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Peregrinos de esperanza bajo el Arco de San Gil

El Rocío de la Macarena hizo su salida entre el fervor de su barrio

el 19 may 2010 / 12:10 h.

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El sol que nacía por la Resolana iba dorando los perfiles de la parroquia de San Gil mientras los primeros romeros se perdían entre los muros de la parroquia. El barrio despertaba del sueño de un año de espera y es que por fin llegaba la hora de que la Macarena se pusiera en camino para encontrarse con la Madre de Dios en las marismas del Rocío.

Casi con una hora de adelanto con respecto a otro años -la hermandad tenía el imperativo del Cecop de abandonar la ciudad antes de las 13.30- la carreta de plata llegaba hasta San Gil a la espera de fundirse con el Simpecado macareno. En el interior de la parroquia la misa de romeros iba tocando a su fin y el hermano mayor, que este año estrenaba cargo, daba las últimas palabras de aliento a sus hermanos. "Son nueve días de hermandad, que sea eso, pero si os pido que no perdáis nunca esa alegría e ilusión por caminar junto a nuestra madre". Palabras que salían desde el corazón de un emocionado Tony Neira en el altar mayor.

En el ambiente se intuía que ya estaba llegando la hora del reencuentro mientras que poco a poco San Gil se iba llenando de los vecinos del barrio que querían acompañar al Simpecado en su salida hacia la aldea almonteña. "Ya va a salir...", cantaba el coro macareno al compás de una rumba que llegaba hasta lo más profundo de los peregrinos. Llegaba el momento esperado durante todo un año y eso se notaba en los ojos macarenos que ya repletos de lágrimas inundaban de un silencio sobrecogedor cada rincón de la plaza. Y así, mientras el Simpecado cruzaba el dintel de la parroquia los balcones de San Gil despertaban como lo hacía el día, como lo hacían los macarenos más rocieros de este barrio que se encaminaba hacia las marismas. Todo un derroche de sentimientos que se desbordaron cuando subido en la carreta el prioste de la hermandad lanzaba al viento los vivas por San Gil, la Madre de Dios y la Macarena.

Al bajar de la carreta sus ojos no podían contener la emoción. José Manuel Lozano volvía al cargo de prioste tras seis años de espera y no sabía como explicar lo que su corazón sentía en ese instante, al fin y al cabo, "es una experiencia única porque vas junto al Simpecado durante todo el camino". Su orgullo rebasaba este año todas las fronteras pues sus manos han sido las elegidas por la junta de gobierno para vestir a la imagen de la Virgen del Rocío del Simpecado. "Ha sido un honor para mí. Le he regalado la ropa y la he vestido con lágrimas por la emoción de tenerla cerca". Y es que nadie dudaba en ese instante que José Manuel era uno de los macarenos más felices en esta mañana de fiesta para el barrio.

Entre la marea de romeros caminaban padre e hijo agarrados del brazo. Antonio Pulido, un joven de gran arraigo rociero, veía como su padre le acompañaba de nuevo camino del Rocío. "El año pasado vino conmigo por primera vez, les gustó tanto que no se lo ha pensado y aquí está de nuevo". Su padre, que por cierto también se llama Antonio Pulido, asentía con la cabeza las palabras de su hijo, sabía que su esfuerzo por completar el camino lo llenaba de orgullo y eso era suficiente para superar los momentos de dificultad que nacen en los senderos. Así cogidos del brazo, como llegaron, los dos siguieron su camino junto al Simpecado camino de la Basílica de la Macarena. Curiosa estampa, un padre junto a su hijo y la tradición rociera invertida. Aquí no había padre que desde la cuna le hubiera enseñado a su pequeño lo que es el camino, era la ilusión de un joven que había llevado de la mano a su padre para enseñarle las verdades del Rocío.

Y entre historia y recuerdos, el sueño de filigranas que labraran los hermanos Delgado en forma de carreta de plata cruzaba la puerta del barrio entre el repique de las campanas. Peregrinos bajo el Arco de la Macarena que cumplían la tradición no escrita de despedirse de la Esperanza antes de partir hacia las marismas. El camino no había hecho más que comenzar pero al Simpecado le costaba avanzar para buscar las calles del Centro de la ciudad. No pesaba el cansancio ni siquiera flaqueaban las fuerzas de los dos bueyes que tiraban de la carreta, eran unos vecinos, todo un barrio, el que no dejaba andar al Simpecado entre vivas y cantos que honraban su grandeza.

Todavía faltaba la fiesta de Bécquer, la ilusión hecha niño en los Altos Colegios, los balcones engalanados, los pétalos de flores y las sevillanas en los balcones de la calle Feria, ayer más macarena que nunca. Quedaba que el Simpecado se perdiera por la estrecha de la cal blanca de San Juan de la Palma, la llegada a Santa Ángela y la dulzura de los cantos angelicales del convento. El Ángelus en el Museo y el último adiós a Sevilla. Y es que con un barrio así no hay macareno que no se vaya al Rocío de San Gil.

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