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Oráculos, aprendices de brujo

Nos cuentan una historia, aparentemente real, conectada a la actualidad, al tiempo presente. Se detallan, de manera exhaustiva, hasta los más mínimos detalles. Se presenta, además, de tal forma que pareciera prever lo que acontecerá en época venidera, paso a paso. Nos dibuja, con perfiles claros, el porvenir...

el 16 sep 2009 / 02:54 h.

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Nos cuentan una historia, aparentemente real, conectada a la actualidad, al tiempo presente. Se detallan, de manera exhaustiva, hasta los más mínimos detalles. Se presenta, además, de tal forma que pareciera prever lo que acontecerá en época venidera, paso a paso. Nos dibuja, con perfiles claros, el porvenir. ¡Parece que adivinase el futuro! ¡Enorme capacidad para predecir lo que aún nos es negado, a nosotros humildes mortales, conocer! ¡Tremenda ilusión! Imaginario, que sólo a quien hace el relato pertenece.

Y, de repente, sin previo aviso, cuando ya nos disponíamos a disfrutar de lo venidero, cuando estamos a punto de disfrutar de las mieles de un tiempo que se acerca precipitadamente, nos confiesa que aquello de lo que hablaba ya pasó. Que lo que nos contaba ya ocurrió. Pasó hace mucho. Por aquel entonces las cosas ocurrieron de ese modo, nos dice. Sólo quien lo cuenta sabe cuándo, qué y cómo ocurrió. Conocía el resultado, lógico. ¡Enorme desilusión! Nos preparó para observar algo que no era real, sino pura entelequia.

Algunas de las teorías, profecías autocumplidas, presagios inventados, y premoniciones de índole diversa, tras su aparente docta sapiencia -¡Gran ciencia!-, descansan en un modus operandi similar. En rigor, no cabría calificar sus pronósticos de anticipo cierto. Más bien, son el infructuoso empeño de diseñar el futuro con trazos gruesos del pasado.

Un salto en el tiempo, también en el espacio, en el vacío. Una especie de remake, con algún glamur, de hechos que ya nunca más serán. Una recreación, en el mundo del espectáculo, de la espectacularidad, ¿de la fantasía? Tan deslumbrante, casi siempre, que no deja lugar a la imaginación, tampoco a la racionalidad, a la crítica, a una mirada serena. Tan intenso, tan rítmico, que aturde nuestros sentidos, limita nuestra autonomía, impide la asimilación de lo vivido.

Y así, por una especie de ilusión mental, somos transportados de un mundo a otro, sin que apenas seamos capaces de distinguir qué fue antes, qué fue después. Condenados, además, a una frustración certera puesto que vivimos permanentemente en conflicto entre lo que pensamos que debería ser, o lo que desearíamos que fuese, y lo que realmente es.

Tal vez, lo prudente, en este contexto, sea actuar como el sabio Tyquiades de el Philopseudes de Luciano de Samosata -el satírico filósofo griego de origen sirio-, quien tras no poder soportar tanto delirio huye de quienes "quieren ser admirados por adivinos, matemáticos y nigromantes, haciendo creer visiones imaginadas, fantasmas prodigiosos, hechicerías falsas?; todo ficción y mentira, con que el demonio engaña a la gente: y lo bueno es que todos lo cuentan, y todos lo saben, y ninguno lo ha visto".

¡Adivinadores de futuros!, ¡aprendices de brujo!, ¡animadores de falsas ilusiones!, no incurran en los mismos errores y entiendan que es más fácil y, además, más saludable caminar de manera paciente, sabiendo que nada está escrito y que cada carácter, cada línea, cada párrafo se enfrentará, sin remedio, a la inexorable flecha del tiempo.

Doctor en Economía

acore@us.es

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