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Obama, a las doce menos cinco

Con un cierto regusto kennedyano, Barack Hussein Obama juró ayer solemnemente como 44 presidente de los Estados Unidos de América y pronunció un discurso que, lejos de ser brillante, contenía los elementos suficientes para comprender que llega un nuevo estilo a la Casa Blanca.

el 15 sep 2009 / 21:29 h.

Con un cierto regusto kennedyano, Barack Hussein Obama juró ayer solemnemente como 44 presidente de los Estados Unidos de América y pronunció un discurso que, lejos de ser brillante, contenía los elementos suficientes para comprender que llega un nuevo estilo a la Casa Blanca. "El mundo ha cambiado y debemos cambiar con él", dijo el nuevo presidente, y añadió que por mucho que pueda hacer el Gobierno será el pueblo quien pueda hacer realidad el cambio. A muchos nos recordó aquello de "no preguntéis qué puede hacer América por vosotros; preguntaros qué podéis hacer vosotros por América".

Ni el ceremonial cinematográfico ni las escenas de complacencia entre las familias Bush y Obama podían ocultar la realidad del cambio profundo que se estaba operando en Washington en el transcurso de un acto en el que se despedía uno de los mandatarios más impopulares de la historia de los Estados Unidos y era aclamado por millones de personas un afroamericano en el cumbre de su fama política y después de haber generado expectativas como es difícil de recordar en esa o en otras naciones de no remontarnos a tiempos pretéritos que nuestra generación no recuerda.

Obama representa la esperanza en una nueva sociedad. Representa la promesa de intentar reconducir la situación compleja en que queda EEUU y el mundo en general después de las dos legislaturas de Bush, a quien han terminado por no respetar ni en su propio partido. Pero es tal el grado de exigencia que él mismo se ha ido poniendo como tarea a lo largo de la campaña electoral que será difícil que en el corto tiempo pueda atender a frentes tan diversos como el de la crisis financiera global, la presencia de tropas americanas en distintos países asiáticos y, sobre todo, el recrudecido problema de Oriente Medio, milagrosamente -¡qué casualidad!- apaciguado cinco minutos antes de de la doce del mediodía, justo la hora de su toma de posesión.

Mientras escuchaba ayer tarde el discurso de Obama, no pude evitar, como andaluz y español, pensar si el nuevo césar tendrá algo previsto para las bases de Rota y de Morón, y si decidirá que se lleven a cabo las iniciativas planteadas por su antecesor al Gobierno de España, bajo cuya soberanía están ambas instalaciones militares de utilización conjunta. Porque esto sí que nos importa y nos afecta muy directamente. Como nos interesa conocer lo antes posible si la relaciones de la Moncloa con la Casa Blanca van a mejorar con el relevo del inquilino.

Pero aparte de esas cuitas localistas, es un hecho innegable que el mundo vivió ayer una jornada de júbilo y esperanza basada en la personalidad de un hombre "humilde, agradecido y atento", como se definió a sí mismo, que tuvo la sensibilidad de citar a Walt Whitman y que resumió los enormes cambios de la sociedad americana en el hecho de que hace solo 60 años su padre no podía entrar en un restaurante de Nueva York. Con Barack Hussein Obama estamos a doce menos cinco del gran cambio que necesita la sociedad internacional.

Periodista

gimenezaleman@gmail.com

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