Cofradías

Noche de lágrimas

El regreso de la Virgen a su casa, estuvo salpicado de escenas impagables, pequeñas grandes emociones y un rosario de anécdotas.

el 31 may 2014 / 23:45 h.

Unas cuantas tortillas y unas cocacolas aguardaban a los costaleros en el Becerrita de al lado de Los Negritos, el primero de los cinco puntos –más que calientes, hirvientes– que resaltaban en el itinerario de la Esperanza de camino a su casa, junto con los Gitanos, la Trinidad, San Julián y San Gil. El Correo sabía que era imposible traspasar la altura de la Plaza de Carmen Benítez sin infringir mortalmente la hora de cierre del periódico, pero a cambio de esta limitación tuvo la fortuna de presenciar allí una de las escenas más emocionantes que el mundo cofradiero ha producido en Sevilla en los últimos tiempos. Habían transcurrido tres horas desde la salida del palio del Rectorado, lipotimias mediante –el calor era tremendo, 37 grados, y a tres o cuatro hubo que sacarlos en volandas y hasta en la ambulancia del 061–, y los primeros macarenos, adelantándose a la comitiva, acordaban con el bar el refrigerio para los de debajo del paso mientras ellos, que también son de Dios, se quitaban los sudores del cogote y el pellizco del estómago con una cervecita helada y una reparadora ensaladilla. «¿Llorar?» –decía uno de ellos, proclive al anonimato– ¡Yo llevo llorando todo el santo día de la emoción!». Y lo que le quedaba. Había sido una jornada intensa, y se notaba en los abrazos que se daban y que repartían a sus amigos. La primera de ellas, el parque. Pocas cosas dan más coraje que un periodista que va de pregonero, pero aun sabiéndolo, qué trabajo costaba ayer sustraerse a esa tentación detestable y dejar que escribieran por uno los siete mil tópicos que gobiernan las crónicas cofradieras;qué ganas daban de escribir, por ejemplo, que las sombras de los ramajes de esos imponentes plátanos de indias de la infanta María Luisa dibujaban caricias en el palio de la Esperanza. Y cosas peores. Pero era la pura verdad: todo se había confabulado con la Macarena –el día, el calor, el cielo, la brisa, la luz, Sevilla entera– para grabar con letras de oro una jornada irrepetible en la pequeña gran historia local. Y si el parque fue emocionante, lo de la Fábrica de Tabacos se queda sin adjetivar. No se sabía qué impacto era más fuerte, si la propia Virgen Macarena paseándose despacito por ese empedrado fino de la apacible lonja universitaria –cerrada para la ocasión– o ver su peculiar cruz de guía abriendo paso por esos jardincillos estudiantiles. Tantas ganas tenía la gente de Macarena que cuando llegó la hora de salir del Rectorado, lo primero que hicieron fue poner el paso fuera, detrás de la verja, para que el público pudiera verlo. Luego salieron las insignias, la comitiva con sus cirios y toda la parafernalia ceremoniosa de estos acontecimientos, pero el palio fue lo primero en salir a modo de pequeño regalo a los sevillanos por el cariño demostrado durante todos estos días y, en general, siempre, según comentaban los hermanos ayer, hechos un mar de lágrimas. Hubo más guiños. Viejos capataces hicieron sus levantás. Si la Virgen de la Esperanza llevaba el fajín de Queipo, la Virgen de la Angustia lucía el de otro militar de memoria mucho más loable, el general Valdés, hermano de los Estudiantes fallecido hace un par de años y quien durante tanto tiempo llevase el cuartel de Intendencia que estuvo donde hoy se alza la Diputación de Sevilla. Y más: cuando la Macarena entró en la Capilla Universitaria por la puerta trasera para recorrerla por entero en una ceremonia casi privada a la que solo pudieron asistir unos pocos afortunados, los cuatro hachones que acompañaban al Cristo de la Buena Muerte fueron los mismos que recibieron a la Macarena en la Anunciación cuando ardió San Gil; los mismos cuatro hachones que aparecen en la ya mítica foto junto al cajón de madera de la Esperanza. Y si hacían falta más anécdotas, en los Jardines de Murillo se plantó delante del paso una nieta de Hernández Díaz, el alcalde que participó en la coronación hace 50 años junto al arzobispo José María Bueno Monreal; una mujer que había dejado Sevilla atrás siendo aún una niña y que ayer, de regreso a la ciudad y poniéndose por primera vez en su vida adulta cara a cara delante de la Esperanza Macarena, no tuvo otra que dejar correr las lágrimas en lo que no era sino una deuda hermosamente saldada con su propia historia personal. «Vengo a honrar a mi abuelo», dijo, y vaya si lo honró. Pues de estos sucedidos, cientos. Los priostes no paraban de subir los ramos de flores al paso, encajándolos como podían, mientras paisanos rasos, desde la mismísima calle, le arrojaban a la Virgen puñados de pétalos de rosa. También hubo sus momentos insufribles, como esos grupúsculos de sanedrines en potencia en los que jóvenes con incontinencia silbante se dedican a enjuiciarlo todo a voz en grito como si hubiesen inventado las cofradías con todas sus normas, su ciencia y sus tradiciones. Que si había que ver que ya podían haber abrillantado un poquito el guion de la coronación, que si los varales no estaban demasiado apretados y por eso el movimiento de las bambalinas no seguía el ritmo de la música... pamplinas. El paso iba andando como nunca, que es como decir como siempre, y el movimiento de la mesa era un reloj suizo. El guion estaba reluciente, y si a algo se podía poner un pero era a que nadie tenía claros los horarios –de hecho, los habían cambiado esa misma mañana–, lo cual, a decir verdad, le acabó importando un pepino a la concurrencia, que se lo estaba pasando en grande. Además, no bien pasó la Virgen del Equipo quirúrgico –qepd– cuando el sol se fue a la cama de una vez y la brisa empezó a aliviar a los muy sudados presentes, que por cierto cada vez eran más. Lo decían los de la banda del Carmen, de broma, entre ellos:«¡Quillo, no animéis a la gente que aquí ya no se cabe!», pero vaya si la animaban. Fue, como se dijo antes, uno de los momentos gloriosos de la noche: cuando en puertas casi de la capilla de Los Negritos –empetada de gente la zona desde dos horas antes–, la banda, que había venido todo el camino sin dejar de tocar el amplio repertorio musical de la hermandad, se lanzó con el Himno a la Esperanza Macarena (que los cofrades se pusieron a cantar ipso facto, dejando un considerable charco de lágrimas) para enganchar sin solución de continuidad con esa maravilla de Coronación de la Macarena que puso los vellos del gentío cual tornillos de afianzar candelabros de cola. Y ya habría sido el colmo de los colmos si la comitiva, en un rapto de lucidez, hubiese incluido en su caminar los Jardines de Murillo, aunque solo fuese por pasar ante el monumento a Catalina de Ribera, fundadora del Hospital de las Cinco Llagas. Claro que entonces habría habido que preguntarse qué se hacía con la gente. Porque allí, caber, no cabía tanta. Y eso que todavía quedaba todo por delante.

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