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Pasión por la caza

el 17 sep 2011 / 19:05 h.

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J. Ignacio Pérez se oculta entre dos retamas, donde ha colocado su pantalla de camuflaje, un pequeño toldo vertical de tres caras.

"Nacho, pájaro de frente", le dice con la voz templada Miguel Ángel Núñez (Sevilla, 1979) a su compañero de coto. Dos tiros de escopeta, y Mara, una perra bretón de ojos grandes, sale rápidamente a cobrar la pieza. Son las 8.20 horas, apenas empezó la cacería. José Ignacio Pérez (Cádiz, 1969), profesor en la facultad de Farmacia de la Universidad de Sevilla, cuenta ya con una pieza. Nacho diseñó las pastillas envenenadas que tomó Victoria Abril es las escenas finales de El camino de los ingleses. Era evidente que la actriz no fallecía en realidad; aquí la tórtola sí cayó mortalmente herida al pastizal.

El grupo se dio cita a las 6.30 horas en la puerta del Berro, finca de Castilblanco de los Arroyos. En este coto cazan algo menos de 20 socios procedentes de Sevilla y otros pueblos, el propio Castilblanco, Lora del Río, Gines y Dos Hermanas. "Si antes se podía pagar por un coto como este los 30.000 euros, en esta temporada bajaron a unos 18.000 euros, casi a la mitad", comenta Nacho. Aún es de noche, los primeros en llegar con su coche todoterreno conversan y esperan. La charla discurre entre augurios poco halagüeños. Vinieron tan sólo cinco socios del coto, síntoma de que el monte no conserva mucha caza, ya próximo el final de la veda.

Tras el debido sorteo, cada cual caminaba hacia su sitio asignado, escopeta al hombro y con el puesto a la espalda. "Esta modalidad es de sitio fijo", afirma J. Ignacio Pérez. Entre dos retamas, había colocado su pantalla de camuflaje, un pequeño toldo vertical de tres caras. Antiguamente, el pajarero se ocultaba con las retamas. "El pájaro no es tonto, detecta el movimiento y te ve; el ruido no es tan importante".

Los cazadores se sitúan en línea, separados unos de otros a 50 metros. Copan el paso natural del vuelo de las aves a lo largo de una loma ascendente poco escarpada.Despunta el día, una ligera niebla recubre las copas de las encinas. Los primeros tiros llegan cuando la claridad se abre. El animal despierta y sale a comer. "Codornices no hay apenas, aquí tiramos a las tórtolas y las palomas, emigran a África tras la crianza", afirma el profesor. Un hermoso pájaro carpintero revolotea por la zona, tal vez se encuentra próximo su nido. Los disparos suenan aquí y allá sin mucha constancia. Baja por el lindero Antonio El Guardia, un tipo alto y calvo con más ansias de caza.

"Me pongo aquí, allí arriba casi me salgo del cercado", le comenta a Nacho. Se coloca por debajo de otro puesto donde se encuentra el mayor del grupo, un señor cano y bigotudo, con cierto parecido al aventurero De la Cuadra Salcedo. Llegó completamente vestido de camuflaje y acompañado por su hijo. Un bando de estorninos cruza el cielo. En el primer puesto, Miguel Ángel salió caminando, sin perro, a coger otra pieza. Aparece otro nuevo socio que llega tarde. Un hermoso braco corretea y olfatea a su paso. "A ver si encuentro un hueco para colocarme", apunta con seriedad al dar los buenos días. Sube a lo largo de la suave pendiente por el comedero, una hilera de paja y granos que, tras las últimas lluvias, verdea de forma tímida entre la sequedad general del campo.

Estos comederos no son legales, pero es una práctica extendida en los cotos de caza. El invento de Paulov de condicionar el estímulo de los animales es un hecho relativamente nuevo entre pajareros, hace unos años no se alimentaba a las aves para atraerlas.
Hoy finaliza esta media veda que se abría el 18 de agosto. "Cuando el día está bueno, te diviertes y se tira más", afirma Miguel Ángel. Se puede cazar la codorniz, la tórtola común, las palomas y los córvidos, estos últimos menos apreciados. En esta ocasión, tras un mes de tiros, el botín es menor. Por la tarde, cuando las aves regresan al nido, se marchan los cazadores.

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