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Plan Renove a la andaluza

La marcha de Chaves a Madrid y su relevo por José Antonio Griñán ha producido una avería en las filas del PP, como se observa al comprobar la cadena de invectivas contra el presidente saliente y la catarata de despropósitos contra el entrante. No estoy tan seguro de que el PSOE esté en lo cierto y al PP le haya tocado el momento de sustituir a Javier Arenas...

el 16 sep 2009 / 01:30 h.

La marcha de Chaves a Madrid y su relevo por José Antonio Griñán ha producido una avería en las filas del PP, como se observa al comprobar la cadena de invectivas contra el presidente saliente y la catarata de despropósitos contra el entrante. No estoy tan seguro de que el PSOE esté en lo cierto y al PP le haya tocado el momento de sustituir a Javier Arenas. Fundamentalmente porque sería una decisión que tendría que tomar el propio Arenas tras consultarse a sí mismo, como ya hizo con anterioridad antes de marcharse a Madrid y como volvió a hacer para regresar a Andalucía, una vez que la candidata interina, de conveniencia y siempre en funciones que fue Teófila Martínez, anotó nuevas derrotas en la casilla electoral del PP andaluz.

Y no parece dispuesto. Pero es que además ocurre que el PP no tiene hoy otro candidato mejor que Arenas. Sencillamente porque la estructura orgánica férrea del PP no permite alegrías a la militancia a la vez que hay una militancia que tolera tales estructuras. Por lo que se ve, Arenas suelta alrededor suya pajarillos alicortos, con un vuelo floreado y cantarín, pero infradotados para trayectos largos. Y si los hay, no dejan que los veamos más de la cuenta.

Por lo tanto, parece que aún no vuela el mirlo blanco que venga a sustituirlo, lo cual no quiere decir que hubiera que descartar una cabriola de última hora para el retorno del líder popular andaluz a Madrid llamado por Rajoy o por la responsabilidad inherente al compromiso con el Estado. Llegado el momento, si llega, lo que sobrarán serán los argumentos. Aduce estos días el PP que el comité director del PSOE tampoco se caracterizó por el debate abierto y franco sobre el candidato Griñán. Y tiene razón.

Era lo lógico en un partido responsable: cuando llega el momento de la verdad, ningún dirigente o militante con dos dedos de frente pone en peligro una operación tan delicada y trascendental, tejida con hilo invisible y ejecutada en tres golpes secos. Pero lo que diferencia al PSOE y al PP no es el resultado a la búlgara de sus máximos órganos de dirección. Lo que los hace distintos es el concepto de democracia interna de uno y otro, los mecanismos de participación que ofrecen y disponen. Y ese escalofrío que sienten hasta los más avezados dirigentes del PSOE hasta que ha terminado el comité.

No son organizaciones comparables, por más que ambas gocen de plena legitimidad democrática. Su origen es distinto. La militancia llegó a cada partido por afluentes distintos: unos, procedentes de los distintos partidos de izquierda, con tradición y pedigrí democrático, desde las organizaciones sindicales y nutriéndose de las filas de los intelectuales y creadores más comprometidos con los valores democráticos. Al otro, arribaron personas procedentes del franquismo puro y duro, de la extrema derecha española, de la democracia cristiana, del centro y del gazpacho de liberales y neoliberales que en el mundo han sido.

Esos son los orígenes refundadores de cada formación. Es imposible comparar el ADN de su comportamiento, por más que en aras al pragmatismo y el éxito político un comité director ofrezca la unanimidad más impenetrable ¿Cuántos congresos regionales del PP ha visto usted en los que realmente se debatieran las listas, en los que los candidatos y el candidato a presidente haya tenido que batirse el cobre a brazo partido provincia a provincia? ¿Recuerda usted alguna cita del PP que concluyera de madrugada y con las listas aún en tenguerengue? Cierto es que con los años, asentada la normalización democrática y al alternancia en el poder, al PP han llegado ciudadanos liberados de cargas tan añejas. Pero yerra el PP si cree que sus dedazos son la misma cosa que la designación por aclamación de Griñán. Parece lo mismo, pero no es igual.

Lo cierto es que el PP se ha quedado sin discurso. Pretende extender los mismos pecados capitales que le atribuía a Chaves a la figura de Griñán, pero no va a ser posible. Aunque lo peor ha sido el arranque intentando deslegitimar al futuro presidente, una torpeza de manual que sólo se explica por haber sido pillados a contrapié con este relevo fulgurante y limpio. De hecho, Arenas ha rectificado y ya no habla de deslegitimación política, sino de deslegitimación electoral. Da igual. Podría seguir descomponiendo el discurso hasta llegar a la deslegitimación según los sufragios provinciales, la edad de los votantes, su sexo, raza o religión.

El PP hace su papel, no hay que olvidarlo. Mucho más triste ha sido el rol de comparsa de IU, que ha tardado una semana en desmarcarse del discurso de Arenas, en vez de haber exigido un giro a la izquierda y haber ofrecido un apoyo a cambio. Sin embargo, sucede que Arenas corre el riesgo permanente de pasarse de frenada. Hubiera sido mucho pedir que le concedieran a Griñán cien días de margen, pero recibirlo con la triada antidemocrática con la que lo han recibido -presidente ilegítimo, elecciones anticipadas y convocatoria a manifestarse en la calle no se sabe bien contra qué cosa- ha sido un exceso.

Y la oposición, además de dejarse resbalar por la pendiente del control exigente al gobierno, también tiene otra responsabilidad sustancial: ser creíble. Y ahí es donde se la juega Arenas. No debería pensar ni que toda la opinión pública susceptible de votarle se sitúa en el radicalismo atroz que está practicando ni que esas gentes juzgarán a Griñán con su misma lengua de hierro. Por eso es posible que el día que a Arenas le toque la renovación, le venga impuesta antes por sus propios errores y excesos que por el deseo confeso de sus adversarios.

ahernandez@correoandalucia.es

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