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"No puedo estar seguro de no volver a jugar, ya controló mi vida una vez"

José García, adicto a las tragaperras, lleva casi cuatro años en rehabilitación. Hoy ayuda a otros que pasan por lo mismo en terapia.

el 29 oct 2011 / 19:25 h.

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Hace tres años y ocho meses José García iba a devolver a su tía un dinero que le había pedido prestado engañándola. De camino estuvo a punto de jugárselo a las tragaperras, el mismo juego que le había hecho pedirle el dinero. "No fue de un día para otro". Hacía tiempo que "era consciente de que tenía un problema". Pero "por miedo a cómo se lo tomara la familia y los amigos", ajenos a todo, no se atrevía a dar el paso de contarlo y buscar ayuda. Hasta ese día. Logró llegar a casa de su tía y no sólo le dio el dinero sino que le confesó la verdad. Llamaron al teléfono de la esperanza y les pusieron en contacto con Asejer .

Hoy está en el tercer nivel de la fase de rehabilitación y ayuda a otros que están pasando por lo mismo como monitor en las terapias de grupo.

"No puedo estar seguro 100% de que no vuelva a jugar. Hay gente que viene y ha recaído después de siete o diez años. Algo sobre lo que perdiste el control una vez, no intentes controlarlo porque te controlará a ti", asume. Y admite que el juego, al no estar socialmente mal visto, está en cada calle. "Enciendes la radio y anuncian el cupón, ves en las vallas anunciada la lotería, pones la tele y salen los concursos... y quien no tiene el problema no se percata", cuenta.

Desde que entró en la asociación, firmó el formulario de autoprohibición para tener impedida a la entrada en todos los casinos y bingos de España. Es lo único que está legislado. No existe algo parecido para los salones de juegos ni tampoco tiene validez en otros países de la UE. Por no hablar de las tragaperras, instaladas en cualquier bar.

José comenzó a jugar a estas máquinas hace ocho o nueve años, aunque al principio era un "jugador social, sin echar excesivas cantidades y controlando". Sin embargo, llegó un momento en el que su "vida giraba en torno al juego". "Me levantaba pensando en buscar dinero para jugar, en acabar pronto de trabajar para jugar, buscaba cualquier hueco y con mi pareja incluso provocaba discusiones para tener la excusa para irme a jugar", relata.

Cuando lo contó, nadie de su entorno podía imaginárselo. Buscaba bares lejos de su barrio para que nadie lo viera y al ser autónomo, manejaba su propio dinero, aunque su pareja sí notó que gastaba mucho. Pero una adicción al juego es lo último que el entorno imagina. En muchos casos piensan antes en una aventura o en las drogas, si son jóvenes, que en la ludopatía. Las relaciones se deterioran.

"Conviertes tu vida en una mentira, con mi mujer me enfadaba por tonterías y no sé por qué no era capaz de mirar a la gente a los ojos". La pérdida de autoestima es una de las consecuencias de la ludopatía. La terapia trabaja mucho que el adicto no se avergüence y asuma que es un enfermo, no un vicioso. "Si yo no pido perdón por tener un resfriado, ¿por qué voy a pedirlo por esto?", defiende José, que reconoce que en la asociación le han "enseñado a crecer como persona" y a saberse responsable de sus actos pero no culpable.

Tal y como le recomendaron en Asejer, una de las primeras cosas que hizo fue contarle a sus amigos, conocidos del trabajo y familia lo que le pasaba. "Me servía además para que me pararan si se me pasaba por la cabeza jugar", añade.ç

José no sabe bien cuánto dinero pudo gastarse en el juego. Habla de 300 o 400 euros diarios en sus peores momentos durante horas delante de la máquina. A Asejer llegan casos de personas que pueden gastar hasta 6.000 euros al día. "No se le da importancia al dinero. Ya no era lo que gastaba sino que pedía préstamos, adelantos...", relata. De hecho, es frecuente que los ludópatas sean también compradores compulsivos, algo que también se trata en la asociación, porque necesitan gastar dinero incluso "comprando brocas sin tener trompo".

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