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Oh là là... de calor

El Correo se plantó ayer a mediodía en la Puerta de Jerez para recibir a porta gayola a la ola de calor. Peores miuras se han lidiado.

el 26 ago 2010 / 20:36 h.

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"¿Que si me gusta leer? ¡Más que comer! Mi padre me decía: Juanillo, ¿te has leído ya el texto de Chateaubriand? Y yo: ¡Que sí, papá!", recuerda el anciano, mientras rebusca en sus plásticos y pone en orden su muda limpia en el único banco de la Puerta de Jerez donde ha podido encontrar compañía. "¡Que le den a Chateaubriand, ja, ja!" Había llegado despacito y mirando de reojo para no alarmar al inquilino de la libreta; sorteó al grupito de patilargas francesas que correteaban en torno a la fuentecilla de beber (sólo diferente de un monolito a los caídos en el charquito de abajo), recogió las propinas de brisa que subían escasas desde el Cristina y, tomando asiento, comenzó a soltar sustantivos y adverbios muy cadenciosamente y por lo bajini, como para sí mismo, con el enarcamiento de cejas de quien quiere aparentar que se ha dejado el grifo abierto de las palabras no porque quiera conversación, sino por simple descuido. Empieza a hacer calor en esa explanada disimulada con hormigón y palmeras, aunque nada nuevo. La sensación aumenta con los silbidos en do de pecho y las voces que se dan los repartidores y los taxistas, pero aun así la sensación es agradable. No hay nadie, claro, porque a la gente se la ha asustado con la ola de calor, la alerta lila y todo eso, así que ha cometido el error de quedarse en casa en vez de aprovechar la mañana preciosa para ir al museo, pasear por Santa Cruz o sentarse en un banco a hablar con este Juanillo que, según cuenta, nació el 17 de agosto de 1940. Cuando su interlocutor le hace un apunte cortés con la obviedad de que entonces cumplió setenta años hace una semana, el impecable señor de ralas barbas blancas abre los ojos como una ardilla, rebrinca brevemente sobre sí mismo como un soldado herido llamado de nuevo al combate y, con voz de tenor ya bien alta, exclama orgulloso: "¡Setenta años! ¡Ole mis narices!" Tal vez la palabra fuese otra.

Los bancos son demasiado altos en la Puerta de Jerez. Una señora mayor hace un pequeño alto en uno de ellos, ve que le cuelgan las piernas y se marcha. Son, sin embargo, ideales para las turistas ésas que acuden al bucarito de los caídos a rellenar sus botellitas y a decirse cosas las unas a las otras con muchos oh là là, muchos grititos de Comme il fait chaud! y muchos labios así puestecitos, como las ranas de cerámica del Parque. ¿Habrán leído a su paisano Chateaubriand? "Mi padre era muy culto. Y muy de izquierdas, eso sí", matiza el señor espigado, tras pedir opinión sobre la idoneidad de cierta camisa que compró una semana atrás y que, también extraída de su bolsa, palpa en busca de la calidad del tejido. El hombre lleva unos zapatos negros impecables. "Se los he comprado a una china y son comodísimos", dice, untando el superlativo sobre la frase como si la palabra fuese un bálsamo y la frase fuesen sus pies. "Los anteriores me tenían destrozado con tantas... ¿cuál sería la palabra precisa? Callosidades, esto es. Sobre todo de caminar sobre los adoquines chiquititos, ¿sabe cuáles le digo?"

El ambiente huele a neumonía porque acaban de cortar el césped que rodea a la nereida. No todo el mundo descubre que el bucarito tiene un resorte detrás, con lo que algunos llegan, hacen la genuflexión en vano y se marchan disimuladamente. Pasan policías a caballo, trastabillea consigo misma una paloma rumbo al charquito y de la misma forma camina un señor mayor con sombrero y pantalón gris de talle alto fruncido por la correa a la altura de la segunda vértebra lumbar, como es típico de ver por Sevilla. Los cascos de los caballos suenan como si estuviesen pisando chicle. Bebe de la fuente un señor con dos botes de aceitunas y luego lo imitan dos ciclistas (lo de beber, no lo de las aceitunas) y un batallón de forasteros guiados por la banderita de Oceanía Cruises.

"Pues sí que puede que sea bonita la camisa, sí", se concede a sí mismo, finalmente. Toma la tela, se la lleva a la boca como para aspirar su aroma y grita (bajito, como una travesura de niño de setenta años) "¡Viva el Betis, je, je!" Lo hará alguna vez más para asustar al turismo, que es lo que pega en esta situación para cualquier mente suficientemente ordenada. "Mi tío Manuel me llevaba al fútbol. Y no comía. Si perdía el Betis, no comía." Qué buen régimen ése. Juanillo está un poco sordo, pero no le estorba para hablar. En la despedida, su interlocutor le ruega que tenga la amabilidad de aceptarle una cervecita con la que brindar a su salud, despachándole un billete. La respuesta es un abrazo. "¡Es usted un caballero! ¡Dios quiera que todo lo que haga usted hoy le salga de maravilla! ¡Salud y libertad!" Sabe Dios. Pero el caso es que ayer, durante una hora, hubo dos personas en plena Puerta de Jerez que no se acordaron del calor, haciendo buenas o malas, no se sabe, las palabras del francés: Una multitud es como un vasto desierto de hombres. Lo dicho, Chateaubriand.

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