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'Pinocchio': Olvidando a Disney

el 23 feb 2010 / 20:30 h.

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Hablar aquí de lo mucho que Disney hizo durante sus primeras décadas de existencia por hacer llegar al gran público ciertos clásicos de la literatura infantil es tan obvio como necesario para entender hasta que punto sus versiones de Peter Pan, La bella durmiente, Blancanieves y los siete enanitos, Cenicienta o, cómo no, Pinocho, se han establecido en la memoria colectiva como los “auténticos” en lugar de sus contrapartidas literarias. Tan arraigado están estos personajes, que  sustituirlos por otros es una tarea demasiado fútil como para que alguien en su sano juicio quisiera acometerla.

Y eso es precisamente lo que hace Winshluss, crear todo un nuevo universo iconográfico alejado de la almibarada versión disneyana que pueda apelar a los adultos que quieran acecarse a él.

Para ello, el autor francés establece varias pautas que, a priori, se antojan como geniales. La primera es concretar dos partes  bien diferenciadas sobre las que se desarrolla toda la historia: por un lado, tenemos el devenir de Pinocho; por otro, el de su conciencia. A partir de ahí, y abundando sobre ambas, Winshluss va construyendo un volumen asombroso en el que muestra una capacidad soberbia para la narrativa, ya que, en lo concerniente a las aventuras del protagonista, el carácter más sobresaliente es su ausencia de diálogos.
Despojándose del texto, Winshluss se obliga a explotar los recursos visuales hasta el paroxismo, alcanzando en este sentido cotas de una brillantez inusitada. Y no sólo ahí reside la tremenda fuerza de Pinocchio, sino que ésta también se encuentra en cómo el autor da la vuelta a las diferentes etapas por las que se discurre el relato.

Así, el muñeco de madera pasa a ser un robot que un avaricioso Gepetto construye con fines militares y que su mujer aprovechará para otros menos ortodoxos y más físicos (esa gran nariz...). En su errar, el robot (que no habla ni una sola palabra en toda la acción) se encontrará con unas versiones muy diferentes del honrado Juan y su compañero (éste último un ciego que se convertirá en fanático religioso), Stromboli, un fabricante de juguetes que explota a niños en su fábrica, o Monstro, que en lugar de una ballena es un pez mutado por residuos nucleares.

Toda la maravillosa verborrea visual que el autor plasma en las páginas sobre el animado robot se transforman en verborrea verbal cuando el francés pasa a relatar las peripecias de Pepe Cucaracha (que no Grillo), un crápula de cuidado que se instala cual okupa en la cabeza de Pinocho, a través de cuya boca el artista arremete contra todo aquello que le viene en gana (literalmente todo) cuajando en última instancia un trabajo tan portentoso que ningún aficionado a los tebeos debería dejarlo pasar so pena de ser enjuiciado.

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