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Oyendo la voz del padre del padre

¿Cuántas viviendas necesita una persona para ser feliz? "El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre", lloraba por carta el jefe indio Seattle en respuesta al ultimátum de los civilizados invasores para quedarse con el hogar natural de los apaches; imploraba...

el 16 sep 2009 / 05:51 h.

¿Cuántas viviendas necesita una persona para ser feliz? "El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre", lloraba por carta el jefe indio Seattle en respuesta al ultimátum de los civilizados invasores para quedarse con el hogar natural de los apaches; imploraba respeto, consciente de lo inútil que era esperar semejante cualidad de esos encopetados secuestradores de la tierra que disparaban a los búfalos desde los trenes en marcha para presumir de puntería y eran capaces de "dejar atrás las tumbas de sus padres" con tal de seguir enfrentándose al mundo allá donde éste se les resistiera. Algunas de las frases de este texto sagrado, tal vez el más bello de toda la historia de la desesperanza, decoraban hace veinte y treinta años, convertidas en pósters, los dormitorios de unos jóvenes que se decían rebeldes porque no se lavaban y que hoy tienen todos una segunda residencia y un cochazo formidable desde cuyos ventanales, de camino a la playa, van disparando colillas a los árboles.

Puede dar la sensación de que así de sacrílego y de animal es el ser humano moderno, cuando lo cierto es que no, que sólo somos así unos pocos: desde el caballero británico cuya mansión de campo llevaba su apellido y que lloraba cada vez que tenía que bajar a Londres hasta la muchacha saharaui que no se casa mientras no encuentre un hueco donde levantar una cabaña junto a la de su madre, por no poner mil ejemplos más, los humanos han mostrado mayoritariamente un respeto reverente a la idea del hogar, cuyo nombre quiere decir calor que alimenta y da vida y que entre nosotros ya no significa nada, porque, sorprendentemente, grotescamente, no damos valor a nada que sea esencial. El hombre descreído de sí mismo huye de lo importante porque no quiere vivir ni ser, sino sobrevivir y distraerse. No quiere un hogar, sino dos viviendas. No quiere saber qué es, pues carece de humildad; odia el presente y todo cuanto lo constriña. Es evidente que las palabras del jefe Seattle, al referirse a su adversario como "un moribundo que agoniza durante muchos días", no han quedado viejas. Sólo inútiles, porque no aprendemos.

"La sola vista de sus ciudades apena la vista del piel roja", dijo el más triste de todos los indios hace 150 años. Hoy, todo cuanto alcanza la vista es humanidad de invernadero que se extiende horadando los montes y formando farallones de propiedad privada sobre la costa. Sería toda una proeza sociológica indagar hasta descubrir cuántas de esas casas, modestas o no, son escondites donde ocultarse por temporadas de la propia banalidad; cuáles son hogares en los que importan los viejos, donde corren las risas, en los que se goza y se bendice la plácida herencia de la vida y de la tierra y donde uno oye campañas que suenan a lo lejos con la voz del padre de su padre. ¿Cuántas viviendas se necesitan para ser feliz? ¿Y para no serlo?.

Periodista

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