Feria de Abril

Noé y la gitana que pedía para el 'pescaíto'

Les guste o no, 25.000 paisanos viven, comen y duermen con la Feria. Son los vecinos, que ayer veían cómo su rutina quedaba hecha añicos un año más.

el 06 may 2014 / 00:01 h.

Foto: José Luis Montero Foto: José Luis Montero «Pero por Dios, ¡por Dios!», exclama la gitana aspaventosa, en su actuación para toda la clientela de la cafetería. «¿Es que no tengo yo derecho a na? ¿Es que me tengo que morir, por Dios? ¡Darme argo pa’l pescaíto de esta noche y Dios os lo pagará!», promete, y la gente se rasca el bolsillo haciendo sonar la calderilla para agradecerle el esfuerzo interpretativo, hasta tanto le den el Goya a actriz revelación. Fuera, por la sombrita de Virgen de Luján, caminan de dos en dos, del brazo de señoras que parecen más vecinas que parientes, docenas de ancianas con bastón. Poquito a poco, Los Remedios se ha vuelto un barrio de abuelos. Sus primeros pobladores, llegados en los sesenta, son ahora viejos, y desde sus caminatas mañaneras, su velador con café con leche o su banquito de la calle Asunción, contemplan la llegada de la Feria con el escepticismo socarrón de quienes agradecen la nota colorista que los distrae de su aburrimiento diario, pero no tienen cuerpo para tanto jaleo. Entre que caminan todos de dos en dos y que los barrenderos no paran de encharcar el barrio a manguerazo limpio, aquello empieza a recordar al episodio bíblico del arca de Noé. Es tremenda la determinación con que los operarios, pegándole chillidos al conductor del camión cisterna para que avance o recule (con gran admiración de los automovilistas de la ringla de coches que tiene detrás), la emprenden con el asfalto y el acerado en un intento de despegarle todo lo que tengan adherido con posterioridad a la Guerra Civil. Era para haberse llevado la piragua y organizar excursiones con guiris. Porque ayer, al lado de Los Remedios, Isla Mágica era el desierto de los Monegros el día del Carmen. «¡Antes sí!», refunfuña el estanquero de Fernando IV con el ceño fruncido, mientras atiende a la clientela. «Antes en una Feria se podía llegar a vender el cien por ciento más, pero ahora, con el contrabando, no». Y se va enfadando. «Es de vergüenza. Yo no sé dónde ni cómo lo venden. ¡Que lo persiga la Policía, que para eso está!», y tiene razón: ya basta de vender veneno sin garantías legales. No es que los ánimos estén caldeados: es que hace calor, aunque soportable. «Pues para el domingo dan 35 grados», le advierte una de esas acompañantes a una señora con bastón por la calle Virgen de la Victoria. El camión de Lipasam con el hombre de la manguera acaba de pasar por el lugar, y a poco se aprestan a venir volando los ánsares de Doñana para establecer allí una colonia, a espaldas de la parroquia. Y los flamencos, que para eso es Feria. Que por cierto: del patio del colegio Santa Ana proceden unos alaridos que resultan ser grabaciones de sevillanas. La onda expansiva llega hasta la calle Niebla. Será la hora de Educación para la Ciudadanía. Hablando de educación y de ciudadanía: en muy pocas partes ponen todavía de oficio vasitos de agua fresca con el café. Lo compensan llamándolo a uno de tú. Tú no tienes sed: resumen de la idea. Un avance más de la civilización. Se ve que están ocupados los camareros colgando pizarras anunciadoras de los naranjos de la calle o entretejiendo una tela de araña de banderines y farolillos sobre las terrazas para perpetrar eso que suele denominarse ambientación. Los émulos del Dios de Israel prosiguen refrescando las calles, en esta ocasión Virgen del Valle, y la gitana de antes está delante de un bar de Asunción levantándose el faldón y enseñándoles las varices a unas mujeres que solo pretendían tomarse una cervecita tranquilas: «¡Mira cómo voy! ¡Mira cómo voy! ¿Tan mala persona soy yo, Dios mío? Hermanita, te lo pido. Darme argo p’al pescaíto». Las simpáticas farmacéuticas de Padre Damián cuentan que, llegada la Feria, el mundo del medicamento también experimenta un curioso revuelo en el barrio. Lo singular no es que se venda más (obviamente, como en todos los demás establecimientos de la zona: hay más gente, luego hay mayor negocio), sino qué se vende: «Sobre todo, tiritas para las rozaduras, vitamina B para las resacas y ampollas para estirarse la cara». Cualquiera diría que es la farmacia de la calle Génova. Pero volviendo a lo anterior: uno comprende que pongan farolillos en los bares, pero… ¿también en una tienda de tinta para impresoras? ¿Será para imprimir carácter? Foto: José Luis Montero Foto: José Luis Montero Por delante del local en cuestión pasa un tipo en evidente estado de entusiasmo. El frikismo, el chillido y la impertinencia empiezan a decorar el hasta ese instante apacible ambiente del barrio con una naturalidad rayana en el desparpajo. Lo cual no es ni mucho menos lo peor: las normas de la civilización han quedado abolidas y las aceras son ahora pistas de aterrizaje de repartidores en furgoneta. Que se chinche la gente, es la Feria. Quien quiera pasear, que se vaya al parque. Al de los Príncipes no, que cierra toda la semana. Al otro. Caperuzas negras cubren las señales de tráfico secuestradas a la normalidad y sustituidas por otras. En la chocolatería de enfrente de la Feria, el chocolate y el café salen por 2,50 y los churros por 3 euros. En la esquina de Virgen de la Oliva, la que da a la Feria y a los cacharritos, la tienda de informática advierte que es un establecimiento protegido con barras antiempotramiento. Avisados quedan los coches de caballos. Gente con cajas de gambas cruzan corriendo la avenida camino del albero, mientras la tele del autobús recomienda comer alcachofas, que son buenísimas, depuran el hígado y tienen mucho ácido fólico. El Burger King de Asunción extiende sus mesas tan prietas unas contra otras que los últimos que caben ahí son los comedores habituales de hamburguesas. En la esquina, unos limpiadores están quitando de las cristaleras las pintadas que han debido de dejar por la noche por toda la fachada del Banco Santander: Usureros, ladrones, estafa, pero la gente, indiferente, no para de hacer cola en el cajero para sacar dinero, y muchachas vestidas cual botellas de vino fino caminan hacia la portada para ganarse la vida. Es lunes de Feria y esto es lo que nos alumbra. Al menos, algunos habrán comido pescaíto.

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