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Penitencia de estatutas

Si Freud viviera aquí, seguro que sacaba punta a este furor de rellenar espacios vacíos (aparentemente vacíos) con esculturas. Todo comenzó con Igor Mitoraj tras la remodelación de la Plaza Nueva y a la luz de las candelas de la Navidad, continuó con unos quijotes que eran tristes imitaciones de las estatuas vivientes...

el 15 sep 2009 / 17:15 h.

Si Freud viviera aquí, seguro que sacaba punta a este furor de rellenar espacios vacíos (aparentemente vacíos) con esculturas. Todo comenzó con Igor Mitoraj tras la remodelación de la Plaza Nueva y a la luz de las candelas de la Navidad, continuó con unos quijotes que eran tristes imitaciones de las estatuas vivientes con platillo a sus pies, siguió luego la convivencia de las meninas de Valdés con las instalaciones de las obras de la Alameda, llegaron hace poco los guacamayos silenciosos de Colón, de nuevo en Plaza Nueva, y -¡por fin!- el arte, el arte verdadero: nada menos que Dalí, en el Salvador.

En realidad, se trata de cosas dejadas caer, sin orden ni escala, en una plaza que ya tiene su propia belleza en las proporciones del espacio, en la escala de los edificios y los naranjos, en las fachadas, los soportales, las cristaleras de las balconadas..., en elementos que se engarzan unos a otros por medio del tiempo y el uso. A Freud seguro que le interesaría analizar un fenómeno esquizofrénico como el que debe tener lugar en mentes que, por un lado, se aferran tozudamente a las farolas fernandinas y, por otro, aplauden esos adefesios, que ni siquiera tienen el empaque de la botella daliniana del brandy de Osborne.

En este descenso, con prisa y sin pausas, hacia el horror en la más pura acepción de Joseph Conrad desde luego sería sabroso llegar a saber por qué le gusta este modernismo a aquellos a los que no les gusta el modernismo; pero no hace falta adentrarse en los caminos mentales procelosos de quienes programan estas exposiciones para conocer qué es lo que pasa en ellos: no son otra cosa que un analgésico de conciencia para quitarse el dolor de cobardía, el que nace de no atreverse a realizar intervenciones artísticas contemporáneas en las calles y plazas de Sevilla.

Antonio Zoido es escritor e historiador.

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