Cultura

Paco al aire

Una veintena de guitarristas se dan cita en la plaza de San Francisco para rendir homenaje, sin amplificación, al monstruo de Algeciras en un acto al que acudió su hermano Pepe.

el 12 sep 2014 / 09:00 h.

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La guitarra es un instrumento acústico, es decir, no necesita amplificación para hacerse audible. A menos que lo toques, por ejemplo, en la plaza de San Francisco de Sevilla una tarde de septiembre, hasta arriba de gente. ¿Y si son muchas guitarras? Bueno, en ese caso tienen que ser muchas-muchas, y sonar todas a la vez. No fue el caso en el homenaje que quisieron tributarle ayer una veintena de intérpretes a Paco de Lucía, tocando a pelo y a ras del suelo, esto es, sin escenario ni tarima, algunas de las piezas más conocidas del monstruo de Algeciras. Abrió el acto un breve discurso de Pepe de Lucía, hermano de Paco, que apenas pudieron sentir las numerosas cámaras y los periodistas apostados en primera fila, antes de dar paso a la música. Allí estaban algunos guitarristas profesionales, como Dani de Morón, Manuel Valencia o Manuel de la Luz, que teóricamente harían de guías; había aficionados anónimos, algunos llegados en grupo; había periodistas guitarristas, como Alberto García Reyes, que se llevó su bajañí convencido, a lo gonzo, de que «los reportajes salen mejor desde dentro»; había padres con sus hijos, como el griego afincado en Sevilla Sócrates y su vástago Dimitris, que con tan solo tres años ya apunta maneras; había niños con su madre, como Darío, de cuatro primaveras, con su guitarra de juguete. Y no faltó quien, siendo guitarrista conocido y reconocido, se asomó por la plaza de incógnito, sin la sonanta a la espalda, solo por echar una visual, por columbrar cómo iba aquello. La gran cantidad de público hizo difícil que se oyera bien a los guitarristas. / Pepo Herrera La gran cantidad de público hizo difícil que se oyera bien a los guitarristas. / Pepo Herrera Aquello empezó regular, por unas bulerías difíciles de identificar en medio del bullicio, si acaso unas falsetas de Almoraima... La gente pareció impacientarse muy pronto, algunos con buen humor y otros con bastante malaje. «Y las cámaras estas, ¿no pueden irse a hacer puñetas un poquito?», espetó un señor culpando a los compañeros gráficos de la escasa visibilidad. «Esto lo patrocina la ONCE, ni se ve ni se oye», dijo otro con mucha guasa, y no faltaron quienes dieron la espantada entre exabruptos, tan indignados como si hubieran pagado la entrada a 80 euros. A la segunda ronda de bulerías empezaron las deserciones. Un joven de México DF, Juan José Trespalacios, que portaba una guitarra firmada por el mismísimo Paco –y no era la única–, se salió del círculo un tanto incómodo, pero contento de haberle rendido tributo al llorado maestro. «Lo conocí en México, allí me la firmó. Era tan excelente persona como músico, que ya es decir». También acabaría abriéndose paso entre la muchedumbre otro aficionado, asiduo visitante de la Bienal llegado en Nueva York, que quiso honrar con su guitarra la memoria de Paco. «Fue en el 71, me metí en su camerino del Carnegie Hall y le pedí que me dejara escribir su música. Luego, del 76 al 79, cuando viví en Madrid, me ayudó mucho. Por eso le pido a los andaluces que lo recuerden, que pongan atención a su cultura». Pepe de Lucía entre dos de los más jóvenes guitarristas que en la tarde de ayer se dieron cita en la plaza de San Francisco. / Foto: Pepo Herrera Pepe de Lucía entre dos de los más jóvenes guitarristas que en la tarde de ayer se dieron cita en la plaza de San Francisco. / Foto: Pepo Herrera Atención ponían los presentes, pero fácil no estaba la cosa. Se oían mejor las campanas de El Salvador. Se habría oído mejor a José Valencia si hubiera pasado en ese momento cantando en el Metrocentro. La gente estrechaba el cerco cada vez más, y los músicos perdían la concentración. Hasta que salió Pepe de Lucía al rescate, cantando por bulerías. El cante tiene ese efecto apaciguador, y el cante a pelo invita a guardar silencio, de modo que funcionó. Es más, hacía mucho tiempo que no oíamos a Pepe tan inspirado. Hasta se arrancó al final con una letra de Entre dos aguas, cuyo remate tarareado coreó todo el personal. Con lo fácil que hubiera sido poner unos micros de ambiente, y un par de bafles. Fácil y no excesivamente caro. Mucho más barato, en todo caso, que el riesgo a que un homenaje al más grande guitarrista de todos los tiempos, hecho con el corazón desde Sevilla, en la mismísima antesala de la Bienal, hubiera degenerado en el caos. Riesgo innecesario, absurdo. Pero se salvaron a duras penas los muebles, y al final incluso se pudo oír con cierto esfuerzo alguna pincelada de buen toque. Todo se hizo con las mejores intenciones, pero ya sabemos con qué está empedrado el infierno. Fue un éxito de público, pero eso no puede serlo todo. Podría haber salido de aquella manera, incluso podría haber sido un desastre. Pero menos mal que Paco estaba allí. En el aire.

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