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Pacha Kuti, el reverso del mundo

Cuando Garabombo salió de prisión iba tan flaco que para que no lo arrastrase el viento marchaba agarrado de la baranda del «Me ves y te acomplejas» y comprendió que su invisibilidad era debida a que padecía la extraña enfermedad de ser ignorado. Simplemente no lo veían porque...

el 15 sep 2009 / 10:30 h.

Cuando Garabombo salió de prisión iba tan flaco que para que no lo arrastrase el viento marchaba agarrado de la baranda del «Me ves y te acomplejas» y comprendió que su invisibilidad era debida a que padecía la extraña enfermedad de ser ignorado. Simplemente no lo veían porque no querían verlo. Y tuvo que hacerse invisible para enfrentarse a las injusticias, para librar una dura batalla contra una realidad asimétrica que nos obliga a afrontar situaciones difíciles a sabiendas que somos puros aficionados. Pues es tan corta la vida que nuestra experiencia alcanza para lo que alcanza, como dijese alguien cargado de sentido común. Fermín Espinoza, Garabombo, creado por Manuel Scorza, al igual que ya lo hicieran sus antepasados, participa de un acontecimiento cíclico. Protagonista de su tiempo, presencia el fin de una era, vive un pacha kuti. En el léxico quechua pacha kuti anuncia el año nuevo, pone fin a una etapa, ya sea en la vida de los individuos, ya sea en el momento o la época que les tocó vivir. En esto consistió la gran hazaña del personaje. En hacer realidad un sueño imposible, en reconquistar la tierra arrebatada, en recobrar las ilusiones perdidas. Aquí la ficción nos devuelve a la realidad. A comprender la difícil tarea de nuestra existencia. Un ir y venir plagado de esfuerzos, de sacrificios.

La vida generalmente es esquiva en mostrar su imagen más dulce. Nos mantiene siempre alerta y nos recuerda que somos vulnerables. Nos enseña que la técnica y el conocimiento, a través de los cuales tanto avanzó la humanidad, no alcanzan a garantizar nuestra plenitud e incluso, en ocasiones, nos hace más indefensos. Cuando experimentamos un hecho desgraciado intentamos conocer impacientemente qué lo causó, dónde estuvo el fallo. Con la ingenua pretensión de que conocida la causa conseguiremos evitar que ocurra de nuevo. Sin embargo, la seguridad no existe. No nos engañemos. Vivimos en un mundo incierto, con artefactos inseguros, con un conocimiento limitado. Nadie, en su sano juicio, puede pretender gestionar la incertidumbre prometiendo seguridad plena. Además de irresponsable esta conducta es capciosa. El centro de atención debe desplazarse desde las causas a las consecuencias, más evidentes por cierto. Cualquier evento fatal es el resultado de decisiones arriesgadas, cuyo desenlace no es asumido por quienes las toman. Entre tanto las víctimas soportan una suerte bien distinta.

A esta reflexión me lleva lo acontecido hace unos días en Barajas. Similar fin tuvo Scorza, quien pereció en el desgraciado accidente aéreo que en noviembre de 1983, en las cercanías de Madrid, costó la vida a 181 personas. Era un vuelo con escala que nunca llegó a su destino. El escritor peruano no pudo en esta ocasión burlar el destino, hacerse como su personaje invisible, y de este trágico modo cerró su libro de notas. Eso sí, nos regaló unos relatos que entre realidad y ficción nos ayuda a trascender la vida, a recrearla, a ir más allá del mero presente. A vivirla más allá de la vida. Sin renunciar a la justicia.

Doctor en Economía

acore@us.es

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