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Obama no puede hacer milagros

La verdad es que, después de tantos años viviendo los vaivenes políticos, en algunos momentos como participante activo y en otros como narrador, le quedan ya a uno pocos huecos para el entusiasmo, no ya partidista, sino simplemente como observador.

el 15 sep 2009 / 18:02 h.

La verdad es que, después de tantos años viviendo los vaivenes políticos, en algunos momentos como participante activo y en otros como narrador, le quedan ya a uno pocos huecos para el entusiasmo, no ya partidista, sino simplemente como observador. Y viene esto a cuento por el resultado de las elecciones americanas del pasado martes, que ha desatado esa oleada de obamanía que, si ya era apreciable en ciertos sectores durante la campaña electoral, ahora se ha convertido en un auténtico ciclón que derriba hasta los muros de la memoria más cercana. Y digo esto por la sorpresa que han causado algunas manifestaciones obamanísticas de personas que hace menos de una semana apostaban públicamente por McCain. Así como suena.

Todos sabemos lo que es el fervor del converso, sobre todo cuando la fe le ha venido después de conocer los resultados, pero nunca es tarde si la causa es buena, aunque haya casos en que sería recomendable una cierta moderación en el aplauso, sobre todo porque el personal tiene memoria y los periódicos archivos. Bueno, pues quiénes desde el principio, es decir ya desde las primarias del partido demócrata americano, declaramos públicamente nuestra preferencia por Obama, estamos ahora legitimados - y si no, da igual - a mostrar nuestras prevenciones respecto a esa ola de obamanía entusiasta que recorre el mundo.

Por supuesto que nos alegramos de que haya ganado Obama, pero uno se resiste a dejarse llevar por esa especie de frenesí político que viene a presentar su victoria electoral y su próximo mandato, como si, de golpe se hubiesen abierto las puertas del paraíso. Porque no es así. Cierto es que Obama era el mejor de los candidatos, tanto demócratas como republicanos, con un discurso vigoroso que contenía importantes elementos de regeneración, y con una gran capacidad personal para hacerlo creíble. También es verdad que su experiencia personal y trayectoria vital, fuera de los clásicos moldes de los políticos estadounidenses, e incluso el color de su piel, demuestran que su victoria ha roto moldes en el conservadurismo norteamericano. Y también, que si atendemos a lo que ha dicho en campaña, su forma de gobernar no estará contaminada por la tozuda y simplista prepotencia, con la que Bush ha tratado al resto del mundo. La victoria de Obama ha sido el triunfo de la ilusión sobre el recelo.

Pero Barack Obama no va a arreglar, porque no puede, los problemas del mundo, y es incluso más que probable que su mandato no suponga un gran cambio en la política exterior de los EEUU, que es lo que más nos afecta a quienes no somos estadounidenses. Seguro que será más dialogante y más flexible que Bush, lo cual no es difícil, pero no nos olvidemos que la gran potencia mundial tiene unos condicionantes internos que ni siquiera un presidente como Obama puede romper, porque él también es norteamericano y, ahora, es el primero.

Obama, si es una esperanza y representa la posibilidad fiable de que las cosas puedan cambiar en EEUU y en el mundo pero, estamos seguros de que Obama no puede hacer milagros.

Periodista

juan.ojeda@hotmail.es

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