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Pinceladas en los arrabales al son de una trompeta muy 'jartible'

Esperanza Fernández y Javier Barón solo brillaron cuando les dejaron en libertad.

el 26 sep 2012 / 21:42 h.

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Teatro Lope de Vega. Arrabales. Artistas invitados: Esperanza Fernández y Javier Barón. Guitarra: Salvador Gutiérrez. Dirección Escénica: David Montero. Asesor artístico: José Luis Ortiz Nuevo. Composición musical y arreglos: Salvador Gutiérrez. Percusión: José Carrasco. Coreografías: Javier Barón. Palmas: Bobote. Sonido: Alfonso Espadero. Entrada: Lleno. Sevilla, 26 de septiembre de 2012.

Unos esceznarios vienen grandes y otros demasiado pequeños. Son fallos de una Bienal con lamentables errores de programación. Anoche faltaron butacas para ver un espectáculo, Arrabales, que juntaba a dos de nuestros mejores artistas flamencos, la cantaora Esperanza Fernández y el bailaor Javier Barón. Ahí es nada. Talento y maestría, el duende de la trianera y la maestría del alcalareño. Y al servicio de ambos, el sello de David Montero y la sapiencia de José Luis Ortiz Nuevo, director escénico y asesor artístico, respectivamente. Además de un guitarrista, el astigitano Salvador Gutiérrez, que si no fuera por lo humilde que es podría ir por la vida sintiéndose uno de nuestros mejores sonanteros flamencos, lo que esEstaban los mimbres necesarios para un gran espectáculo de flamenco, pero la canasta salió de regular para abajo. El problema de estos montajes con directores de escena, guionistas y asesores artísticos, es que anulan la frescura y la espontaneidad de los artistas. Si de lo que se trataba era de ver bailar bien a Javier Barón y escuchar a la mejor Esperanza cantaora, ¿para qué sirvió lo demás? Para nada. Si acaso, para aburrir bastante. Comprendo perfectamente que el público aplaudiera mucho, porque se entiende que cada artista lleva a su público, a sus incondicionales, que no suelen ser nunca críticos con ellos. Van a disfrutar y punto, y me parece estupendo. Arrabales no fue ni mucho menos un buen espectáculo de flamenco, porque en un buen espectáculo de flamenco hay que bailar y cantar bien. Flamenco, claro. Y no lo digo por la noche que nos dió el tío de la trompeta, Joaquín Eligio Brun. Tampoco por el Tatuaje que interpretó Esperanza, que menos mal que el espíritu de doña Concha Piquer no andaba anoche en la bombonera, con lo que era la maestra para estas cosas. Ni siquiera por el zapateado de Javier Barón con gorra y los brazos tan caídos que le llegaban a la tarima. Ni mucho menos por lo de invitar a Manuel de Falla al arrabal, alumbrado con el Fuego fatuo de Esperanza, quien lo ha cantado ya tantas veces que lo borda. Lo digo, sobre todo, porque el poco flamenco que hubo anoche estaba sujeto a una disciplina escénica que lo apagaba como se apaga el cisco con una regadera.

Esperanza estiró la voz en una mañagueña de la Trini y unos abandolaos, descentrada, sin estar a gusto, para que los bailara un Javier Barón mecánico, con movimientos muy repetitivos y sin saber qué hacer con los codos. Era el comienzo de la obra y ya el Bobote nos había deleitado con alguna de sus boboterías, siempre encantadoras y flamencas.

Otra vez la trompeta, la saeta de Esperanza y Javier intentando bailarla. A punto de ahogarse en la ojana, la trianera le cantó unas tonás de Juan el Pelao (Toítas las madres iban al tren) y el de Alcalá se vino arriba. Ahí sí comenzó a aparecer el gran bailaor que es, el que levanta los brazos con arte y sabe colocarse como nadie.

Pero volvieron las canciones y otra vez el de la trompeta. A punto estuve de ver en el escenario a una cabra llamada Mariana, pero parece que el director escénico y el asesor artístico habían previsto el tedio y decidieron que ya estaba bien de historiuas, que había que liberar a los artistas para que se mostraran en su salsa. Y entonces, Esperanza se acordó del Castillo de Alcalá por soleá y Javier bailó por fin flamenco, asentado, sin pensar nada más que en echar fuera el sentimiento, que eso es el flamenco. Luego, alegrías cantadas también por Esperanza, que había renunciado ya a ser la Piquer o Marifé, para acordarse de lo que le enseñaron su papa y su mama y su abuelo el Vega, que en gloria esté. Y el de Alcalá se acordó de cuando ganó el Giraldillo en este mismo escenario y bailó por alegrías y bulerías de tal forma, que salvó un espectáculo endeble, aburrido, con adornos que solo sirvieron para anular la frescura y la espontaneidad de estos dos artistas. Ya puede salir otra vez el de la trompeta, que me voy a Mairena a dormir.

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