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Norberto Almandoz, el cura vasco que fundó el Conservatorio Superior

Olimpia García rastrea en un libro la figura de un compositor que amó Sevilla y que yace en el olvido.

el 27 ene 2015 / 16:00 h.

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La musicóloga Olimpia García, autora del estudio sobre este compositor olvidado. / José Luis Montero La musicóloga Olimpia García, autora del estudio sobre este compositor olvidado. / José Luis Montero

Este es el relato de otro pedacito de nuestra historia enterrada. Enterrada por nosotros mismos, queremos decir. Y que ahora, por fortuna, alguien busca restaurar. Para ser exactos, así lo pretende la musicóloga Olimpia García, que acaba de publicar el libro Norberto Almandoz (1893-1970). De norte a sur. Historia de un músico en Sevilla (Libargo editorial). ¿Almandoz? «Sí, Almandoz, una figura absolutamente fundamental», afirma rotunda de entrada su flamante redescubridora.

No ha habido que ir lejos para desempolvar su memoria, ni se han tenido que desentrañar complejos manuscritos. Almandoz estaba ahí, como esperando a que alguien se acordara de él, «del sacerdote, organista y compositor que en 1922 se convirtió en maestro de capilla de la Catedral de Sevilla y que, junto con Ernesto Halffter y otros compositores de su época, fundó el Conservatorio Superior de la ciudad», explica García. Antes, había dado clases en la Sociedad Económica Amigos del País, antecedente del centro público de enseñanza musical. Amigo personal de Manuel de Falla –«con quien mantuvo una bella correspondencia y con el que creó la Orquesta Bética»–, autor de una Retreta alegórica para la Feria de Sevilla, crítico musical del diario Abc en Sevilla durante más de 30 años y maestro de Manuel Castillo. «Y sin embargo, desconocido, olvidado». «Su legado se conserva en el Archivo de Compositores Vascos, en Rentería, allí se le ha revalorizado, aquí no», asegura la historiadora. Es quizás el injusto pago por la maldición de no haber sido un artista natural de la tierra, por mucho que la teoría filosófica dicte que uno es de donde se hace, no de donde nace.

Olimpia García recuerda que Almandoz está enterrado en el cementerio de San Fernando, en el panteón dedicado a las personalidades ilustres de la Catedral de Sevilla. «Pero más allá de su lápida, no encontraremos ninguna otra huella en toda la ciudad», indica. «Se planteó poner al Conservatorio Superior su nombre, como fundador y director del mismo que fue (entre los años 1939 y 1964), pero se optó por el de Castillo, que sí era sevillano, y nada más, ni una placa, ni una plaza... sólo en Dos Hermanas hay una minúscula calle con su nombre», asegura. Mientras, en su pueblo natal, Astigarraga, hay una escuela de música con su denominación, por cierto, una de las más importantes de todo el País Vasco.

En medio de este panorama, el libro de Olimpia García emerge como un acto de histórica justicia con Norberto Almandoz, «quien siempre se sintió sevillano, quien aun estando enfermo decía a sus familiares que él no se iría, que estaba en su casa, sólo iba a su pueblo originario a pasar los veranos». Con su biografía reluciente en nuestras manos, queda aun en la sombra su música, una obra muy de su tiempo, «con influencias de Ravel y de Debussy, trabajaba la tonalidad expandida, pero también tiene obras profanas de estética romántica». Con todo, el 85% de su producción lo ocupó la música religiosa (como la pieza Christus Vincit, para coro y orquesta, encargada por el cardenal Bueno Monreal). En total, su corpus comprende más de 300 obras de «notable calidad». Innumerables piezas para la liturgia (salmos, motetes, himnos...), obras de cámara (como su Pequeña elegía, para violonchelo y piano, la única composición que ha conocido un cierto predicamento) y canciones en castellano, vasco, gallego e italiano. «Fue un hombre de una vasta cultura, muy afín a la música francesa, ya que la única vez que abandonó temporalmente Sevilla fue cuando en 1920 obtuvo una beca de la Diputación de Guipúzcoa para ampliar estudios en París, con Eugène Cools y Gabriel Pierné», recuerda García.

Por el momento, en lo que respecta a su música, ninguna institución en Sevilla ha mostrado interés por recuperarla, por tocarla, por reivindicar a un artista tan nuestro como quiso ser el propio Norberto Almandoz. Por eso la novedad editorial de Libargo resulta tan importante. «Mi dedicación a su legado no termina aquí, es una personalidad que me tiene fascinada, sus críticas, por ejemplo, testimonian décadas de bonanza musical en Sevilla», sigue contando Olimpia García.

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