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No harás migas con las palomas

Crónica de una sesión clandestina, alevosa y casi nocturna de dar de comer a los pájaros, cometida en la Plaza del Triunfo para ver qué era lo que pasaba. Como lo van a prohibir...

el 11 ene 2011 / 20:37 h.

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Una memoria de musgo (de musgo franquista, cabría decir, por su incapacidad para asumir que las cosas han cambiado) conserva intacta en la muralla del Alcázar la sombra del viejo y enorme ciprés hoy desaparecido que velaba allí, hace ya muchos años, la cruz de los caídos. Acaban de encender los primeros focos, los que miran a la fortaleza, mientras el crepúsculo callejea por el Postigo dorando con su cola el costado sur de la Catedral y azuleando las estatuas restauradísimas del monumento a la Inmaculada. En la esquina de la Catedral, la cabeza del diablo vomita un torrente de verdín y detrás, al fondo, la Giralda da la media con un coscorrón de bronce que pone a temblar la tarde. Y en medio, entre el ciprés de musgo, el crepúsculo en fuga, la piedra dorada, las estatuas restauradísimas, el vómito verde y el coscorrón de bronce, dieciséis palomas muertas de hambre acercándose sin acercarse, con su arrullo de gasoil, al único ser humano que en ese momento puebla (con una bolsa de migas de pan y un paquete de pistachos) uno de los ocho bancos de la terraza principal de la Plaza del Triunfo. En ese escenario entre gris y turquesa, sobre el que empiezan a formarse charquillos de luz amarillenta al pie de las farolas, está a punto de escribirse un crimen, una irregularidad; una paradoja administrativa, pues hace tiempo que está prohibido pero todavía no lo está: dar de comer a las palomas. En resumen, que como la norma vigente no la cumple nadie, han hecho una nueva para esta primavera: de 75 euros que no se cobraban a 500 que sí se cobrarán, dicen. Y esas son las faltas leves. La paloma capitana cabecea preocupada. Su recelo dice que aparenta comprender algo de toda esta conjura contra ellas. Pero no bien ha caído al suelo el primer pistacho, el número de palomas sube de dieciséis a veintidós y lo que era rebaño se hace jauría.

Y eso que los pistachos no les gustan. Cuando se dan cuenta de lo que era, se frenan todas en seco y empiezan a caminar en círculos sacudiéndose el nudo de la corbata y entrechocándose con azorado disimulo, como diciendo ¿qué ha pasado, ha pasado algo? De ese modo, alejándose pero sin alejarse, regresan a las losas centrales de chinos prensados, a seguir picoteando la nada, ignorantes de la cena de pan que tal vez estén a punto de darse.

Quizá el problema sea que en esta ciudad de musgosa memoria es costumbre escribir irregularidades, igual que en otros sitios se escriben crímenes, pero eso se va a terminar por lo que a los animales respecta con multas de hasta 30.000 euros. Habrá quien disienta de la norma, pero eso es porque no conocen otras que hay por ahí relativas a la fauna. En el Ejército, un mulo le pega una coz a un sargento y ese mulo queda arrestado. En Wilbur (Washington) está prohibido montar un caballo feo; en Atlanta es ilegal amarrar una jirafa a una farola. En Urbana (Illinois), está prohibido que los monstruos traspasen los límites municipales. ¿De qué se queja el sevillano, si ni siquiera había un policía en la Plaza del Triunfo para espetarle al infractor un carraspeo disuasorio? La autoridad más cercana eran dos policías nacionales con sus caballos al pie del magnolio de la Catedral. Debían de venir de la Plaza Nueva, por el reguero castaño que decoraba la Avenida delante del Sagrario, allí donde está prohibido pasar a los coches de caballos (¡oichoichoichoich!, exclamaba una señora a otra, escandalizadas ambas con el volumen de la descarga). ¿Eso qué será? ¿Falta leve o grave? Se sabrá en primavera.

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