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Piedras contra Andalucía

Las dificultades para centrar el debate de la caja única más allá de la decisión sobre ubicación de su sede no define la enfermedad que padecemos, son sólo sus síntomas. La patología que arrastramos hace años los andaluces tiene más que ver con la falta de una idea colectiva de Andalucía.

el 15 sep 2009 / 21:40 h.

Las dificultades para centrar el debate de la caja única más allá de la decisión sobre ubicación de su sede no define la enfermedad que padecemos, son sólo sus síntomas. La patología que arrastramos hace años los andaluces tiene más que ver con la falta de una idea colectiva de Andalucía. Con los años se ha ido ganando en identidad teórica pero no se ha consolidado un concepto funcional de pertenencia. Es decir, somos andaluces no ejercientes y cada vez más menos creyentes. De esta forma hemos llegado al patetismo de que al día de hoy se planteen ridículas plataformas segregaciacionistas desde el oriente andaluz. Es urgente identificar el boquete por el que hemos vertido tanto entusiasmo generado en los años fundacionales de nuestra autonomía.

La primera explicación hay que buscarla en la política. Esa teoría de las dos Andalucías se compadece mal con la praxis inversora de la administración autonómica. Por supuesto que si además de aventar agravios inexistentes, sus aventadores se entretuvieran en mirar los números de las inversiones públicas en cada territorio llegaría a conclusiones diferentes, aún a riesgos de partir por la mitad la hermosa y práctica teoría del centralismo sevillano. Sin embargo, la certificación inversora no excluye otras posibles torpezas políticas. Aquí ya se han relatado algunas atribuibles al PSOE, que hoy reiteramos: el nombramiento de los sucesivos gobiernos regionales en clave de cuotas territoriales, el reparto tematizado de muchas de las áreas (Turismo para Málaga, es la más paradigmática) no cómo excepción sino con el afán ya infranqueable de entregar las escrituras de propiedad; la presentación provincializada de los presupuestos de la Junta a cargo de cada consejero en sus predios, con banda de música y fotógrafo ambulante como una ceremonia de la confusión en la que el todo se diluye alarmantemente en ocho partes contra otras ocho. La composición de la Ejecutiva regional del PSOE no se ha quedado atrás en el juego de los complejos equilibrios territoriales, a los que se le añaden otras variables que impiden al líder hacer la ejecutiva que le parezca más oportuna, como las subcuotas por sexo o sensibilidades. Esa variable añade otra fragmentación de la distribución alicuota del poder respondiendo a un criterio territorial entendido como la aportación de ocho taifas y vendido por sus pastores como bocados de poder que se le arrancan a las estructuras del centralismo regional, que ya gasta calcaneos gastados.

Añadamos otro error histórico que imputamos al PP: ante su incapacidad para gobernar Andalucía ha utilizado las capitales de provincia -donde ha gobernado con solvencia durante los últimos años, salvo la contada excepción sevillana y ahora Jaén- como ariete contra la Junta. Los ayuntamientos del PP han sido cooperadores necesarios del disparate. Han ido antes al choque que al encuentro. El PP ha articulado desde las alcaldías su fuerza de choque contra el gobierno regional. La oposición a la Junta se practica sin tapujos desde las casas consistoriales de PP. Como comprenderán, esa práctica no tiene más remedio que dejar cádaveres en el camino. A nadie extrañará que los ciudadanos de esas capitales, perversamente contaminados, consideren que la Junta -o sea, Sevilla- sea el enemigo a batir. Y que interioricen que Andalucía no los quiere o lo que es peor, que Andalucía es una cosa que ocurre dentro del Hospital de las Cinco Llagas y que interesa básicamente a los sevillanos, ahítos de las prebendas de la autonomía.

Como es razonable descartar por completo el agravio inversor y esas sandeces hay que poner el foco en la mala calidad de la política que se practica, el vuelo rasante y alicorto de lso objetivos que se fijan y la mediocridad del debate que se impulsa. Demasiadas veces observamos cómo los delegados provinciales de la Junta aprovechan el puesto para hacer política orgánica o como oposición a los ayuntamientos donde goberna el PP, con lo que hemos conseguido un dibujo muy exacto de la situación: administraciones imcompetentes dirigidas por ambos partidos, machacándose mutuamente en vez de conveniar para arreglar los problemas de los ciudadanos y trasladándole a la gente una pedagogía enevenenada de a práctica política. ¿cómo pretendemos que perciba la gente nuestras instituciones? ¿sin delegaciones provinciales eficaces y sin ayuntamientos cooperadores es posible que los andaluces perciban que Andalucía es algo que les interesa? ¿es posible en esas circunstancias fomentar la identificación con unos valores colectivos?

Para colmo de los males, lo que llamamos sociedad civil es un ente que unívocamente trabaja para fomentar las rencillas interprovinciales y abonar la idea de abandono por parte de la Junta. Esto se detecta de forma especial en los medios de comunicación, donde con singular empeño se han forjado los profetas del enfrentamiento, del agravio y del hartazgo del que dicen estar hartos. Son los que creen que da prestigio meterle el dedo en el ojo a la Junta. Profesionales de levantar a la gente contra la administración, a culparla de los males de todos y a proclamar que Andalucía es un sueño incumplido por una legión de burócratas centralistas a los que sólo que les importa es no perder el sillón mientras siguen esquilmando los caladeros del éxito económico cultural y social que las provincias se ganan a pulso con su incomparable dinamismo. En fin, dicho así, desde un periódico sevillano, todo esto sonará sospechoso. Pero que nadie le extrañe, viendo el panorama, que desde cada punto cardinal se saquen uñas de león contra una caja única, porque creen que están en juego las perras. Y contra Andalucía, lo que quieran. Pero con las perras y el RH territorial no se juega.

ahernadez@correoandalucia.es

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