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Omnium Jartibilis

¿Qué diferencia hay entre una puesta de sol y un cristo? ¿Qué hace Umbral en un óleo de una iglesia? Es más, ¿qué es la vida eterna?

el 20 feb 2015 / 11:45 h.

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Un azulejo sin ranura invita a los fieles de Omnium Sanctorum a dar dinero en su imaginación. / C.R. Un azulejo sin ranura invita a los fieles de Omnium Sanctorum a dar dinero en su imaginación. / C.R. Sobre la puerta, por dentro, un descomunal pendón reproduce la misma imagen que preside la escueta vidriera de enfrente, sobre el altar: el Cordero místico. Bien, pero, ¿cuál es la madre del cordero? No, no es la que están pensado. La madre del cordero, en Sevilla, tan pronto prende la Cuaresma, es la necesidad imperiosa de una buena porción del vecindario de esnifar sevillanía primaveral. Ayer, en Omnium Sanctorum, lo llamativo no era que a uno lo recibiera tras el portón un velo de incienso rozándole la cara y una crema sonora con extra de gregoriano resbalándole por los oídos, no. Ayer, lo que ponía la noticia en el antiquísimo templo de la calle Feria nada más pasar adentro era una parejita preciosa cogida de la mano y mirando hacia el altar principal, con el Cristo de los Javieres allí mandando entre cirios altísimos, como si estuviesen contemplando una puesta de sol en la playa. Lo que estremece el alma no está fuera de los ojos, y un altar de quinario puede valer tanto, si se entornan los ojos debidamente, como un crepúsculo mirado desde la Barrosa. Hay muchos cuadros, como uno que parece Francisco Umbral en bata (cosa curiosa, porque muy piadoso no solía ser el escritor en vida), pero si algo abunda son los carteles. Los hay de todo. Hay mensajes pidiendo que se apague el móvil, que se guarde silencio porque aquello es un espacio para el recogimiento, que no se pisen los reclinatorios (en cada banco hay uno), que las velas de promesa cuestan veinte céntimos, unos paneles didácticos sobre la Biblia y el Nuevo Testamento, un affiche precioso que detalla cómo se reza el Rosario, un montón de portadas de prensa enmarcadas... Tanto hay escrito por todas partes que, hartos ya de palabras, o como si se les hubieran acabado los recursos del lenguaje, sobre las tinajas que hay distribuidas al pie de cada uno de los pilares de ladrillo encalados que sujetan la techumbre, no hay un cartelito que diga paragüero, sino el dibujito de un paraguas. Eso sí, por mucho derroche de cartulina y de colorines que haya por esas paredes de Dios, nunca mejor dicho, el papel que más emociona de entre todos ellos es el que está clavado en el centro de un puerta viejísima de madera de caoba. Es un papelito que diríase que nació ya viejo en la papelería, está modestísimamente enmarcado y por único texto tiene el Credo. Una oración que acaba diciendo: Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén. Creo en la vida eterna:qué frase tan tremenda, qué cosa tan importante, la vida eterna. Los Queen tenían una canción que era Quién quiere vivir para siempre, pero eso era porque los de Freddie Mercury no tenían a mano una calle Feria que oliese a incienso de Fiances, ni un cura que colgase el Credo de una puerta, ni una pareja preciosa cogiéndose las manos delante del Cristo de las Almas, cuando las almas son las suyas. En el mundo del rock, morir es entrar en la leyenda y se acabó. Por eso las bandas de música no llevan guitarra eléctrica (todavía no está claro si vale el xilofono). Entran más jóvenes, turistas y una señora que se sienta a meditar, quieta como un fantasma. Delante, bajo el altar, un señor con un trípode y una cámara así de gorda aspira a hacerle al Señor la foto definitiva. Todo esto lo ve pasar desde fuera, medio recostado junto a la rampilla de la entrada principal, un mendigo viejo con carilla guasona y mirada respetable. A su izquierda, apenas a unos metros, hay un azulejo que dice Limosna, pero no tiene ranura, como yendo de sobrado. El caso es que ni uno ni otro cogen una gorda porque la gente está ahorrando para la torrija y el capirote. Si uno acerca la oreja al azulejo lo bastante, se oye el mar. Si la acerca al viejo, lo mismo oye alguna historia de cuando él también daba la mano a alguien una mañana de Cuaresma, mientras un velo de incienso le hablaba de la vida eterna.

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