Cultura

Para arquitectura, el cuerpo de María Pagés

Algo más de media entrada para ver la presentación en Sevilla de una obra flamenca con demasiadas curvas.

el 07 sep 2012 / 21:19 h.

María Pagés bailó una granaína-rondeña envuelta en un vestido rojo. No fue de lo más flamenco, pero movió su cuerpo para dar vida a un precioso poema de Larbi El Arti.

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Teatro de la Maestranza. Utopía. Compañía María Pagés. Coreografías: María Pagés y José Barrios. Música y arreglos: Rubén Lebaniegos, Fred Martins, Isaac Muñoz y Fyty. Cantaores: Ana Ramón y Juan de Mairena. Guitarras: Rubén Lebaniegos y Fyty. Percusión: Chema Uriarte. Chelo: Sergio Menen. Escenografía: Eduardo Moreno. Cuerpo de baile: Isabel Rodríguez, María Vega, Aloma de Balma, José Barrios, José Antonio Jurado, Paco Berbel y Rubén Puertas. Entrada: algo más de media entrada. Sevilla, 7 de septiembre de 2012.

Ninguna obra de la bailaora y coreógrafa sevillana María Pagés te deja indiferente, siempre te ofrece algo más que ¡arza y toma!, logra llevarte a un mundo diseñado para los sueños. Alejada de la chabacanería que tanto se da en el baile flamenco, sus espectáculos van siempre mucho más allá del mero placer de verla bailar. Ninguna otra artista del baile fabrica los espectáculos como ella. Por eso, porque roza la perfección en todos sus montajes, le suele ocurrir como a Silverio con la vieja gitana que, aun emocionada con sus seguiriyas, como el cantaor sevillano era payo como un olivo le dijo que tenía los pies muy grandes por quedar bien con los gitanos de Cádiz.

María Pagés presentó anoche en la Bienal su último montaje, Utopía, estrenado en Avilés y presentado en el Festival de Jerez en marzo de este mismo año. Inspirado en la arquitectura del brasileño Oscar Niemeyer, la artista propone una clara reflexión sobre el instinto de los seres humanos para soñar con un futuro mejor. ¿Cómo se puede explicar algo tan complicado a través del baile, la música y la poesía? Los artistas flamencos tienen un don natural para contar historias. Cualquier soleariya, de solo tres versos, cuenta mejor una historia que todo un sesudo guión cinematográfico. Los besos que no te di/ te estarán doliendo ahora/ como me duelen a mí. María es en el baile, como el sevillano Rafael Montesinos en las coplas por soleares.

Es imposible desmenuzar en tan poco espacio un montaje con tantas cosas, y es el baile lo que me conmueve, su baile. Con tantas curvas, las de Niemeyer y las de María, acabé entre mareado y enamorado. Mareado de ver cómo el cuerpo de baile se movía por el escenario en una penumbra deprimente -todo era muy triste, demasiado oscuro-, que no es una buena manera de que busquemos la luz que nos lleve a ser mejores. Enamorado, porque entre la arquitectura del brasileño y la del cuerpo de la maestra de Triana, siempre me quedaré con la de María. Lo mismo en su singular farruca, donde dejó ver todos sus encantos físicos, como en las alegrías finales, que bailó enfunmdada en una preciosa bata de cola llena de curvas. Tonás y granaínas completaron sus solos, con dos voces maravillosas, las de Ana Ramón y Juan de Mairena -quédense con su nombre, que dará qué hablar-, la más que placentera y sugerente música de Rubén Lebaniegos y Fyty y todo eso que María sabe meter en el escenario para que la obra no esté basada solo en individualidades, en ella, sino en un conjunto de elementos muy bien cuidados, como son las luces, la escenografía, la música, el cante, la guitarra y la parte teatral. No es la obra que más me ha gustado de María. Me aburrí por momentos, aunque siempre, y anoche también me pasó, encuentro motivos más que suficientes para irme a casa convencido de que María es arquitectura a compás.

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