Cultura

Perera anuncia su pronunciamiento en las Colombinas de Huelva

Con calor sofocante y apreturas en los tendidos, el segundo cartel de las Colombinas 2009 -con mucho, el más rematado del ciclo- acabó saldándose con el pronunciamiento de Miguel Ángel Perera, dando un paso al frente en el liderazgo de la campaña.

el 16 sep 2009 / 06:35 h.

Con calor sofocante y apreturas en los tendidos, el segundo cartel de las Colombinas 2009 -con mucho, el más rematado del ciclo- acabó saldándose con el pronunciamiento de Miguel Ángel Perera, dando un paso al frente en el liderazgo de la campaña.

Ponce sorteó en primer lugar un toro derrengado, rajado y noblón que sólo le permitió esbozar una faenita de salón -templada, pulcra y elegante- que no podía ser por la escasa entidad de un enemigo progresivamente desinflado que buscó las tablas al sentirse podido. En su afán de justificarse, el valenciano llegó a ser pitado mientras intentaba prolongar una faena que no caminaba a ninguna parte. Con el tardo y noble cuarto a Ponce le costó encontrar el acople y a la faena, quebrada por un inoportuno desarme, le faltó hilo y estructura aunque encontró el mejor tono al final de su larguísimo metraje, con el maestro valenciano definitivamente dueño de la situación.

Morante salió al ruedo con el chaleco desabrochado y un inmenso corbatón de lutazo antiguo cruzándole la pechera, remarcando su aire de torero distinto. Había ganas de ver al de la Puebla aunque el segundo, un bonito castaño abantito que salió siempre suelto del capote del diestro cigarrero, no iba a resultar material idóneo. Morante pudo al toro en los ayudados iniciales, antes de enjaretarle una serie diestra que arrancó la música aunque el toro -distraído, tardo y probón- no quiso unirse a la fiesta y el torero pidió a la banda que dejara el pasodoble para mejor ocasión. No había faena posible aunque el de la Puebla se emperrara en sacar agua de un pozo seco entre la impaciencia del respetable. Para colmo, tardó una eternidad en echarlo abajo en medio de un sainete mientras el toro se distraía con el vuelo de una mosca y sonaban dos avisos. El quinto tampoco tuvo fuerza y para colmo le arrearon un largo puyazo trapero que terminó de dejarlo para el arrastre. A Morante no le había gustado nada y escenificó su disgusto yéndose a por la espada para acabar con él con una estocada a paso de banderillas que se resolvió con el torero tomando el olivo.

Perera era el tercero en discordia y se quedó quieto como una vela al recibir al tercero, tan escaso de gas como los anteriores. Después de medirle la dosis de caballo, Perera le cuajó un quite culminado en gaoneras en el mismo centro del platillo que levantó el primer clamor de la tarde. Perera brindó a Pereda -ganadero de la tarde y responsable de la recuperación de la plaza de la Merced, hace 25 años- y clavó los pies en la arena en un trasteo de terrenos imposibles que basó en un toreo templado y ligado que alcanzó su cima en una serie sensacional de derechazos que hizo crujir la plaza. La nobleza del toro se sumó a la entrega del diestro extremeño, que no encontró el mismo ritmo por el pitón izquierdo. Pero definitivamente instalado en su terreno se lo enroscó a la cintura antes de rubricar la faena con unas ceñidísimas bernadinas que ligó a uno de las flores y otro de pecho. La estocada, en todo lo alto, le terminó de abrir la puerta grande.

Al sexto le formó otro taco con el capote, tanto en el recibo como en el angustioso quite por tafalleras ligadas en una perra gorda. El toro se movía y Perera le cuajó una faena compacta y entregada que tuvo que sortear las protestas de un toro de temperamento declinante al que también le enjaretó su clásico arrimón final.

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