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Paradojas andaluzas

Ganar o perder unas elecciones en Andalucía puede tener un significado literal -triunfo o derrota- o el contrario. El camino inescrutable de la interpretación de resultados es asombroso, una depurada técnica neurolingüística. Arenas es sacado a hombros y proclamado alternativa. Chaves, en cambio, defiende su nueva mayoría absoluta como si explicara un derrota.

el 15 sep 2009 / 01:46 h.

Ganar o perder unas elecciones en Andalucía puede tener un significado literal -triunfo o derrota- o el contrario. El camino inescrutable de la interpretación de resultados es asombroso, una depurada técnica neurolingüística. Arenas es sacado a hombros y proclamado alternativa. Chaves, en cambio, defiende su nueva mayoría absoluta como si explicara un derrota.

Debe ser cosa de la primavera electoral, que altera los biorritmos. Pura fervorina postparto, pero ya llegará el otoño con su melancolía a cuestas y empuñando el lápiz que dibuja certero los perfiles de la realidad. Cuatro años, con sus 12 meses cada uno y sus 30 días por barba, es realmente mucho tiempo. Demasiado como para hacer pronósticos, aunque si nos atenemos al discurso oficial de los dos partidos mayoritarios, se concluye que Chaves no tiene en la cabeza aún el proceso de sucesión y que Arenas piensa dedicarse en cuerpo y alma a la política andaluza, hasta cuatripitir como candidato en 2012. La realidad, claro, es bien distinta. La sucesión en el PSOE es asignatura fija para el cuatrienio -ya se verá cómo, cuándo y quién- y respecto a una nueva candidatura del líder del PP, tras perder tres veces, se antoja difícil. Otra cosa es que Arenas dedique los próximos cuatro años a trabajar en Andalucía para consolidar al PP como alternativa y fabricar un candidato con posibilidades.

En cualquier caso, los dos partidos se han limitado de momento a un análisis aritmético de los resultados: sumas, restas, votos nacionalistas absorbidos, abstencionistas que resisten en su cubículo y dividen por dos. Aún falta el análisis político de fondo, en el que parecen poco interesados. Más allá de la subida de 10 escaños -mérito indiscutible, aunque podría tratarse del espejismo de una noche de marzo- el PP debe mirarse esas derrotas repetidas y esa incapacidad para ganar unas elecciones autonómicas en un cuarto de siglo. La reflexión parcial de la mejora del resultado está bien, proporciona argumentos mediáticos y una buena foto, pero oculta el hecho sustancial de la nueva derrota consumada.

En el lado contrario, los socialistas ya han presentado el mapa del 10-M en el que las manchas rojas abruman a las azules. Tienen motivos para la satisfacción: han logrado un nuevo triunfo por mayoría absoluta. Pero no deja de ser también un dato parcial. Extraordinario, pero parcial. Se requiere de la microcirugía analítica para mirar debajo del mal resultado en los entornos urbanos: el PP ganó en 18 de las 29 ciudades medias andaluzas; ha reducido la diferencia de 820.000 votos en 2004 a 420.000, aunque es cierto que con menor participación; y venció en todas las capitales salvo en Sevilla y Huelva (ésta por 800 votos). Quizás tengan que estudiar por qué el discurso que ha practicado el PP y el empresariado respecto al POTA y el urbanismo en general, mezclado con la coyuntura económica y el mal dato del empleo, ha hecho estragos. Y el miedo a los inmigrantes seguro que ha calado en el segmento de votantes del PSOE, lo cual requiere un mayor esfuerzo pedagógico y político de cara al futuro. Sea por poner dos ejemplos y por confirmar que el PSOE tiene tajo por delante.

Dentro de cuatro años, si ni Chaves ni Arenas concurren, el PP tendrá una oportunidad única para ganar. De cómo hagan la tarea los dos partidos dependerá en buena parte el resultado del lance y agrandará o achicará el boquete por el que pretende entrar el PP. No hay más: es el tiempo de la política con mayúsculas, de la estrategia, del trabajo de campo y la planificación. De coger el toro de las causas reales de cada resultado por los cuernos. Si el PP continúa en la ensoñación de que ha obtenido un buen resultado, como si fuera posible descontextualizar el resultado de Arenas del contexto general de la victoria del PSOE, seguirá levitando hasta volver a ganar perdiendo en 2012. Si el PSOE cree que los votos son para siempre, y que puede seguir permitiéndose tamaña orfandad electoral en el litoral y las capitales, como si aceptara esa amputación geográfica, quizás un día se levante y se le hayan roto otros amores de tanto usarlos.

Aunque para consuelo de todos, siempre quedarán los impúdicos que -como nunca antes- han ido proclamándose artífices de las victorias de su partidos en su circunscripción. Hay que tenerla de mármol de carrara para atribuirse resultados que, como todos sabemos, se deben primero a las marcas, y segundo a sus líderes.

Pero ahí están, y no son sólo miopes candidatos de provincia, alegres triunfadores de un día, líderes naturales que han surgido como setas: son federaciones enteras, como la del PSC, que ya ha esculpido con grandes caracteres y para que se enteren en la Moncloa que Zapatero les debe el triunfo electoral. La suma de cuatro escaños -mérito indiscutibilísimo y personalísimo de Carme Chacón, que debería registrar el copyright de la victoria para que no haya dudas- ha dado alas al socialismo catalán. Su portavoz, Miquel Iceta, ya lo ha avisado: "Vamos a por todas", que traducido al castellano significa que quieren dos o tres ministerios y, entre ellos, el de Fomento. Que exigen el desarrollo estatutario inmediato y una financiación "transparente". Huelga decir que sería fatal para Andalucía perder el ministerio de Fomento en manos de Magdalena Álvarez, aunque en algunos cenáculos su permanencia se antoja imposible.

Y esa es la segunda paradoja de las elecciones andaluzas: que mientras que Javier Arenas, perdiendo por tercera vez y sin arañar la mayoría absoluta de Chaves, verá incrementado el peso del PP andaluz en Madrid y jugará un papel importante como hombre de confianza de Rajoy, Chaves con su victoria autonómica indiscutible a cuestas y una Andalucía que en el peor de los casos ha aportado a Zapatero 36 diputados al Congreso (frente a los 25 de Cataluña), tendrá que batirse el cobre para que no se imponga un discurso catalán que consiga ordeñar a Zapatero en detrimento de Andalucía. Un grupo catalán que, por cierto, no ha dado la cara por la ministra de Fomento en momento alguno, que la dejó achicharrarse sola cuando más arreciaba el temporal, e incluso se abstuvo en el Senado facilitando la reprobación del PP. Y hoy reivindican su éxito.

Discrepo. Si ha habido un éxito en el socialismo español está en el País Vasco, con triunfo en las tres provincias, en un territorio donde hacer política es algo más que pegar carteles. Y ahí están: gente de partido, leales y callados, honrando a su última víctima con su silencio contundente y telúrico, sin que se les oiga pedir prebendas y sin masajearse el ego.

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