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'Nunca pensé que la vería en la calle'

"No es pasión de padre, pero cualquiera diría que es una dolorosa clásica del XVIII hecha en el XX". A sus 51 años, Francisco Berlanga presume orgulloso de la que fue su "primera obra de nueva creación para Sevilla y a tamaño natural". Un cuarto de siglo después de darle vida a sus facciones, la verá procesionar por la Campana.

el 16 sep 2009 / 00:03 h.

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"No es pasión de padre, pero cualquiera diría que es una dolorosa clásica del XVIII hecha en el XX". A sus 51 años, Francisco Berlanga presume orgulloso de la que fue su "primera obra de nueva creación para Sevilla y a tamaño natural". Un cuarto de siglo después de darle vida a sus facciones, la verá procesionar por la Campana.

Han transcurrido 25 años, pero "parece que fue ayer" cuando aquel grupo de chavales, acompañado de sus respectivas novias, se acercó hasta su recién adquirido taller de la Casa de los Artistas para proponerle la realización de una imagen de virgen dolorosa.

Berlanga contaba por entonces con 26 años y acababa de fallecer su maestro, Francisco Buiza. "Al lado de él cualquiera se sentía un mero aprendiz. Manejaba el oficio como nadie. Miraba la madera y la doblegaba", evoca destilando en sus palabras una eterna admiración por la figura de su maestro.

La sola entrega a cuenta de un billete de 1.000 pesetas y un apretón de manos bastaron, después de varias reuniones, para sellar el encargo de la dolorosa, del que no ha quedado constancia escrita de un contrato. Tampoco existió un modelo en barro de la imagen. "Al morir Buiza y quedarme sin encargos, inicié la talla en directo de una dolorosa. Se las mostré a los encargantes y les impactó". Y fue así, recién ascendido a la categoría de maestro, como Francisco Berlanga comenzó a representar a la Virgen María, "sevillana, guapa y morena", en su advocación del Carmen.

Su hechura se tasó en 300.000 pesetas, "un precio de mercado para entonces", apunta el escultor, pero la "casi nula solvencia económica de los encargantes" obligó a Berlanga a conceder grandes facilidades en el resto de los pagos.

Una vez que el escultor completó la obra, el entonces delegado diocesano de arte sacro, Amado Menudo Sibianes, visitó su taller para inspeccionar la imagen, un examen riguroso sin cuya aprobación la talla no podía ser retirada siquiera del taller. Para la ocasión, recuerda Berlanga, se vistió a la dolorosa con un "precioso terno celeste que prestó la hermandad de las Cigarreras".

Por fin, después de muchos esfuerzos, superada la inspección de Palacio, la Virgen era bendecida el día de su onomástica del año 1984 en la iglesia de la Mis ericordia.

Confesiones. Un cuarto de siglo después, afincado ahora en Bormujos, a Berlanga no le quita el sueño eso de que su nombre entre desde este año a formar parte del elenco de imagineros que han forjado la historia material de la Semana Santa dando vida a sus imágenes procesionales. "Es una cosa que no me interesa. Mi maestro decía que en la Campana había un determinado sector de abonados, en su mayoría artistas, al que él denominaba el callejón de los cuchillos por su gusto por el colmillito retorcido. Me satisface más saber que la Virgen del Carmen pasaría por aquel callejón sin el más mínimo rocetón", apunta e discípulo de Buiza.

Al cabo de los años, Berlanga -conocido hasta ahora en Sevilla más por sus restauraciones, como la de la Virgen de las Aguas del Museo o la de las figuras secundarias del misterio de San Benito- ha confesado más de una vez que se moriría sin ver a su primera dolorosa bajo palio. "Nunca pensé que llegaría el momento de verla en la calle, en Sevilla y, sobre todo, un Miércoles Santo". "Para mí es una de las grandes imágenes desconocidas de Sevilla", dice sobre su obra, y augura que "después de su primera salida, el público de Sevilla sabrá auparla al lugar que se merece".

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