba que ocurriera lo mismo con la corte de personajes que le rodeaban, empezando por Sancho Panza y continuando por la sobrina, el ama, el barbero... Eso seguían vivitos y coleando. Para que nadie se los apropiase «los tendría que haber matado a todos, tendría que haber tirado la bomba de Hiroshima en el pueblo», en ese lugar de La Mancha. No lo hizo, y de eso se aprovechó Andrés Trapiello, que les dio nueva vida en Al morir Don Quijote (2004) y ahora ha rematado la faena con El final de Sancho Panza y otras suertes, enviando a la tanda de personajes a las Indias previo paso por Sevilla. Precisamente en Sevilla presentó ayer Trapiello ésta su última novela, que pone el colofón a un trabajo que inició hace tres lustros. Lo que ha hecho es emular al mismísimo Cervantes con dos entregas, jugando a la confusión de mundos para dejar claro que «la separación entre realidad y ficción no está tan clara» en el universo cervantino. Y de ello da fe la circunstancia de que «Don Quijote y Sancho Panza hoy día tienen más entidad que el propio Cervantes», del que sabemos bien poco mientras que a sus dos personajes se les han dedicado «miles de libros». Al fin y al cabo, concluye el autor, «realidad y ficción forman parte de un mismo todo que es la vida».   ¿QUÉ OCURRIÓ? Todo esto lo permite «un libro vivo desde 400 años», el mismo que –ya lo decía Azaña– es para los españoles como su biblia. Por ello, «a los lectores que nos gusta tanto Don Quijote sentimos una enorme pena cuando llega al final, y sentimos no saber lo que sí saben los personajes» de la obra. Por ese hueco se coló Trapiello para esta aventura en dos entregas «hecha con la mayor humildad», en la que el mayor reto lo supone la imitación del lenguaje cervantino porque hace muy fácil caer en lo ridículo, en un habla «castiza e irreal». Y recogiendo la llama quijotesca, el novelista admite que con su propuesta pretende «prolongar los ideales» que plasmó Cervantes en su obra, esos que nos hablan de «libertad, cierta anarquía, la defensa de causas justas en el peor momento...». Por ello está convencido de que «hay causas perdidas que no deberían estarlo porque son buenas», tan buenos como los propios personajes cervantinos, de una bondad elemental, «buenas personas que no van a hacer mal a nadie». Terminado este periplo, Trapiello admite que, como al propio Cervantes, la primera parte le costó más que la segunda. «Me sentía agarrotado, es más imperfecta», y si Alonso Quijano quería deshacer entuertos, el autor se conforma con lograr que el lector pase un buen rato. «Algunos me han dicho que tras leerlas les han entrado ganas de ir al Quijote, es algo que no me molesta porque la comparación es imposible» entre ambas obras. «En el Quijote está dicho todo», apostilla, y es que «Cervantes arranca lo mejor de cada uno. No es verdad que todos seamos quijotes, pero todos alguna vez lo hemos querido ser». Don Quijote, en definitiva, «nos hace mejores personas». De sus personajes, el que tiene las cosas más claras es Sancho Panza, que para empezar nunca terminó de creer en los empeños de su señor pero sí tenía una cosa muy clara: como cobraba a jornal, le salía mucho más rentable acompañarle en sus aventuras que quedarse en el pueblo. Ahora todos se marchan a América, «lo que era normal en gente que ya no tenía nada que hacer y no tenía hacienda». Un paso a las Indias que, por cierto, no era nada fácil, como comprobó en sus carnes el propio Cervantes, que intentó hacer las Américas con nula fortuna en el empeño. Puede decirse que gracias a que fracasó en sus intenciones escribió el Quijote, aunque Trapiello quiere ver en la aventura americana de sus personajes una especie de justicia poética al «resarcir el sueño de Cervantes». En este periplo, algunos de estos personajes mueren y otros siguen vivos, así que «si alguien los continúa bienvenido sea. A uno le tocó la suerte de escribir el Quijote y a otros la de continuarlo», una labor siempre viva porque esta historia siempre admite relecturas, «de hecho una de las mejores adaptaciones que se han hecho nunca es la de dibujos animados» de los años 80. Su novela, dicho sea de paso, es de tamaño académico porque «500 o 600 páginas ya no las lee nadie, a no ser que seas autor de bestsellers, que es lo que he querido ser durante toda mi vida y no lo he conseguido».

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