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Noticia sevillana de Abraham Lacalle

El número del lunes de este periódico no tiene desperdicio, culturalmente hablando. Por una parte se lamenta que no esté constituida la Comisión Local del Patrimonio, prometida por el alcalde Monteseirín, lo que está dando lugar a que la ciudad se llene de adefesios en forma de estatuas...

el 14 sep 2009 / 23:03 h.

El número del lunes de este periódico no tiene desperdicio, culturalmente hablando. Por una parte se lamenta que no esté constituida la Comisión Local del Patrimonio, prometida por el alcalde Monteseirín, lo que está dando lugar a que la ciudad se llene de adefesios en forma de estatuas, y por otra me salta a la vista el nombre de uno de los mejores pintores de nuestro tiempo, Abraham Lacalle, del que Sema D´Acosta, el autor del comentrario, se siente rendido admirador. Yo también. En el inmenso atrio del edificio de Telemadrid quedó colgada una pintura, sencillamente sensacional, de este turbador artista que se codea en Madrid o en Nueva York con lo más cotizado de la Marlborough. Ardo en deseos de pasarme por la tienda sevillana de Rico Sardelli para contemplar la gran acuarela de Lacalle de la que el crítico da noticia, y con mención especial.

La obra de este soberbio artista constituyó para mí una grata sorpresa. Pocas veces había sentido tan intensamente ante el arte contemporáneo la emoción de la armonía, el equilibrio de los colores y la administración de los espacios con que Abraham Lacalle resuelve de manera genial la papeleta que tiene delante, sacrificando todo lo accesorio a la búsqueda de la pintura, sólo de la pintura, desnuda de cualquier adjetivación. La corriente de comunicación que establece con el espectador deriva en una agitación instintiva que no llega a despejar ninguna duda. La duda es el gran argumento intelectual del universo pictórico de Abraham Lacalle. Su última exposición en Madrid vino a demostrarlo, al tiempo que ponía definidamente en valor una obra que ha de perdurar en el tiempo.

Nada que ver con la ramplonería de seudo arte escultórico que como una plaga invade las calles de Sevilla. Es un virus que suele inocular a las corporaciones locales, como ocurrió en el Madrid de Álvarez del Manzano cuando aquel espanto de La Violetera fue colocado en la confluencia de Gran Vía y Alcalá. Pero tampoco es de extrañar que en una ciudad donde se descalifica con términos tan gruesos a Miquel Barceló gane terreno esa sublimación del mal gusto que es la monumentalitis folclórica que amenaza con llegar a las puertas de la catedral. Me parece de perlas que Bernardo Bueno haya puesto pies en pared y que trate de combatir la pandemia con el único antídoto conocido: la intangible belleza del espacio sin estatua. Acaso sea complicado explicarlo, pero hay que empezar por la pedagogía.

En la España del tomate y pandereta existe el riesgo del miedo a la creación y a la innovación. Los refritos dieciochescos que se perpetran contra el paisaje urbano pueden ser reflejo de gustos escasamente educados, pero es obligación de los poderes públicos contribuir a la formación popular promoviendo obras no simplemente clónicas del pasado. Así se entendía tradicionalmente en Sevilla, incluso en tiempos de tribulación, y por eso Venancio Blanco pudo colocar en el Altozano (1972) su inconmensurable "pasmo" de Triana.

Francisco Giménez-Alemán es periodista

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