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Toros

Pascual Márquez: un siglo del Tesoro de la Isla

Se cumple el centenario del nacimiento del infortunado diestro manriqueño Pascual Márquez, trágicamente fallecido en Madrid en 1941

el 22 oct 2014 / 13:00 h.

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Plaza de toros de Las Ventas. 18 de mayo de 1941. El cartel anuncia al diestro vallisoletano Fernando Domínguez junto a los sevillanos Gitanillo de Triana y Pascual Márquez. Los toros son de Concha y Sierra, la ganadería que aún no había abandonado los legendarios predios marismeños de La Abundancia, bien conocidos del menudo y valiente diestro manriqueño que había sorteado un astado, de nombre Farolero, que ha sido enchiquerado para saltar en tercer lugar. Algunas versiones dicen que el torero, algunas semanas antes, había hecho ascos al toro cuando lo contempló en los cerrados. No le gustaba su mirada y rogó que no fuera incluido en la corrida que tenía que viajar a los corrales venteños. Cualquiera sabe. Lo único cierto es que el animal, marcado con el número 52, fue embarcado con destino a Madrid y estaba destinado a inmortalizar a su matador que, tal y como reza esta pequeña leyenda, supo con sorpresa que le había tocado en suerte por boca de un banderillero. PascualEl cartel no era de campanillas pero había que salir a darlo todo. Ésa había sido la máxima del aguerrido matador que había acuñado el sobrenombre de El Tesoro de la Isla, nacido hace justamente un siglo. Pero no era un día propicio para la lírica. Pascual luchaba por consolidar y reconducir su carrera después del rotundo parón obligado por la guerra. Salió el tercero –era su turno– pero aquel día, como tantos, hacía aire en la plaza y un súbito golpe de viento levantó el capote del matador cuando trataba de lancear a su enemigo. El toro alcanzó de lleno al torero, que dio una tremenda voltereta y se clavó por el pecho en el pitón de Farolero en la caída. La cornada fue horrenda, brutal, y dejó al descubierto el corazón. La impresión en el tendido y en el ruedo era de una honda conmoción. Las cuadrillas y asistencias se llevaron a puñados a Pascual Márquez. Prácticamente se trataba de certificar lo irremediable. El pitón había roto el pericardio atravesando la pleura. Se veía latir el corazón en medio de aquella marea sanguinolenta. El festejo siguió de forma accidentada. Fernando Domínguez había sido herido levemente por el primer toro y desistió de salir a matar el cuarto. No volvería a vestirse de luces. Gitanillo se queda solo ante el peligro y solventa la papeleta como puede aunque escucha los tres avisos sin ser capaz de dar muerte al quinto. Se implora a la presidencia la suspensión de la lidia pero el festejo sigue adelante. En la enfermería comenzó una larguísima agonía que sólo finalizó el siguiente 30 de mayo con el fallecimiento del matador. En este punto vuelven las versiones contradictorias. Algunas señalan que los tremendos destrozos causados por el pitón de Farolero impidieron trasladar al torero de la enfermería de la plaza, en la que –según esta versión de los hechos– falleció a la misma hora en la que se celebraba otro festejo. Lo más probable –y así coinciden varios biógrafos– es que Pascual Márquez dejara de existir en la madrugada de aquel 30 de mayo en el sanatorio del Doctor Crespo. La noticia enmudeció a todo el país y convirtió a Villamanrique en un puro grito. El cadáver fue conducido a Sevilla en el tren correo cruzando aquella España desolada –de los llanos de La Mancha a la Vega del Guadalquivir– que tenía aún muy frescos los horrores de la Guerra Civil. Quedaban lejos, muy lejos, las marismas y las tierras en las que pastaban aquellos toros de Moreno Santamaría que vio siendo muy niño. Pascual era el hijo de un vaquero de aquella vacada mitificada por la bruma del tiempo en la que él mismo entraría a servir como chiquichanca. Era muy joven pero la determinación del joven Pascual era convertirse en matador de toros bajo una divisa que no le abandonó hasta el final: el valor. Cuentan que uno de los sementales de Moreno Santamaría amaneció una mañana con el pañuelo de hierbas que solía anudarse al cuello. Así las gastaba el manriqueño, que muy pronto iba a acariciar las primeras glorias. El jovencísimo aspirante –tan verde como valiente– consigue debutar matando un becerro en la desaparecida plaza de la Pañoleta de Camas. Le paga el novillo un curioso personaje suizo, propietario de una lechería en la que había echado algunas peonadas el futuro matador. El fantasma del recoleto coso camero –otro paraíso perdido– yace bajo uno de los viaductos de la red viaria que legó la Expo 92, junto a la bodega superviviente de San Rafael que sigue atestiguando un tiempo y un espacio que se fue. En 1935 llegarían los primeros esplendores que le llevan a sumar un total de 16 orejas, un rabo y una pata en las ocho novilladas toreadas en la plaza de la Maestranza, que le había visto presentarse en mayo de aquel año. Comienza a cimentar su pequeña leyenda de torero arrojado a pesar de la lógica falta de recursos del que había sido un aspirante casi furtivo del que se cuentan no pocas hazañas. Pero el valor lo tapa todo. El torero manriqueño ha impactado con extraordinaria fuerza en Sevilla y no tardaría en presentarse en Madrid antes de volver al coso del Baratillo en el emblemático día de la Virgen para formar la definitiva tremolina. Merece la pena repasar las crónicas de la época para valorar el tremendo impacto ciudadano que supuso aquel volcán vestido de luces que se convierte en un hombre de moda. No faltan los que quieren ver una resurrección de otro torero valiente e infortunado: El Espartero. Faltaba menos de un año para que los moros de Queipo empezaran a dar vueltas por Sevilla. Pascual Márquez hace la guerra con los alzados vistiendo el uniforme de Aviación y participa en un sinfín de festivales patrióticos. A pesar de las dificultades no interrumpe su actividad taurina y la alternativa se prepara, en plena guerra, para el día del Corpus de 1937 en la mismísima plaza de la Maestranza que le había visto triunfar con tanta fuerza dos años antes. El padrino de la ceremonia es Luis Fuentes Bejarano que le cede un toro de Pablo Romero en presencia de Domingo Ortega. Pascual Márquez corta las dos orejas y el rabo de ese animal pero resulta herido por su segundo. No importa;ya es matador de toros aunque el panorama bélico no es el mejor caldo de cultivo para promocionar una nueva figura. La guerra también cambia muchas cosas en el oficio de torear y ha alumbrado nuevas figuras rutilantes que van a cambiar el rumbo del toreo. De alguna manera, se ve atrapado en una suerte de generación perdida de la que pugna por salir cuando llega el contrato del 18 de mayo de 1941 en Madrid. Había llegado el final... ¿Quién fue –toreramente hablando– Pascual Márquez? ¿Cuál fue la auténtica trascendencia taurina de aquella breve carrera truncada por la Guerra Civil y los pitones de Farolero? La valoración del tratadista José María de Cossío nos sirve para conocer su definitiva valía: «Cuando se hable de toreros valientes pide paso el valor sin tacha, sereno hasta borrar la impresión de temerario de Pascual Márquez». Contaba Antonio Santainés, el recordado tratadista taurino catalán, que el escultor Manuel Pedro Marín Carrasco, autor del monumento que recuerda la figura del torero manriqueño desde 1983, era hijo de Asunción, una antigua novia del torero. Es el mismo monumento que ayer recibió las flores y el recuerdo de los suyos.

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