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Obama y la reina de Inglaterra

En su novela "Una lectora nada común", Alan Bennett ironiza con la grave crisis institucional que sobreviene al Reino Unido cuando a la reina Isabel II le da por leer libros. Una perniciosa afición que amenaza lo que era un mundo ordenado, regido por un código inalterable de apariencias y normas no escritas.

el 15 sep 2009 / 06:13 h.

En su novela "Una lectora nada común", Alan Bennett ironiza con la grave crisis institucional que sobreviene al Reino Unido cuando a la reina Isabel II le da por leer libros. Una perniciosa afición que amenaza lo que era un mundo ordenado, regido por un código inalterable de apariencias y normas no escritas. La reina empieza a manifestar ideas propias y, lo que es más preocupante, parece interesarle lo que piensan los demás. Nunca obtiene respuestas sinceras, a lo sumo, un leve y cortés encogimiento de hombros, miradas apuradas entre unos súbditos dominados por la incomprensión y la ignorancia, provocándole una enorme sensación de soledad. Un relato de ficción que no dejaba de rondarme, después de leer el artículo del pasado lunes de Antonio Yélamo en El País de Andalucía. Con el título de Obama, ese magnífico, honesto y comprometido periodista, describía la tranquilidad de los procesos congresuales provinciales del PSOE de Andalucía, las borrascas que sobrevuelan cuando alguien osa hablar de sucesión y su calificación de "mercancía averiada" de aquellos viejos conocidos que manipulan una posible cercanía con Zapatero o con la imagen de Obama para ganar ventaja. Un artículo que ha conseguido estimularme, más allá de los escenarios que mi amigo Antonio insinúa y que yo domino escasamente desde la distancia.

Una ignorancia de las claves de esas disputas que no evitan cierta sensación de desasosiego, por el riesgo de pensar en términos de una lógica del consenso erigida a costa de la cultura política que considera natural el debate. Presumo, a priori, una mayor virtud en identificarse con Obama o Zapatero, que la naturaleza de otras posibles opciones cuyas afinidades no se explicitan. No sobra recordar, por razones pedagógicas, que tanto Felipe González como Zapatero han liderado parte de la mejor Historia del socialismo español, gracias a su alternativa a los discursos de los aparatos orgánicos de sus respectivas épocas. Entiendo que el problema no reside en la utilidad del consenso, cuyas virtudes democráticas nadie cuestiona, sino en averiguar la bondad o amenazas que se agazapan en el mismo, cuando se renuncia al análisis responsable de situaciones, dinámicas, ideas, alternativas y expectativas. Es como tener que elegir entre la seguridad de la mecánica frente a los riesgos de la termodinámica.

Podemos hablar de los riesgos del consenso inalterable e impasible, el síndrome de la reina de Bennett. La soledad que provoca la información, la inseguridad de los súbditos, la importancia de lo insustancial en escenarios artificiales, la negación de la realidad en beneficio de la inercia y la lógica de los poderes habitualmente opacos. El ejercicio del poder político no debe ser ajeno a la realidad de las cosas. No puede verse dominado por una dinámica de aislamiento, justificada por la virtud del silencio. La finalidad de la política, como decía Giacometti del arte, no es reproducir la realidad, sino crear una realidad de la misma intensidad.

Abogado

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