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Economía

"No quiero ciudad ni regalada"

Un estudio asegura que el 75% de los andaluces cree que se vive mejor en los pueblos. Los vecinos de Guillena lo confirman: como el pueblo, no hay nada.

el 11 feb 2010 / 20:52 h.

La Venta La Alegría es el lugar en el que se reúnen trabajadores del campo, cazadores, guardas forestales y quien busca algún trabajillo para compartir una cerveza.

Tres de cada cuatro andaluces aseguran que en los pueblos se vive mejor que en las ciudades, según un reciente sondeo del Instituto de Estudios Sociales Avanzados IESA-CSIC. Pues vamos a comprobar en un pueblo elegido al azar, en este caso Guillena, si eso es verdad y por qué.

En este municipio sevillano, a 21 kilómetros de la capital, aún se respira el aroma de pueblo entre sus gentes en los bares, en los comercios, en las calles. "Aquí nos conocemos todos, en la capital no se conocen ni los vecinos de un bloque de pisos".

Francisco Hernández, alias El Sardina -porque en el pueblo todos tienen mote-, regenta un bar al lado del Ayuntamiento y de la iglesia. Lleva 59 años en Guillena y de ahí no piensa moverse.

Es cierto que en los últimos años las cosas han cambiado, casi siempre a mejor, dice. Con la Autovía de la Plata y su cercanía a Sevilla, mucha es la gente joven que, ante los precios de la capital, se ha trasladado al municipio, que en parte se ha convertido en ciudad dormitorio, sobre todo por las urbanizaciones levantadas en la pedanía de Las Pajanosas.

Hay quienes se integran en la vida del pueblo, pero otros sólo acuden a dormir y a disfrutar de tranquilidad los fines de semana. "Aquí los chiquillos pueden jugar en la puerta de las casas, cómo van a hacer eso en una ciudad", se pregunta Francisco. "Como en un pueblo no se vive en otro sitio".

Esa paz la atestigua Pilar Jiménez, que lleva 30 años con un negocio de joyería y relojería, y nunca ha tenido un problema. Ella, que tiene varios pisos alquilados y un montón de historias que contar, señala que "a la gente que viene de fuera la hacemos del pueblo". Lo que más valora es el "compañerismo" y "el calor humano" de sus conciudadanos. "Fíjese, mi marido estuvo ingresado en julio y todo el pueblo llamó al hospital para ver cómo estaba, y cuando hay un entierro todo el mundo acude".

¿Y el trabajo, cómo anda con esto de la crisis? Pues como en todos sitios, dice Francisco mientras sirve unos cuantos cafés. Escasea, aunque el Ayuntamiento está sacando cursos remunerados para la gente joven del pueblo, para que empiecen a trabajar. Hasta en eso, el trato es diferente, asegura, pues quien atraviesa por dificultades habla con la asistenta social o con Cáritas e incluso cuando alguien lo pasa mal "la gente del pueblo echa una mano". Recogen unos cuantos espárragos o aliñan unas aceitunas y lo venden. Ese espíritu no lo encuentras en otro lugar, asevera.

Pilar tenía alquilado un piso a una pareja de Madrid que trabajaba haciendo sondeos en Cobre Las Cruces. "La mina no dio los puestos de trabajo esperados y se quedaron parados. Ellos tienen un piso en Valdemoros, que están deseando vender para venirse a vivir aquí".

Como ellos, algunos maestros llegaron para enseñar y cuando les llegó la jubilación, se decidieron por echar raíces en Guillena.

O el caso de otro inquilino suyo, un francés muy metido en el mundo taurino, al que le recomendaron el pueblo y del que ya sólo sale unos días para visitar su Francia natal.

'LA ALEGRÍA'. Francisco Izquierdo, el Micro, tiene 43 años. LLega con una cesta de espárragos bien hermosos, recién recogidos, con los que puede sacar unos 30 euros para ir tirando. El punto de encuentro es la Venta La Alegría, parada obligada para las cuadrillas antes de trabajar o para quienes buscan algún trabajillo.

Pero eso era en los buenos tiempos, porque aunque destila buen ambiente y compadreo, en su barra se sirven ahora, con la crisis, más penas que jolgorios. Historias de paro, de prestaciones, de inactividad se dan cita cada día ante una litrona de cerveza. Para eso, aseguran sus habitantes, también es mejor un pueblo que la capital, para compartir las penas.

"El que ha nacido en un pueblo no cambiaría su casa por tres pisos en Sevilla... a no ser que pudiera venderlos". En efecto, no se encuentra quien, al menos abiertamente, admita que quisiera cambiar de vida en la ciudad. "Es que me lo regalan y no lo quiero", asegura convencido Juan Francisco Guillén que, con su paga de 450 euros de una pensión de incapacidad, tiene que mantener a los cuatro miembros de su familia.

Y eso que el campo, que dio de comer a tanta gente hace no demasiados años, ha cambiado mucho. El desembarco de la maquinaria en las fincas ha hecho que se reduzcan considerablemente las peonadas y eso, sumado a la gente que viene de fuera para trabajar en las campañas del melocotón, la aceituna o la naranja, pues se nota. Y cultivos como la patata se han ido perdiendo con el tiempo.

José Rubio es, de quienes comparten una cerveza en la venta, de los pocos afortunados con trabajo. Está empleado como guarda en una finca y confirma el daño que está haciendo la caída de los precios de la aceituna y la naranja y lo que se tarda en cobrar. Hasta cinco meses.

La mayor lacra como en la mayoría de lugares -aquí no valen distinciones de pueblo o ciudad- es la del paro. A sus 24 años, Antonio Jiménez ha llegado de ayudar a Francisco a recoger espárragos. Lleva sin trabajo desde febrero del año pasado y enero ha sido el primer mes que ha cobrado la ayuda de 420 euros. Vive independizado en una casa que es de sus padres, aunque paga la luz, la letra del coche y otras facturas.

Dejó los estudios y se hizo oficial de segunda en los albañiles. "Ahora estoy harto de ir a pedir trabajo y no hay nada". Si pudiera volver atrás, asegura que prestaría más atención a la escuela.

Mejor suerte ha tenido otra joven también nacida en el municipio. Rocío Fernández, 32 años, lleva cinco trabajando en el centro oftalmológico Torres Óptico, aunque reconoce que ahora está difícil encontrar empleo. Tampoco piensa en trasladarse de su pueblo, pues sólo necesita desplazarse por visitas médicas o a comprar. ¿No se echa nada de menos? La gente joven, tal vez, un poco de marcha por la noche y, si hay que poner alguna pega, "sí se que se agradecería algún comercio más de ropa o zapatos".

Mucha es la gente de su edad que ha optado por vivir en el municipio por sus buenas comunicaciones.

Eso no le parece mal a Josefa Romero a la que, según ella misma dice, le quedan "dos telediarios para la mayoría de edad" -o sea, para cumplir los 65 años-. El problema que tiene el pueblo con la gente nueva "es que no se empadrona" y hace uso de los mismos servicios que el resto, argumenta mientras frota bien la cabeza a Dolores en la peluquería del Hogar del Pensionista, que visita todos los miércoles. El resto de días trabaja en casa.

"Yo soy de las que sale a comprar y deja la puerta abierta", dice. Dolores contrapone: "pues yo no, a mí me da miedo". Y Josefa le contesta: "el que entre a mi casa a robar, sale robado".

Mientras Josefa y sus dos clientas repasan los duros que ganaban de niñeras y cómo era la vida cuando estuvieron empleadas en la fábrica de goma o en la de aceitunas, un par de habitaciones más allá un nutrido grupo de jubilados comparte un buen rato y partidas de dominó.

José Oropesa, del pueblo de toda la vida, se queda con que "somos como una familia grande", a pesar de lo que ha crecido el municipio y con la tranquilidad.

Rafael Bretones es, para variar, natural de Nerva (Huelva), y aunque ha acabado afincado en Guillena porque es donde está su hija, ha vivido en numerosas ciudades. Cumplirá 82 años en marzo y, aunque no se queja y asegura vivir bien, se percibe cierta añoranza en su mirada, quizá no de otros lugares, sí de otros tiempos.

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