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Pero, ¿Qué ha pasado aquí?

Además de rodearlo con una pasarela, al Patio de los Naranjos le han metido algún que otro chisme, ¿cómo decirlo?, espantoso.

el 11 mar 2012 / 20:14 h.

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Deja usted de ir un añito o así por el Patio de los Naranjos y a su regreso se encuentra no un patio de abluciones, sino de perpetraciones. Verá, verá: estas páginas, como sabe, suelen ser una invitación a que usted haga cosas bonitas y a ser posible gratis o por poquito dinero. Ante la llegada inminente del azahar, que ya despunta por Alemanes, ¿qué sugerencia más oportuna se podía ofrecer aquí que la de irse todo el mundo a recibirlo al Patio de los Naranjos, en plan ritual new age y con los brazos en cruz? Pero claro, resulta que llega uno allí más contento que unas pascuas y la mar de fresquito de venir de la Catedral y se encuentra una pasarela de madera de 400 metros cuadrados bordeando toda la explanada, que más que tararear una moaxaja andalusí dan ganas de silbar El puente sobre el río Kwai. Es una tarima perimetral (eco-profil, se llama) pensada para facilitar el paseo a las personas impedidas. Impecable finalidad social que, sin embargo, le pega un sopapo a la estética del lugar y a todo el romanticismo que pudiese tener la contemplación de conjunto.

Aunque ello aumente la posibilidad de partirse uno los morros contra la tarima ecológica (ya hay por allí dos o tres letreros que recomiendan no tropezarse, habiendo otras formas menos violentas de esparcimiento), una solución para no verla es ir mirando hacia las copas de los naranjos, como buscando ese azahar nuevo. Lo que pasa es que así se encontrará con una... con otra... en fin, con la exposición pública de un rosco gigante (cuya foto puede ver en la página de la derecha, para demostrar que tampoco aquí hay exageración). Y usted dirá: ¿Un rosco? ¿En el Patio de los Naranjos? Pues ahora es cuando se va a asombrar, porque a un lado del mismo han colocado un cartelito donde pone lo siguiente, siéntese usted: Esta rueda de madera con anillo exterior metálico es uno de los doce cinchos que, entre 1999 y 2009, junto con ocho pilares metálicos, zuncharon el pilar 4C del Trascoro de la Catedral, mientras se analizaba y durante el proceso de sustitución de los sillares, obras financiadas por el Ministerio de Cultura y el Cabildo Metropolitano. En el pilar 5C, simultáneamente, se hizo la misma operación. Para su exposición el anillo se ha colocado en posición vertical. Una consideración, a riesgo de parecer insensible ante las sutilezas del arte arquitectónico: el cincho ese... ¿no se lo podían haber zunchado en otro sitio menos profanable? Por cierto: en la traducción al inglés (porque el cartel está traducido) lo de zunchar no sale. Se ve que en Inglaterra y esos sitios se zuncha sin airearlo luego públicamente (la tradición protestante, que es así de sufrida).

¿Se ha visto ya todo? Mas no: aún le queda el rinconcito de los trastos (véase, a la derecha). Y ya, si eso, puede echar un ratito paseándose por entre las fuentecitas y sobre las acequias, algunas de las cuales ofrecen turbios pero sugerentes reflejos de la torre. Si llegado este momento necesita urgentemente una ensoñación, mire hacia el suelo de ladrillos en espiga y confórmese descubriendo cómo el sol, entre las hojas, le va dibujando un vaivén de espuma hecha de luz y de sombras. Para el oído hay chorritos espesos, arrullo de las palomas vacilando por primavera y la cantinela de una guía que, megáfono en ristre, ofrece a los turistas la posibilidad de elegir para su ratito libre entre subir a la Giralda o pasear por Sierpes. Deberían dejar subir al púlpito de piedra desde el que predicó San Vicente Ferrer, a decir tres cosas bien dichas. Para los sevillanos, sería una formidable tercera opción.

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