Cofradías

Pequeños milagros sin importancia

¿Por qué no habrá todos los días una cofradía de Triana? / ¿Qué sucede si el Giraldillo señala hacia la calle Alfarería?

el 27 mar 2013 / 21:16 h.

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TUITMIÉRCOLESSANTO A menudo, como ayer, suceden pequeños milagros insignificantes. Son prodigios comunes, tonterías quizá, pero reconfortan. Como cuando a uno le toca lo metío en el cupón. Y es bonito, porque la vida sería insoportable sin un poco de ingenuidad. Eso al menos iba pensando uno ayer por Triana, rumbo al centro, en la soledad de Antillano Campos. Antillano Campos es una callecita paralela a San Jacinto, por el lado de Alfarería, donde hay un balcón repleto de hermosos geranios rojos. Es un camino menudito y tranquilísimo, sin apenas otro interés que el de esas flores, y de una quietud interrumpida tan solo por los semanasanteros en sus rodeos cuando la puerta de la Estrella se pone de bote en bote. Allí, en la esquinita, un azulejo versifica lo siguiente: Oficio noble y bizarro, / entre todos el primero, / pues que en la industria del barro / Dios fue el primer alfarero / y el hombre el primer cacharro. Ciertamente. Ayer, con el agua de las nubes y el barro de los alcorques y las plazoletas empetadas de gente esperando dos procesiones que no salían, Dios modeló una figurilla que miraba hacia el cielo. Y mientras le hacía el ombligo con el meñique, le decía, entre guasón y compasivo: “Pero criaturita, amoavé: ¿tú qué haces en la calle? ¿Es que no ves cómo está el día?” Porque hasta Dios se admira de la tozudez de su alfarería; de cómo sus lebrillos, sus cantaritos, sus tiestos, sus jarras, sus búcaros y sus figuritas que miran al cielo se desportillan una y otra vez contra el mundo real, en una conmovedora invocación a la esperanza, en una valiente exhibición de vida. Lo cual se describe de este modo alegórico porque, a decir verdad, el comienzo de la tarde se puso ayer de un melancólico que tiraba de espaldas. Y por esa Antillano Campos cubierta de gris, camino de Sevilla, se echaba de menos que ese día no hubiese ninguna cofradía en el arrabal, para tener una excusa con la que quedarse uno en Triana, siempre acogedora, siempre reparadora de orfandades y ausencias, siempre compasiva con sus cacharros desportillados, tan alfarera ella. El azahar se está cayendo esta primavera sin apenas abrirse, recién nacido, arrastrado con el agua hacia los husillos. En Reyes Católicos, un niño y una niña entrecruzan su aburrimiento con palmitas dando juego a una vieja cancioncilla infantil: En la ca-lle-lle ciento cua-tro-tro ha ocurri-do-do un asesina- to-to, una vie-ja-ja mató a un ga-to-to con la pun-ta-ta del zapa-to-to. Y cuando ya todo anunciaba otro día perdido, El Carmen dijo que salía y allá que se echó por Peris Mencheta adelante, amedrentando al nublado con su osadía. Peris Mencheta es la calle donde se ponen los abueletes a ver a sus nietecitos en la procesión, lo cual genera semejante pifostio de emociones que el boli no para de anotar: gente empujando carritos de bebé con nazarenos dentro, primas que piden estampitas, tíos políticos que llaman por teléfono desde debajo de tu sobaco, abuelas pisoteando al respetable entre hipidos de alegría, cuñadas empujando a los paisanos hacia los marmolillos, nenes lloriqueándote en la oreja... en fin, lo que tan premonitoriamente decía aquella canción: Pobre vie-ja-ja, pobre ga-to-to, pobre pun-ta-ta del zapa-to-to. Pero claro, era una escena por la que nadie habría dado un duro media hora antes: sencillamente, iba a llover. Sencillamente, no saldría ninguna. Y allí estaba el Carmen, escribiéndole otro destino a la tarde. Fue providencial. Media hora después, por la calle Adriano ya casi no se podía pasar. Si gente venía por la Avenida, lo que entraba desde el puente hacia el Arenal eran millares de cofrades buscando una tarde regalada contra todo pronóstico. Desde allí se veía el Giraldillo apuntando hacia Triana. Dicen que cuando sucede eso es agua segura. O puede ser (así, en plan pequeño milagro) que magnánimamente esté apuntando hacia los cacharros de barro, como el dedo de un dios alfarero que se admira de esas criaturitas suyas, almas de cántaro, que nunca se rinden.  

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