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Pedradas espaciales

¿Existe alguna razón que no sea el matonismo para explicar por qué el universo no para de tirarle cantazos a la Tierra? Pues sí que la hay. Está en la Casa de la Ciencia.

el 20 ene 2012 / 19:41 h.

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Lo más hermoso (¡y quién sabe si también lo más valioso!) de cuanto se muestra en la exposición de la Casa de la Ciencia sobre el espacio -que por cierto, acaba mañana­- no es ninguna de las muchas piedrecitas extraterrestres allí reunidas, tan curiosas de ver; ni tampoco las reproducciones de souvenirs de la NASA, los paneles explicativos ni el resto del atrezzo. Lo más hermoso (valoración subjetiva que toda crónica tiene el derecho y el deber de permitirse) es un plancha de un metro cuadrado, más o menos, que reproduce de forma tan rudimentaria como entrañable un trocito de suelo de un olivar, con un meteorito allí en medio, como caído. Es un conjunto conmovedor; sus autores han procurado recrear en él, de forma fidedigna, la aridez, el color insolado y la reseca soledad que dan el aspecto y la textura a esos terrenos tan de por aquí. Le han puesto hasta hojitas muertas de olivo, salpicadas por el tablero. Y en medio, como se decía, una piedrecita así de chica, negra y con cierto aire de estupor, como de quien solo pasaba por allí y no termina de comprender su destino. Este pequeño guiño, esta especie de maquetita, es la evidencia mayor de que esa exposición, titulada Vesta y Ceres, los orígenes del Sistema Solar, está hecha con algo mucho más importante que los medios materiales: está hecha con amor.

Si no quiere un consejo desinteresado hecho desde el corazón, sáltese este párrafo: Haría bien yendo a verla, hoy o mañana. En especial, si tiene niños que pastorear este fin de semana. Figúrese el siguiente plan: usted visita la exposición con los chiquillos, los entusiasma con tres o cuatro historias sobre meteoritos, les enseña los que hay por allí, los anima a leer los secretos que se cuentan en esos paneles para diferenciar tales rocas de otros pedruscos... y acto seguido cruza la calle con ellos, se meten todos en el Parque de María Luisa y los anima a buscar trocitos de asteroides caídos sobre la Tierra. O lo mismo, pero de excursión por el campo. ¿Es o no es un día perfecto?

Porque además, la entrada es libre y gratuita. Qué bonita exposición. Lo del amor puesto en ella se veía ya la otra tarde, nada más que hablando con el presidente de la asociación astronómica Cielo de Comellas, Francisco Cordero, que es quien hace las visitas guiadas por allí: qué pasión la suya, al hablar de la astronomía, y qué ganas de transmitir esa pasión al paisanaje. La historia que se cuenta en esta gran sala de la Casa de la Ciencia (entrando, a la izquierda) es la de cierto planeta del Sistema Solar que no llegó a serlo, y que se quedó a medio camino, en forma de cinturón de asteroides, entre las órbitas de Marte y Júpiter. Sus dos cuerpos de mayor tamaño, Vesta y Ceres, dan título a esta muestra dedicada precisamente a eso, a las piedras sueltas del espacio, muchas de las cuales han acabado atravesando la atmósfera terrestre y desmigajándose por esos sembrados de Dios, por selvas y desiertos.

Y ahora, va a alucinar: en uno de los interesantísimos paneles que guían la visita por este salón oscuro y sugerente, se cuenta que "según la Teoría de la Gran Colisión, la Luna se formó hace unos 4.500 millones de años cuando un planeta del tamaño de Marte, llamado Theia, colisionó de forma violenta con la Tierra primitiva, lanzando gran cantidad de material a espacio", parte del cual se fusionó dando lugar al satélite preferido de los poetas. Pues bien, ¿sabe de qué tienen meteoritos en esta exposición? Pues sí: de Theia, de ese planeta desaparecido en la explosión que acabó dando lugar a la Tierra y a la Luna, tal y como hoy son. Quien no se emocione con esto, difícilmente soltará una o dos lágrimas cuando un martillo pilón lanzado con todas las de Caín impacte sobre uno de sus meñiques.

Más densos que la mayoría de las piedras terrestres: he aquí una de las características comunes de los meteoritos. Y hay otras: son atraídos por un imán (el que haga un chiste se marcha de la habitación) y, sobre todo, son llamativos por su aspecto renegrido, debido a lo que los astrónomos llaman la corteza de fusión: el oscurecimiento de su superficie, debido a la fusión y posterior enfriamiento al cruzar la atmósfera. ¿Que quiere saber más? Pues ya puede ir tirando para la Casa de la Ciencia. Hágalo con amor.

 

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