Cultura

Ory ya es una estrella

el 11 nov 2010 / 21:03 h.

La luz es nuestro regalo. Ella hace posible la vida en la Tierra. Pero sólo contados seres tienen el don de darle cuerpo. Dicen que uno de esos seres, el poeta Carlos Edmundo de Ory, acaba de morir. Pero a los que fuimos sus amigos nos consta que no es exactamente así. Desaparecer no es morir.

Aceptamos que Carlos haya desaparecido, pero no aceptamos que su luz se haya apagado. Sólo se ha cambiado de sitio para convertirse en eterna. Astrónomos, corran a sus telescopios: la nova Ory empieza esta noche a emitir sus fulgores azules, rojos, amarillos y verdes, que seguirán alcanzándonos mientras seamos capaces de leer poesía.

Ciega, sorda y muda ha de estar una sociedad, una comunidad de hablantes, para que una desaparición así no la conmueva hasta la médula. Si supiéramos quién era el que ha desaparecido haríamos un duelo nacional morrocotudo, porque Ory (pregunten a los que de verdad saben de esto) era hasta el día de ayer nuestro mejor poeta vivo. Pero está bien así, porque a Carlos, un hombre que ascendió a la sencillez desde la más profunda complejidad, no le hubiera gustado.

Además de poeta (mejor: a causa de ello) fue un sabio con sabiduría de niño, un filósofo con filosofía de gato, un maestro con la maestría de Diógenes. Un brillante andaluz, un andalúcido. Sus amigos lloramos su desaparición, lloramos a quien escribió: "No censuro a los que lloran".

Murió el tío raro que no concedía entrevistas, que detestaba oírse llamar maestro. Durante toda su vida despreció convertirse en una estrella mediática. Ahora mismo es una estrella real. Y allá arriba luce y lucirá por los siglos de los siglos. Mientras haya estrellas. Mientras haya bibliotecas.

* Alberto Porlan (Madrid, 1947) es escritor y guionista de documentales. Son obras suyas ‘País' y ‘Los nombres de Europa'.

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