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¿Pagaría 3.000 euros por subir esta escalera?

el 17 sep 2011 / 18:40 h.

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El dueño de la AJG Contemporary Art Gallery, Antonio Jiménez, contemplando una de las fotografías que integran la exposición de Matías Costa.

Aparte de tener a mano el dinero, para estar dispuesto a pagar 3.000 euros por subir una escalera, y más si es en blanco y negro, lo primero que hay que comprender es que no se trata de una escalera cualquiera. Por lo pronto, está en un sitio raro y, a decir verdad, algo escondido para tratarse del Pasaje Villasís. Las llaves para llegar hasta ella (porque para colmo, esta inmensa escalera en penumbra no se encuentra libre y a la vista, sino colgada de la pared de una pequeña sala de arte, llamada AJG) las tiene el galerista Antonio Jiménez.

Pero una vez alcanzado el lugar, el hecho de saber que la dichosa escalera es una de las 15 fotos del artista argentino Matías Costa no faculta, ni mucho menos, para proceder a la pretendida ascensión por sus peldaños fríos, acariciando en la subida ese alicatado administrativo suyo que huele a negociado general de soledad y muerte. Antes, es preciso superar otras cuatro pruebas con la ayuda del galerista y de un libro. Cuatro pruebas que se resumen en una, aunque el visitante todavía no lo sabe.

Antonio ha traído ese libro de una estantería del falso piso de arriba. Es un catálogo no muy aparatoso, titulado Mecánicas del olvido. Porque, en realidad, se trata de un manual de eso mismo, de mecánica. El dueño de la sala va deteniendose en cada página, desde la primera hasta la última, para que se comprenda (lo cual es esencial para el propósito que se persigue) que todo lo que ha pasado entre esas cuatro paredes desde que se inauguró la galería, en enero pasado, ¡todo!, tiene que ver entre sí, y que todo conduce finalmente, si se siguen los pasos de forma correcta, al hecho milagroso de romper la bidimensionalidad de un fotón colgado en la pared de una galería blanca para poder subir por fin una escalera que huele a pena y a despedida.

Cuatro pruebas, tantas como fotógrafos han expuesto en esa sala, y es preciso comprenderlos a todos, unidos entre sí por una fina cuerda de volatinero tendida entre la memoria y el olvido. El primero es un chino, Maleonn, al parecer famosísimo. "Sus obras", explica Antonio Jiménez mostrando la foto de un militar oriental colocada en el centro de un bandeja de cristal (de entre las muchas que salen en este catálogo/manual) "son una forma de protesta por la destrucción de China, de su autenticidad, de su tradición, para construir sobre ella el nuevo imperio económico. Por eso tomó fotos olvidadas de gente y las enmarcó en estos recipientes, como para destacarlas. A algunas, como ves, le pintó de blanco la cara. El blanco, allí, es el color del luto", dice, y pasa la página con delicadeza. Allí aparece Janneke Van Leeuwen, "holandesa, neuropsicóloga y fotógrafa", precisa el galerista, para que se entienda por qué esta mujer, cuya madre sufre el mal de alzheimer, inventa artilugios que representen el dolor del olvido, para fotografiarlos y destruirlos luego, conservando únicamente la instantánea.

"Mira esta serie de fotos. Es una especie de habitación revestida de telas adamascadas del color de la piel; son telas gruesas que poco a poco, ¿ves?, se van despegando y perdiendo como un papel pintado que se fuese separando de la pared. Al final, lo que queda es la estructura vacía, semejante a una jaula en la que el enfermo de alzheimer queda preso de su propio cuerpo."El tercer reto (o fotógrafo) es el sevillano Francisco Reina, quien, sin esperar al 15M ni falta que le hacía, quiso representar el olvido inmisericorde en que las instituciones tienen al pueblo representando sus sedes más monumentales sin puertas y sin ventanas: el Congreso, el Senado, el Banco de España.

"Impresiona, ¿no te parece? Y además, si te fijas, al eliminar esos elementos se da el curioso efecto de que se destacan mucho más los instrumentos de vigilancia, como las cámaras de vídeo." Dicho lo cual, a la vuelta de la página y de otros dos o tres comentarios aparece, por fin, el nombre de Matías Costa.

"Matías hace fotos sobre el desarraigo que provocan las migraciones obligadas", explica Antonio Jiménez, acercándose a las últimas páginas de su librito azul, pero en él no están las fotos que ahora cuelgan de las paredes de su galería. Hay que acudir a éstas, pasearse despacio por delante, para acceder al secreto de su autor, que también es el secreto de la memoria y el olvido. Un secreto que se abre no ya para el engreído crítico que busca las palabras más esdrújulas y estúpidas de su vocabulario para que nadie lo entienda, sino para el ciudadano normal, con estudios o sin ellos, pero con alma, que se planta delante de una escalera preguntándose qué hace falta para subirla."Porque la razón de esta foto es que los padres de Matías (la madre era psicóloga, como buena argentina) fueron detenidos cuando él tenía apenas tres años. Acababa de entrar en ese país la dictadura militar y, como en realidad no tenían nada contra ese matrimonio, al cabo de los tres años los acabaron soltando.

Pero durante todo ese tiempo, los niños, Matías, no sabían dónde estaban, no comprendían qué era la cárcel. Se escribían cartas, se añoraban. Todo eso se conserva. Por último, Matías, ya en pleno proceso de reconstrucción de la saga familiar (cuya historia era la de un linaje en permanente emigración y tránsito, como la historia del mundo), encontró esta sala, la que muestra la foto. Era el centro de detención por el que pasaban los represaliados argentinos, entre ellos sus padres, antes de ir a la cárcel." Y no bien lo ha dicho Antonio cuando uno percibe el tacto exacto de la barandilla y el azulejo, y huele la atmósfera de desesperanza, y se ve a sí mismo en cuclillas, mirando hacia esa luz miserable e inquietante que cae hacia la dependencia como si estuviese entrando allí a través no de una ventana sino de una guillotina.

Porque al final, las cuatro pruebas, que consistían en comprenderlo todo, se resumían en el simple hecho de querer subir esa escalera, ejercicio al alcance de casi cualquier persona. Otra cosa será quien tenga por antojo subir y bajar por ella tantas veces como le dé la gana, para lo cual tendrá que pagar los 3.000 euros que cuesta la foto. Sólo cinco personas podrán hacerlo, pues son cinco las únicas ediciones que el autor tiene impresas. Aunque hay otro buen puñado en la galería. Por ejemplo, los árboles. ¿Alguien quiere subir a un árbol? Verán, verán...

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