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¿Paraguas o aliens?

En el momento en el que más se les necesita menos dispuestos parecen a protegernos. Estos aristocráticos utensilios, ideados siglos atrás en China, cobran vida y se revelan contra sus amos cuando el agua arrecia.

el 13 ene 2010 / 20:12 h.

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Fíjense en la imagen de la izquierda. En el rostro de la atorada mujer parece vislumbrarse la cara desencajada de la teniente Ripley (la actriz Sigourney Weaver en la saga fílmica Alien) amenazada por un bicharraco interestelar. Cuando el aguacero aprieta el paraguas se transforma en algo bastante menos idílico de lo que Mary Poppins y Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia nos hicieron hacer creer.

En medio de un invierno abrumadoramente mojado las ventas de paraguas se multiplican por mil y hasta hay quien anda barajando abrir una tienda dedicada al noble arte de protegerse de pillar la pulmonía: "Si me dijeran que todos los inviernos van a ser como este ponía en el centro un negocio de paraguas, chubasqueros y botas katiuskas", los tres adminículos de oro para guarecerse de la tormenta. Lo dice Javier Faisán, propietario de una tienda de regalos en San Jacinto especialista en vender cualquier cosa que se imagine.

Lástima que la familia propietaria del histórico negocio Rubio, en la calle Sierpes, no aguantara el secarón invierno hispalense. El cambio climático le hubiera traído la gloria a su cuenta corriente y a su recordado anuncio: "¡Oh, el diluvio, pues compre su paraguas en Rubio!" (añádase la pertinente musiquita sincopada al eslogan).

En pleno siglo XXI los precios de estos utensilios oscilan entre los tres y los 170 euros de uno con empuñadura de cedro, incrustaciones de pirita y firma de Kenzo que vende El Corte Inglés. Sin llegar a esta excentricidad (digna de figurar en el no menos extravagante Museo dell'Ombrello -del paraguas, vamos...-, en Gignese, Italia), existe toda una gama donde elegir. Lo curioso del fenómeno es que "cuando la lluvia comienza a caer la compra es muy impulsiva", lo cuenta un dependiente del citado almacén, pero también lo corrobora un espontáneo no identificado (ni ganas) que vendía ayer paraguas en un portal de la calle Tetuán: "El precio cambia según la intensidad del agua, lo normal son cinco euros pero si está cayendo con mucha mala leche los subo a diez", explicaba sin cortarse al respecto de sus tácticas mercantiles.

También Oriente tiene mucho que añadir en esto de huir del agua, y no sólo porque ellos lo inventaran. No hay bazar amarillo que se precie que no venda un buen surtido. Se caracterizan por su bajo precio y su nula capacidad de batallar los goterones. A la primera racha de viento, la sentencia de muerte está firmada.

"Yo diría que el 90% de los paraguas que en días como hoy acaban en las papeleras provienen de China." Lo dice Esteban Pérez, responsable de Antojitos, en Sevilla Este, donde puede encontrarse la crème de la crème de estos objetos: aerodinámicos, flexibles, con altavoz incorporado y fluorescente en la oscuridad. Y si lo que le va a usted es la moda retro asegúrese de tener buena musculatura, en internet puede hallar paraguas clásicos: pesan unos cuatro kilos y medio y están hechos de hueso de ballena. 

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