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'O Fabuloso' ya está feliz

Luis Fabiano tiene una curiosa forma de andar. Es algo descoordinada, un tanto peculiar, pero inconfundible, especial. Y su forma de andar dice mucho de su carácter. Cuando Luis Fabiano está triste su balanceo se acentúa...

el 16 sep 2009 / 05:15 h.

Luis Fabiano tiene una curiosa forma de andar. Es algo descoordinada, un tanto peculiar, pero inconfundible, especial. Y su forma de andar dice mucho de su carácter. Cuando Luis Fabiano está triste su balanceo se acentúa, su cabeza apunta al suelo y su mirada es esquiva. Pero cuando Luis Fabiano está feliz su espalda toma firmeza, su rostro desafía frente por frente y su sonrisa acompaña a cualquier movimiento.

Luis Fabiano hace tiempo que no camina cabizbajo, ni por Sevilla ni por Brasil ni por Sudáfrica, donde hace apenas una semana se ha proclamado campeón de la Copa Confederaciones con Brasil con el honor además de ser el máximo goleador del torneo. El brasileño vive un momento dulce, uno de los mejores de su carrera a nivel internacional, y eso que con el Sevilla no ha sido su mejor temporada. Pero la canarinha luce mucho, y su papel en la seleçao lo ha catapultado de nuevo al estrellato. Un estrellato que siempre ha buscado pero que a la vez le ha resultado esquivo y no por falta de calidad, ni mucho menos.

Desde sus inicios en el Guaraní Futebol Clube, donde dio sus primeras patadas a un balón para buscar, como muchos jóvenes en Brasil, una salida a su precaria vida y a la de su familia, dejó claras su capacidad y su calidad para esto del balompié. Sus cualidades como goleador eran y son espectaculares. Tanto que el Sao Paulo, cuando con 18 años ya actuaba en un equipo de rango algo superior, el Ponte Preta, se fijó en él. La primera tentativa, como todo en Luis Fabiano, no resultó demasiado positiva. Tampoco su primera oportunidad europea. Con 20 años el Rennes francés lo sacó de Brasil para llevarlo al Championat, pero la experiencia fue nefasta: siete partidos, cero goles. Luis Fabiano estaba triste.

Pero las cosas empezaron a cambiar a su vuelta a su país y al Sao Paulo. Con tranquilidad y paciencia Luis Fabiano comenzó a convertirse en O Fabuloso, apodo que le pusieron con acierto los paulistas y que se ganó el jugador con sus 56 goles en tres campañas. Fue por entonces, con 24 años, cuando debutó con la selección nacional conquistando además una Copa América en 2004, ante Argentina. No había duda, Luis Fabiano estaba feliz.

Y llegó la segunda oportunidad en Europa. Barcelona, Sevilla, Milan y otros muchos clubes se pelearon por él, pero acabó en el Oporto. Ya consolidado, parecía que el salto definitivo estaba dado. Calidad no le faltaba, capacidad, tampoco. Lo que le faltó a Luis Fabiano fue la alegría. El año en Portugal fue nefasto, tanto en lo deportivo como en lo personal. Sus apenas tres goles dejaban constancia de que el secuestro de su madre en Brasil le pasaba factura psicológica, lógicamente. Estaba triste.

No rindió y habría vuelto a Sudamérica si no llega a ser por el Sevilla, que lo rescató para el fútbol por 3,5 millones de euros. El acierto fue pleno, pese a que en su primer año O Fabuloso apenas rindió hasta que su cabeza se irguió en Eindhoven para, de un impresionante testarazo, abrir el camino del Sevilla a su primer título europeo. A partir de entonces todo fue felicidad, para Luis Fabiano y para el club nervionense. La lluvia de títulos fue acompañada de su mejoría, hasta alcanzar la marca de 24 goles en la Liga 2007/08, y de su vuelta a la selección de Brasil.

Pero entre tanta felicidad siempre amagaba Luis Fabiano con agachar la cabeza, y alguna vez con razón. Su carácter guadianesco también se vio afectado hace tres temporadas cuando se lió en el campo a puñetazos con el zaragocista Diogo, con su consiguiente sanción, o cuando hace dos años unos ladrones apuntaron con una pistola a su mujer y a su hija mientras robaban su casa en su ausencia. Entonces meditó irse del Sevilla y de Sevilla, pero finalmente prefirió seguir en el único sitio donde de verdad ha alcanzado el estrellato. Un estrellato que ahora, además, lo puede catapultar a uno de los mejores equipos del mundo, el Milan, que tras su gran papel en Sudáfrica intenta incorporarlo a sus filas, y al Mundial de 2010, su gran objetivo. No queda duda. Luis Fabiano está ahora feliz. Se lo ha ganado.

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