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Philip Guston (el final fue el principio)

Normalmente ocurre al revés: los pintores acaban en la abstracción después de haber transitado por la figuración. Progresivamente van rebajando la importancia del tema hasta convertirlo en un simple recurso prescindible. Pero Philip Guston lo hizo al contrario. Y de manera radical.

el 15 sep 2009 / 18:22 h.

Normalmente ocurre al revés: los pintores acaban en la abstracción después de haber transitado por la figuración. Progresivamente van rebajando la importancia del tema hasta convertirlo en un simple recurso prescindible. Pero Philip Guston lo hizo al contrario. Y de manera radical. Tanto, que sus amigos, los abstractos más acérrimos, los que le habían defendido porque creían que él era uno de ellos, le retiraron la palabra. Cuando a partir de finales de los 60 empieza a dibujar personajes groseros con la vehemencia de un descosido, creyeron que se le había ido la cabeza, que esas maneras zafias eran un acceso de enajenación. No entendían cómo él, uno de los artistas americanos más valorados por su lirismo y elegancia, decidía de buenas a primeras tirar su prestigio por la borda.

Después del éxito de su retrospectiva en el Museo Guggenheim en 1962, las dudas asaltaron a Guston. Aquello, que debía ser un espaldarazo definitivo a su carrera, se convirtió en una lápida, en un final. Sin que nadie se lo esperara, se retiró de los ambientes artísticos y a mediados de 1965, deja de pintar por completo. Durante los años en los que permanece retirado, sólo piensa, dibuja y escribe (se obsesiona con Piero della Francesca y medita sobre su futuro). Tres años más tarde, resueltas algunas incertidumbres, decide sumergirse de lleno en la pintura de objetos. Va por libre, rompe con los tópicos y se lanza al vacío convencido de que el sentido de su arte está en la pintura misma, no en el contenido. Antes hacía exactamente igual, pero ahora se siente muchísimo más libre.

En la exposición que presenta en la galería Marlborough de Nueva York en 1970 todos, asustados, le condenan. Todos menos uno, Willem de Kooning, que disfruta contemplando la libertad con la que había destrozado los miedos propios y los prejuicios ajenos.

Curiosamente ahora, estos cuadros descarnados de su última etapa son sus obras más conocidas y valoradas. Hasta tal punto, que muchos de los que lo contemplan ni siquiera se creen que antes fuera un aclamado pintor abstracto.

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