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Para cuándo la reforma de las agencias de Rating

Decía Obama, a la vista de los beneficios anunciados por los grandes bancos rescatados masivamente por fondos públicos, que no lograba percibir un cambio de cultura o de comportamiento en el mundo financiero...

el 16 sep 2009 / 06:14 h.

Decía Obama, a la vista de los beneficios anunciados por los grandes bancos rescatados masivamente por fondos públicos, que no lograba percibir un cambio de cultura o de comportamiento en el mundo financiero. Pero, ¿por qué habría de tener Wall Street remordimientos de su modus operandi a la vista de cómo les ha salido la jugada? La mejor prueba: los dividendos y pluses que, en un contexto de recesión económica, están en condiciones de repartir unas entidades virtualmente quebradas hace menos de 10 meses.

Otros que, a pesar de haber sido señalados desde casi todos los frentes como grandes responsables de la crisis por su función de respaldo (desde luego no gratuito) de la "innovación financiera", sólo van a merecer un tirón de orejas serán las multinacionales del rating como Standard & Poor's, Moody's o Fitch. Ciertamente en la reunión del último G-20 en abril se acordó solemnemente introducir un régimen para la supervisión, transparencia y buen gobierno de estas agencias. Es decir, para vigilar a los vigilantes del sistema. Sin embargo, ésta era una cuestión que ya llevaba bastante tiempo sobre la mesa sin que acabara de concretarse. Por ejemplo, desde marzo existe una propuesta de la Comisión Europea elaborada en lo más crudo de la debacle, pero aún pendiente de aprobación.

En pura teoría, las agencias de calificación se idearon con la función semipública de mejorar la información en los mercados, en su caso emitiendo calificaciones crediticias sobre la calidad de los pasivos de las empresas, o de otro modo, sobre su capacidad de atender las obligaciones de pago.

En unos mercados como los financieros donde se generan cantidades enormes de información y donde entre deudores y acreedores la información es asimétrica, su utilidad es clara. Las agencias han sido efecto y causa del aumento de la complejidad (a esto también se le ha llamado innovación) en los mercados de capitales que cada vez exigían más calificaciones a medida que éstas pasaron a convertirse en un elemento tópico. Terminaron echándose sobre sus hombros la gestión de los riesgos, mientras que los financieros encantados con esta especie de subcontrata pensaron que ya no tenían que preocuparse más que de conseguir el imprimátur de las agencias.

Las agencias comenzaron a ponerse en el disparadero a raíz del episodio subprime del que se van a cumplir dos años: fueron acusadas explícitamente de, en el mejor de los casos, minusvalorar los riesgos de solvencia y liquidez de aquellos bonos respaldados por hipotecas que, como ahora sabemos, sólo pudieron resistir temporalmente, a modo de las estafas piramidales a que tanto se parecían, mientras pudieron financiar la deuda vieja con la nueva.

Estaba además la fundada sospecha de que las agencias no simplemente se hubieran dejado engañar por la cuasi-estafa expuesta, sino que, antes bien, hubieran sido parte activa en ella. La mejor prueba de la solidez de esta sospecha son los obvios conflictos de intereses de unas agencias que, en último término, se dedicaban a cobrar de, y en muchos casos a asesorar a, aquellos mismos que calificaban. Pero, cuidado, no lo hacían a escondidas, sino a plena vista. Ante estos hechos e indicios, la policía G-20 dice ahora que dejará de hacer la vista gorda. Esa ya sería una importante reforma estructural, pero habrá que verlo.

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