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Patata caliente

Todos los españoles esperan que, gane quien gane el 20-N, adopte medidas dolorosas.

el 13 nov 2011 / 09:02 h.

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Españolito que votas el día 20, uno de los dos candidatos -incluso si saliera otro- ha de helarte el corazón. Las encuestas dan como ganador a Mariano Rajoy Brey, pero la política la lleva marcando Angela Merkel desde Alemania desde hace 18 meses. Y gane quien gane España va a probar aceite de ricino. Rajoy está a un paso -si es que los ciudadanos no van mintiendo a los encuestadores- de ser elegido presidente del Gobierno. Casi seguro por mayoría absoluta, tal vez con más escaños que Felipe en el 82; y lo que hoy se escribe de él quedará olvidado en cuanto se vea si es capaz o incapaz de manejar la patata caliente del paro que aplasta a cinco millones de españoles.

El reto de presidir -hipotéticamente, de momento- España está tan cuesta arriba que lo que recordarán los españoles de este registrador de la propiedad de 56 años en excedencia será su papel en lo que se presume la traca final de la crisis.

Su larga trayectoria como ministro y sucesor de Aznar, sobre la que ya se han dicho muchas cosas hace mucho tiempo -¿alguien recuerda a qué hilillos se refería en 2002?-, y su también larga marcha para garantizarse el control del PP en 2008 y meter en cintura a todo un sector que lo tildaba de maricomplejines será dentro de poco olvidado en las hemerotecas si al final jura su cargo al frente del Consejo de Ministros.

Ante ese papel -o papeleta- será irrelevante que en el debate televisado con Rubalcaba situara Cazalla de la Sierra en Cádiz. Ojalá quede ahí la cosa porque -gane él o pierda- el supositorio para la economía española entrará áspero hasta que -crucemos los dedos- el país enfermo sane o se contagie de la salud de los vecinos.

Todo indica que ganará por los deméritos de sus rivales socialistas más que por su escaso carisma, y como ya dijo el presidente de Andalucía, José Antonio Griñán, el que Zapatero sea malo no hace a Rajoy bueno.

Para saber si lo es habrá que esperar al menos cien días desde su toma de posesión, ya que en teoría no tiene por qué seguir la senda de Aguirre o Cospedal en el papel de poli malo de los recortes. En la práctica sólo se conocen sus mensajes -nada concretos, dicen sus desesperados rivales electorales, y en eso atinan- de que bajará impuestos y creará empleo. Ni él mismo firma lo que proclaman sus palmeros: que sacará de la nada un millón de nuevos empresarios.

¿Saber de dónde viene ayudará a anticipar qué hará? De momento, este nieto de uno de los redactores del fallido Estatuto gallego de 1936 maneja el partido que ha integrado para la democracia a mucho nostálgico del franquismo, y Rajoy ha conseguido sobrevivir al frente dando imagen de moderado, en especial cuando se descuelgan esos barones que hacen subir el pan dos gordas en cuanto hablan.

Rajoy, cuya consulta sobre el cambio climático a su primo de Sevilla todavía se recuerda como chascarrillo, llegó a ser en 1979 el registrador de la propiedad más joven de España, con 24 años. Y, como anticipo a su supervivencia política -en esta campaña con candidatos entrados en años- se dejó la barba a causa de haber ganado esas oposiciones: tuvo un accidente de coche durante la celebración y desde entonces oculta las marcas de su cara. También sobrevivió a un accidente de helicóptero junto a Esperanza Aguirre en 2005. Lo haga bien o lo haga mal, Rajoy es más duro de lo que aparenta.

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