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Obsolescencia desprogramada

Monasterio de la Cartuja. 10 de septiembre de 2012. Coreografía y baile: Ana Morales. Coreografía seguiriya: Pedro Córdoba. Cante: Londro, Emilio Florido. Guitarra: Jesús Guerrero. Percusión: Jorge Pérez. Producción: Pepa Caballero. Entrada: Más de media entrada. Calificación: **

el 10 sep 2012 / 22:37 h.

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Miren que me gusta Ana Morales. Me encandila su estampa como fugada de un grabado antiguo, combinada con unas extremidades recias, fibrosas. Me gusta lo que dibujan sus manos, y me gusta la milimétrica seguridad de sus pies. Me asombran sus movimientos aéreos, como de una gravedad distinta a la terrestre, y que nada tiene que ver con los saltos acrobáticos de otras bailaoras. Me gusta todo eso y, sin embargo, ayer salí contrariado del Monasterio, porque no pude ver esas cosas, no del todo.


La culpa podría tenerla el hecho de que no soy tan alto como Antonio Ortega y las cabezas de delante me obstruían la visión, pero tampoco. Como muchos otros espectadores -se palpaba en el ambiente antes del comienzo-, tenía ganas de ver cuál era el paso siguiente a De sandalia a tacón, el estupendo debut en solitario de la barcelonesa, y como muchos quedé un poco desconcertado por lo excesivo de la nueva propuesta.      


Excesivo fue el volumen del cante y los músicos, que no dejaban percibir bien los zapateados de Morales. Excesivo el montaje audiovisual -con proyecciones muy hermosas, eso sí, de unas aguadas que iban creándose sobre la marcha- y también la iluminación, que por un instante cobró frenesí de discoteca. Alabando la voluntad de sorprender, y hasta de impactar al respetable, lo que lamento es que el baile, que es lo que Ana Morales sabe hacer muy bien, quedara relegado a un segundo plano. Lo mismo puede decirse del vestuario, llamativo por estar hecho de elementos de reciclaje, desde papel o plástico a metal, lo que da al montaje un título no demasiado original.   


Confieso que me gustó el juego de los clavos de fondo del martinete que derivó en un estimulante pandemonio, pero no entendí el striptease a contraluz final. En la guitarra la rondeña y en las voces las alegrías de Cádiz a capella me levantaron de la silla, pero aparte tampoco fue fácil oír  cantes que empezaran, tomaran vuelo y concluyeran naturalmente.  

Una cosa sí hay que reconocerle a Ana Morales: es valiente, es fresca y, como demostró con su primera obra, gusta de buscar en las raíces para proyectar desde ahí el flamenco del futuro. Prefiere equivocarse por sí misma a vivir en un arte petrificado. Sólo por eso vale la pena seguir apostando por ella.     

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