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Nobleza obliga

Decidió y consiguió ser torero a una edad en la que otros acarician la retirada.

el 14 oct 2012 / 15:39 h.

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Torero fue su bisabuelo Cayetano, el Niño de la Palma; figurón de época fue su abuelo Antonio y todos sus tíos Ordóñez Araujo -Cayetano, Juan, Pepe y Alfonso- vistieron de seda y alamares. Toreros fueron Pepe, Domingo y el grandioso Luis Miguel Dominguín, hermanos de su abuela materna, hija del primer González que peinó coleta y fundó la dinastía de Quismondo. Toreros fueron sus tíos políticos Ángel Teruel, Paco Alcalde y Curro Vázquez, que fue su apoderado hasta ese adiós provisional de Hellín.

Torero modesto fue su abuelo Antonio Rivera. Promesa que quedó en el camino su tío José -Riverita en los carteles- y torerazo su padre, ese Paquirri caído en Pozoblanco con la entereza de un coloso determinando la vocación torera de su hermano Francisco, que como Cayetano, nació siendo dueño de la sangre más aristocráticamente torera de la casta de los hombres de luces. Todos los astros se habían alineado para que Antonio Cayetano Rivera Ordóñez tomara el capote y la muleta a la edad en la que otros chicos andan jugando con el tiempo. Pero no fue así. Ni siquiera el ejemplo cercano de su hermano sirvió para inclinar la balanza hacia la vocación familiar y el joven Cayetano permanecía ajeno a un trajín que había sido una constante en todas las reatas de su casa desde comienzos del siglo XX.

Pero el segundo hijo de Paquirri y Carmina Ordóñez -refugiado en un segundo plano de la intensa atención mediática despertada por su madre y su hermano- ya había encaminado sus pasos por otros derroteros. El mundo de la imagen y la cinematografía habían acaparado su atención y el paso de los años había hecho desestimar una vocación que permanecía oculta, esperando que fuera despertada en el momento menos pensado.

Sólo él sabe porqué. Cayetano ya había rebasado ampliamente la veintena cuando empezó a trascender su intención de abrazar el oficio de los suyos. Se le había visto aquí y allí, asomado a algunas plazas y hasta se preparó para torear -con más entusiasmo que recursos- en un festival organizado en Zahara de los Atunes junto a su parientes Rivera. Ya no había vuelta atrás y la suerte estaba echada. Las primeras reacciones del planeta de los toros fueron de incredulidad aunque las cosas -tal y como se demostró después- iban en serio. Había que empezar de cero: a levantar al hombre después del traumático divorcio con la modelo Blanca Romero y a construir un torero que más allá de la genética, desconocía los rudimentos básicos de un oficio que hay que aprender desde niño. El tiempo corría en contra y el aspirante a torero tuvo que ponerse en las manos exigentes de Antonio Ruiz Espartaco para poder salir con las mínimas garantías a una plaza de toros.

La forja fue secreta y Ronda, principio y fin de la dinastía, fue el escenario elegido para presentarse vestido de luces en una mixta que marcó varias constantes: Cayetano había heredado el mejor empaque ordoñista y anunciaba un toreo mayestático al que aún le faltaba capacidad de competición y resortes técnicos para ser puesto en práctica. Paralelamente, su tío Curro Vázquez fue el encargado de tomar las riendas de su carrera para cuidar desde el primer momento todos los detalles hasta el punto de ser acusado de llevar a su sobrino entre algodones aunque sus dos campañas como novillero son un paseo triunfal y el augurio de una figura en ciernes.

La alternativa, rodeada de la máxima expectación, también fue en Ronda. Vestido con un enigmático vestido goyesco galoneado de ochos, fue convertido en matador por su hermano Francisco en un mano a mano en el que no cabían testigos ajenos a su sangre. Pero la verdadera dureza del toreo comenzaría después de esa fiesta rondeña que se convirtió en el evento social más concurrido del año 2006. Pronto se hizo patente la desnudez técnica del nuevo matador. Los toros, escogidos o no, no le iban a permitir fallos y el largo rosario de percances de todo signo que le sacan una y otra vez de la palestra se enhebró muy pronto al esbozo incompleto de un caro concepto del toreo que no se termina de concretar a pesar de su rápida inclusión en los carteles de los grandes. La presentación en Sevilla como matador se hizo esperar por ciertos problemas con sus derechos de imagen pero la confirmación de alternativa en Madrid, casi dos años después de su alternativa rondeña, fue una bocanada de aire fresco. Cayetano cortó una oreja que le supuso una gran satisfacción personal y el acicate para seguir adelante.

Llegó entonces un torero algo más conservador que aún mantuvo intacto su indiscutible tirón mediático sin lograr traspasar las definitivas puertas del senado de la torería. El personaje se consolidaba pero al torero le faltaba aún el cuajo necesario para obtener el placet secreto de los profesionales. Llegados a la temporada 2012, el vendaval de la crisis ya había desarbolado el negocio taurino y el ritmo, la calidad y la cantidad de sus contratos había descendido considerablemente. Con 35 años cumplidos y la vida más que resuelta en otros ámbitos, quizá había llegado el momento de decir basta. Pero había sido y es torero. Se lo debía a los suyos y también a sí mismo.

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