Cultura

Noche de metales y de pellizcos gitanos

el 18 sep 2010 / 09:36 h.

Vengo aún con la emoción en la piel y eso tiene un inconveniente: que escriba más con el corazón que con la cabeza. Prefiero mojar la pluma en el tintero del corazón, pero no está el horno para bollos. La Bienal se ha ido alejando de los verdaderos aficionados al cante y de los intérpretes genuinos, pero anoche nos brindaron un recital de esos que los cabales son capaces de dar su sangre: el de José Menese y Manuel Agujetas, dos cantaores históricos, sin técnica, sin cuentos, sin parafernalia, sin asesores de imagen, que han sido desplazados miserablemente por nuevos ídolos con alma de plástico.

De La Puebla de Cazalla el primero y de Rota el segundo, son lo poco que nos va quedando del cante puro, jondo, entendiendo la pureza como verdad. Apenas empezaba a coquetear con el cante cuando supe de estos dos geniales cantaores, de los que he disfrutado muchas noches en los escenarios y en privado. Menese me cantó un día por soleá en su propia casa, solos los dos en el salón. Anoche, cuando se templó por granaínas para evocar a Blas Infante, con la voz llena de heridas por los ataques del tiempo, sentí su voz en el pecho, que es donde se siente el cante por derecho. Su guitarrista, el inigualable Antonio Carrión, lo llevaba despacio, sin molestarlo, sin que el aire que salía de su garganta tocara la muleta de la sonanta.

El maestro morisco acabó la granaína como pudo y le metió hondura a la liviana mariana y a la ausente farruca, dos estilos de cantes en total decadencia. Por soleá no hay quien suene como él y hasta cuando desafina duele, como duelen las falsetas de Carrión. Menese anda flojo de fuelle, pero su voz sigue siendo un punto de dolor en el alma, el que consolaba la añoranza andaluza de Alberti en su exilio romano. En los tientos, ese cante monótono y seco que él solemniza como una seguiriya, las letras de Moreno Galván adquieren una gran importancia. Y en las seguiriyas de El Nitri, algo más que importancia.

Menese tiembla como un niño arrecío cuando canta, por la falta de fuerza, pero anoche, sin cuajar una gran actuación, quedó claro que donde un día hubo candela algún rescoldo queda.

Lo de Manuel Agujetas fue otra historia. Es otra historia. Con menos técnica aún que Menese y con otra buena guitarra, la de Antonio Soto, Manuel de los Santos Pastor, el hijo de Agujetas el Viejo, puede cantarte dos veces por seguiriyas y no pasar nada, o cantar un fandango de El Carbonero y partirte el velo del alma a pellizcos, como hizo anoche. Tres fandangazos del genio de la Macarena bastaron para ponernos la piel como el caparazón de un centollo. Pero, además, logró dos magníficas soleares de El Mellizo, seguidas, con unas letras que ya apenas se escuchan y una ligazón que nos hizo recordar a Tomás Pavón.

Por seguiriyas no hay quien suene como este gitano. Muerto el Chocolate, es el único que te puede matar con una seguiriya gitana. Ligó sólo un cante, uno solo de todos los que hizo, pero nos metió en el cuerpo la historia de este palo que para Lorca era un cante de ritmo sin cabeza. La Bienal no debe olvidar a cantaores como Menese y Agujetas, porque es una puñalada trapera a la cultura musical más importante de Andalucía, de la que ellos son dos auténticos baluartes. Anoche tuve un dolor en el pecho todo el recital de estos históricos cantaores, hasta la ronda por tonás. No hay que asustarse: era el dolor que produce el cante jondo en las habitaciones del corazón.

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