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Pasen a la trastienda

Una tienda bar con mucha historia a cuestas, un clásico en el centro de Sevilla, para los de siempre.

el 09 dic 2011 / 12:16 h.

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El cliente no sabe a dónde acudir. Los productos de la tienda de Casa Moreno seducen a todos los que allí entran.

Más de cien años contemplan la existencia de tienda de ultramarinos y coloniales, que bonita definición sevillana para una tienda de alimentación. Fue hace más de 67 años cuando Francisco Moreno, padre del actual propietario, se quedó con la tienda -¡y vaya tienda!-, una lista cuelga de la pared con más de setenta clases de bocadillo, pero todavía hay quien llega y pide el suyo a medida.

Jamón y chacinas al corte, quesos, todo tipo de conservas, legumbres a granel, la merienda diaria -con magdalenas, galletas, tortas de aceite-, licores, vinos y aceites de oliva virgen extra, y, para las fechas que se acercan, un amplio surtido de turrones, dulces, mantecados, estuchados y al peso, como las Deliciosas de San Enrique, de Estepa, ríanse de la magdalena de Proust. Todo hueco de la tienda está aprovechado para exponer productos, desde latas de bonito del Norte, pasando por espárragos de Navarra o salchichas alemanas, hasta conservas de alta gama con precocinados como alubias con chipirones o pulpo a la gallega, los ojos se pierden por las coloridas estanterías llenas de suculentas tentaciones.

Y luego el lujo de la trastienda, barra y bar, estrecho, para conocedores, donde se puede consumir cualquier producto de la tienda, así como una amplísima variedad de montaditos y guisos de lata que te calientan para gozar y no echar de menos a ningún cocinero, y si no me creen, prueben el menudo, al que le añaden taquitos de jamón y chorizo, el cocido montañés, los judiones con almejas, las fabes con calamares en su tinta. En la trastienda también se llenan los espacios con mercaderías y, en los espacios libres, fotos de la historia de la casa, y una buena colección de fotos taurinas, al fondo, una vieja cabeza de toro preside las angosturas del bar, bajo la que se apiñan una colección de botellas antiguas de Jerez, como la del Manila Viajera, un vino de Agustín Blázquez que viajó a Filipinas antes de la gesta de los héroes de Baler, y de allí volvió por ser sospechoso de desencadenar una epidemia de peste, leyendas urbanas que dicen ahora.

También hay fotos de imágenes religiosas, donde no faltan ni El Cachorro, ni María Auxiliadora, la de Triana, que para eso Emilio Vega es del barrio, desde 1990 lleva la barra, con arte y simpatía, conociendo a la gente y saludando a cada uno. En las paredes no faltan ni Joselito, ni Curro con su rama de Romero, ni Morante "bailando con toros", allí está el artista de La Puebla, junto a una botella de anís La Hormiga, que llegó de su fábrica junto a la estación de Almonaster La Real, que buenos son los aguardientes de la Sierra de Huelva. La tapas se sirven en papel encerado, que viajan desde la tienda a la barra portando cecina de León, chicharrones, morcilla de hígado, salchichón de Riera, queso Pata Mulo y la Tortilla de Diseño -¡qué arte!- o cómo aprovechar la tortilla de patatas que queda de los desayunos para hacer unos montaditos con ella. Súmale a todo esto el queso fundido y chorizo picante, una delicatessen en pan calentito. Aquí se trabaja el botellín chico y la caña, helados, pero también hay buena bodega, con vinos crianzas de Rioja y de Ribera por copas, hasta Viña Ardanza Reserva se copea.

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