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...pero también de salvación

"Ése es el único que de verdad la puede salvar" fue la frase que el doctor José Luis Morote le dijo a Enrique Calvo señalando una estampita del Cristo de la Expiración del Museo que Aída, su hija de dos años, tenía en el cabecera de la cama del hospital. Enrique es un hombre afable y humilde donde los haya y costalero del Cristo del Museo (no de tal o cual capataz) durante 32 años.

el 16 sep 2009 / 01:00 h.

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"Ése es el único que de verdad la puede salvar" fue la frase que el doctor José Luis Morote le dijo a Enrique Calvo señalando una estampita del Cristo de la Expiración del Museo que Aída, su hija de dos años, tenía en el cabecera de la cama del hospital.

Enrique es un hombre afable y humilde donde los haya y costalero del Cristo del Museo (no de tal o cual capataz) durante 32 años. "Yo sólo quiero un huequecito, si es que lo hay, debajo de mi Cristo. Pero si no hay, pues nada, qué se le va a hacer".

En el año 1975, cuando se empezó a crear la primera cuadrilla de hermanos costaleros, Paco Mateo, muy unido a la hermandad y compañero halterofílico de Enrique, le ofreció que entrase a formar parte de la cuadrilla. Enrique tenía por aquel entonces 26 años y hasta un año después no se casaría con Mari Carmen, "a la que le debo la vida".

"Aída no tenía el arco de la cadera hecho". Así comienza a contar su historia de salvación con bastante templanza. Todo un rosario de especialistas y distintas opiniones médicas sucedió al que se presuponía el feliz nacimiento de la primera hija del matrimonio.

Cuando la primogénita cumplió dos años, el doctor Morote la operó, poniéndole una escayola desde la cintura hasta los dedos de los pies en una postura poco convencional. Enrique no puede evitar que un nudo se eche en su garganta y los ojos se le humedezcan cuando recuerda a su niña recién salida del quirófano y pasando casi de puntillas por aquel año que la pequeña pasó con la escayola puesta.

"Uno de los días que el doctor Morote vino a la habitación de Aída a hacerle una revisión, señaló con el dedo la estampa del Cristo del Museo que le había puesto a mi niña en su cabecera y me dijo que Él era el único que de verdad podía salvarla. En ese momento, yo prometí que si todo salía bien y mientras yo tuviera salud, saldría de costalero al menos hasta que Aída se casara".

La pequeña protagonista de esta historia se casó a los 27 años en la capilla del Museo en el mes de septiembre del año 2007 y "yo no cabía en el chaqué de felicidad", afirma Enrique con una amplia sonrisa marcada por el sufrimiento y la entrega abnegada de un padre y un costalero que, durante 32 años, ha entrellevado el peso de su propia cruz con el que soporta su Cristo del Museo.

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